miércoles, 16 de diciembre de 2009

Entre El Bosque y Las Olas

Pichilemu Diciembre del 2009.

Tarde de un viernes caluroso de diciembre, con mi documento de identidad vencido (Carné) nos escapamos a Pichilemu, donde los bosques son pequeños, las arenas negras y los surfistas mucho más abundantes que las pulguitas de mar (Pichilemu, en mapudungún quiere decir bosque pequeño).

imagePanchito, con su dedo ritual en la boca, miraba la carretera que lleva desde Santiago a San Antonio como un paseo más, de esos a los que ya está medio acostumbrado. La Toñita claro está, después de un agotador día de jardín, de pre kinder, de cantar todo el día y de repetirle a la tía que se ve linda, duerme en su silla naranja que cada día que pasa le queda más chica.

Claudia, estoica maneja el bólido, mientras observo los cerros que van acompañando el valle del Maipo, ese río enturbiado que nace allá arriba entre glaciares y las altas cumbres de nuestra cordillera; ese río que corta con fuerza la cordillera de la costa y se abre paso al mar, sinuoso y generoso, dando humedad suficiente para que los que saben, fabriquen ese vino que se premia en varias partes del mundo.

Entonces justo después de pasar por el cruce a Pomaire, donde la greda es objeto del deseo, una nueva variante nos lleva al camino hacia el sur. Es la ruta que va hacia el Rapel, Litueche y las grandes olas de Pichilemu.

Esquivando la agrícola ciudad de Melipilla, esa que dicen alberga a cuatro espíritus, fuimos cortando las montañas que visten a la costa y que se desvisten con viñedos y frutillares. Justo en el cruce de Las Arañas, luego de pasar el poblado de Mandinga (No quiero imaginar las razones de por qué este pueblo se llama de esa forma…) nos desviamos hacia San Pedro, el paraíso de las frutillas y más allá la central Rapel, el edén de la electricidad. Las montañas onduladas a ratos cubiertas de espinos y a veces por mares de parras van dando paso a varias quebradas que se acaban en la gran central Rapel, que alimenta de energía a un buen puñado de chilenos.

La primera vez que pasamos por acá, hace menos de un año, nos detuvimos a mirar el gran abismo que involucra la represa y el arco que sostiene tantos miles de millones de metros cúbicos de agua. Observamos cómo los peces al lado del lago chocan con las paredes de la presa, creyendo vanamente, que encontrarán la salida hacia el río abajo. Y por otro lado, hacia la salida de la presa, una ribera estéril, cubierta por una quebrada muerta que daba paso a un esterillo ínfimo y que albergaba algunos pájaros carroñeros… seguro esperando los restos de peces y otros animalillos muertos que son destrozados al pasar por las grandes turbinas generadoras de esa tan preciada energía que necesitamos consumir. Un sacrificio silencioso y generoso, en pos de nuestra vida cotidiana y que por su puesto, ni nos percatamos.

En esta oportunidad quisimos seguir de largo. A estas alturas ambos peques dormían y yo, como nunca copiloto, disfrutaba de poder mirar lo que jamás se ve cuando vas de capitán.

Luego del fin del embalse Rapel y de su estero de la muerte, aumenta la altura y se llega a un portezuelo de rocas rosadas justo antes de llegar al poblado de Litueche. Ya estábamos cerca.

Poco menos de una hora comenzaban a aflorar los bosques eternos de pinos radiata, de esos que se plantan hoy y en menos de 10 años son grito y plata… Claro, siempre y cuando no se quemen en el intento. Al final empezábamos a bajar y luego de pasar por el fundo de San Antonio de Petrel y por varios humedales que no se reconoce si son naturales o estragos del progreso, aparece el pueblo de Pichilemu.

Nuestra cabaña se ubicaba 6 km al sur del pueblo, orillando una playa eterna y que es interrumpida por el paraíso de los amantes de las olas: Punta de Lobos.

Justo acá se nos ocurre aterrizar a pocos minutos de la última mirada de la luz del día. Tarde ya, bajábamos las cosas del auto, los niños ya despiertos y entusiasmándose con otra aventura de viajes.

Esa noche cenamos cansados, respiramos un poco el aire del mar en esa terraza que apuntaba hacia el norte y dormimos imaginando el cielo de esa noche.

La cabaña tiene de todo. Una estufa a leña, un quincho para la parrilla, una pieza para los niños y una terraza para el almuerzo y el sol…

Amanecieron los niños el sábado temprano y no se hizo esperar el desayuno. De Santiago habíamos traído la carne, el carbón y las ensaladas. Nada mejor para un almuerzo de sol y con ganas de playa. A poco pasaban las horas Panchito ya evidenciaba un importante interés por las piedrecillas del jardín y Antonia tratando de tirarle unas cuantas en la cabeza… ¡que lindo es vivir en familia! ¿Cierto?

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Luego del grandioso almuerzo, la vida entera estaba centrada en la playa. No iríamos a surfear pero sí a mojarse las patitas, mirar el horizonte y jugar con la arena.

A menos de 100 metros se abre esta larga playa de arena oscura y que ese día nos ofrecía un día completamente despejado, ideal para insolarse. El viento casi huracanado evitó que pudiéramos instalar una carpa pequeña para evitar un poco el sol, así que no hubo más remedio que empastarse con bloqueador solar.

Curiosamente, Panchito estaba agradado con el lugar y dio varias vueltas sobre nuestras sillas de campaña que habíamos instalado a escasos pasos de la orilla. Al fondo, bajo las grandes crestas, los surfistas con sus clásicos trajes negros volaban y rodaban sobre las aguas, deslizándose como si fuera hielo.

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Como aún faltaba mucho para el periodo estival, la playa era un verdadero desierto. Sólo nosotros, pequeños crustáceos por millones bajo la arena del sube y baja del agua, y para nuestra suerte, un pingüino de Humboldt tomando sol a pocos metros de distancia. Sigilosos nos acercamos con Antonia a mostrarle en vivo y en directo la vida misma y la naturaleza en persona. Casi podíamos tocarlo, sin embargo, no había que molestar su tranquilo descanso. Al parecer estaba perdido o quizás enfermo. No había cómo saberlo. Dejándolo en paz volvimos a nuestras toallas.

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Panchito, si bien mostraba interés por la naturaleza, era medio difícil que tocara la arena. Incluso en un tropiezo debió afirmarse del piso mirándose las manos sucias y lamentándose por no traer consigo un pañuelo o algo para sacarse esa molesta arena húmeda que se le pega en sus manitos. Antonia, en cambio, con sus patitas en el agua buscaba saltar las pequeñas olas, hacer castillitos en la arena y lo que podamos imaginar que puede hacer una niña en la playa. Claudia por su parte intentaba mantener su libro abierto ante los embates del viento que la obligaba a dar vuelta la página. Insistente y tenaz.

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No más allá de una hora pasó cuando Antonia dio la orden de que tenía frío y que había que regresar. Caminamos de vuelta a la cabaña cuando la tarde ya se estaba despidiendo y el frío de la noche se acercaba. En grupo nos metimos a la tina con sal de mar disuelta esa agua tibia y que se encargaría de tumbar a los peques. A penas terminado el postre ambos pequeñines sucumbieron ante los designios de Morfeo luego de un día de tanto que soñar y reír.

Entonces como dos tórtolos nocturnos nos arropamos en la terraza al aire libre a disfrutar de la noche aunque se acababan las estrellas, porque se venían nubes desde el norte. Tarde nos venció el sueño, hablando del futuro, de la alegría de los niños, de la ternura de Antonia, de la refinación de Francisco y de la alegría de estar juntos.

Ya mañana iba a ser domingo y había que regresar.

Temprano rearmamos el auto y enfilamos luego del desayuno con rumbo a Pomaire. No era la greda lo que nos importaba sino ese exquisito “Plato Pomairino” que viene con carne, chuletas, pollo asado, longanizas y un par de papas cocidas. Con el correspondiente ají verde, vino del Maipo y todo en platos de esa arcilla oscura. Esa que tanto se esmeran en fabricar rústicamente en este pueblo, que cada domingo tiene más visitantes que el domingo anterior.

No surfeo y tampoco me interesaría aprender. Pero nos encanta esta playa.

Hasta la próxima aventura.