Es difícil comenzar a retomar el trabajo después de un fin de semana donde la naturaleza te recuerda la fragilidad de nuestra vida. Cuando te aferras a tus hijos y tratas de protegerlos de algo que no sabes en qué termina y tratando de que no se den cuenta de algo que es inevitable. Entonces en el momento del terror, cuando un ruido estremecedor se apodera de la oscuridad de la noche y los resplandores de la catástrofe se observan de reojo, nos aferramos a un hilo de esperanza de que todo se acabe pronto y que despertemos de este mal sueño.
Antonia se tapaba sus orejitas mientras se zamarreaba abrazada a Claudia, sentadas a mi lado y yo con Panchito en brazos y en el pasillo que elegimos para aguantar el desastre, sacudidos en el piso que nos lanzaba de un lado a otro. Como testigo mudo quedó un reloj de la cocina marcando las 3:34 AM, repartido en el piso junto a un mar de vidrios y cosas quebradas.
A penas la calma llegó la evacuación fue rápida. Un pantalón y una polera, algo para los niños y las llaves del auto. Bajamos por un río de escaleras. Antonia asustada veía a la gente bajar y cómo el agua de una cañería rota caía a borbotones por los escalones. "¿Se acabó el carrusel?" Me preguntaba aún pasmada por el movimiento.
Al fin, llegamos en unos pocos segundos al auto. Nos subimos y salimos en busca de la abuela que pocos minutos antes llamó desesperada porque no veía nada y porque estaba atrapada entre los muebles caídos de su casa. Una vez con ella, volvimos a la calle donde vivíamos y al igual que muchos vecinos, nos quedamos esperando a que amaneciera, en algún lugar más seguro que en nuestro sacudido doceavo piso.
Encendimos la radio y supimos de la catástrofe. La noche oscura ocultaba el polvo que se había levantado en la ciudad y esa misma penumbra presagiaba el gran desastre que a pocos kilómetros más al sur estaba ocurriendo y que aún no terminaba de pasar.
Escuchando los relatos de un locutor apasionado por la adrenalina y el dolor de lo que asumía, escucho mi nombre en la vereda del frente. Era mi Tía Sylvia, la tan querida hermana de mi Papá muerto que me buscaba. Corrí a buscar su abrazo y una sensación de alivio y amor brotó por mis brazos. Sentí en ese momento que la vida estaba todavía en mi cuerpo, que mi papá desde el cielo quería saber si estábamos bien. Sentí que lo mejor que nos había pasado en la vida fue haber elegido vivir cerca de ella. "¡Vámonos para mi casa!", dijo con su voz sencilla, palabras que no olvidaré incluso hasta después de muerto. Las réplicas se sucedían una tras otra con menores intensidades, sin embargo, el calor de su casa permitió que Panchito y Antonia durmieran en el sillón, como si nada hubiera pasado; mientras bebíamos un café y comentábamos lo que escuchábamos por la radio. Sin luz, sin agua, sin gas; pero con el inmenso amor de esa casa que tantos recuerdos me trae.
Ya pronto amanecía y de a poco lograba saber de mi familia y de todos los que amo.
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