domingo, 21 de junio de 2009

Chiloé y la búsqueda del Chaitén

La carretera estaba lluviosa. Comenzaba a caer la tarde y el rumbo era hacia el sur. Llegamos a la ruta 5, desde el Riñihue a la altura del pueblo de Los Lagos y enfilando hacia La Unión.
Recordé aquellos años de niño. Viajes bajo la lluvia en esas carreteras resquebrajadas que hacían los traslados eternos; sobre todo cuando íbamos detrás de un camión, de esos que llevaban madera o animales y que viajaban a menos de 70 km/h, la espera se hacía eterna cuando salíamos del Malleco hacia el sur, o peor aún cuando había que pasar por la Cuesta Lastarria. Ya nada de eso existe, porque ahora tenemos largas autopistas que traen desde Santiago su arrollador progreso. Aún así, la lluvia sigue siendo la misma de antaño en verano, con nubes amenazantes y con vientos del norte, de esos que a cada sureño le hace pensar que caerá un aguacero.
Llegamos tarde a nuestra casa. Roñosa y húmeda como siempre y con el mismo olor que tenía hace 30 años. Esa casa larga de innumerables habitaciones, unas más oscuras que otras y por donde seguro rondan los fantasmas de mi Padre y quizás de tantos otros. Atrás en su inmenso patio, un manzano de la época de la colonia seguía indemne y generoso con los parásitos de la temporada, aves y otros comensales que impacientes esperaban el manjar que brotaba de las ramas, que lanzaban sus manzanas como cada año. En el segundo piso está mi cama, en la habitación que mira hacia dicho árbol añejo y sencillo, que a pesar de los años, sigue dadivoso regalándonos alguna de sus jugosas frutas. Pronto hice un fuego para calentar algo las paredes húmedas, mientras Claudia comenzaba a pensar en la cena y en la comida de los niños. Ahora teníamos tele, una cocina, una casa enorme y los niños felices recorriendo los rincones de esta casa, tal como alguna vez lo hice yo mientras repartía mis juguetes en este mismo piso, marcado por mis patines, magullado con mis crayones y pisoteado por mis sencillos pasos de hace treinta y tantos años. Los niños se sentían en su casa… ¡y cómo que no! Si estas paredes absorbieron el germinar de la misma sangre que corre por sus venitas.

Llovió toda esa semana, así que aprovechamos de hacer algunas visitas sociales. Nuestro primer destino fue el Cementerio. Ahí estaba mi Papá en silencio, recostado mirando las nubes con sus ojos negros y bajo la lápida que recordaba la fecha en que había decidido marcharse. Ahora sigue en mi casa y en mis recuerdos y en mis hijos. Permanece nadando en estos lagos del sur, entre los árboles del bosque de Quillín, bajo el Río Bueno y el Llollelhue, en los saltos del Nilahue y en las cumbres del Carrán y el Puyehue. Una noche del año pasado, a orillas del Lago Ranco, escuché cómo el agua al moverse bajo nuestros pies, se comunica con aquel que le escuche, como lo hacía el río con Siddhartha en ese hermoso cuento que contaba Herman Hesse… Esa misma historia que mi viejo me narraba desde chico y que luego de más viejo leí casi cinco veces. Entonces yo era el barquero que escuchaba las aguas bajo mi embarcación. Durante esa tarde oscura frente a la orilla del Ranco, escuchaba sus palabras que sonaban al Tata Raul (Mi papá, como le enseñamos a la Antonia a nombrarle), a ese viejo bueno que se fue del mundo dejándome joven, con tantas historias inconclusas y con un millar de concejos que me faltaron. Entonces miro los ojos de mis hijos y quisiera vivir para siempre o al menos morir cuando ellos ya sean abuelos.

Almorzamos en el Lago Ranco un día, otro en el fogón Quimey y como si fuera poco, una pierna de Cordero al palo, en la casa del Limón (Luis, un primo de Claudia), al terminar el cuarto día, por allá por Pichirropulli, desde donde viene toda la estirpe de la familia de Claudia. Con su hijo violinista, que además nos deleitó con una interpretación del Aire de Bach, su esposa María y Catalina, hermanas ambas y primas de Claudia, y Paz y Javiera (Hijas de catalina), las que al cabo de unos escasos minutos hicieron eterna amistad con Antonia. Una linda familia que tiene el corazón más grande que la casa y que también es parte de mi familia. No viene al caso contar pormenores de dicho “Asado” (que no es lo mismo que una parrillada) ya que todo lo que diga podría ser usado en mi contra. Sólo mencionaré que el fuego se incendió a eso de las 12 del día, mientras el Limón amasaba en su panadería el pan de la tarde. El resto fue un ir y venir de historias al costado de las brazas, el ritual de inicio en la mesa, el postre y el anochecer, al calor de un estufa sencilla y unos exquisitos calzones rotos. Las visitas a ese pueblo tan pequeño en el mapa, pero tan grande en cariño y en recuerdos de los momentos más hermosos de la infancia de mi mujer, se hacen cortas por lo que la promesa de volver pronto, aflora de nuestros labios al momento de la despedida.

Por esas cosas del destino, el Chaitén se había despertado y en todos los noticieros aparecía alguna nota al respecto. Como no hay forma de mirarlo desde muy cerca, se me ocurrió que podíamos verlo desde Queilén, poblado situado en la Isla de Chiloé, exactamente al frente de Chaitén. Al día siguiente, temprano y bajo nubes amenazantes, partimos hacia el sur en busca de Castro. Llegamos a Pargua mientras escuchábamos la sonata en Sol Mayor para piano y violín, de Mozart, la que nos llenaba los oídos de notas y de colores musicales. Panchito, en su sueño, imaginaba al músico en su piano y al violinista cantando al unísono en su soneto… y Antonia, con su voz increíble, iba entonando las notas casi a la perfección. Es aquí cuando me pregunto si su demasiada afinación será normal o habrá que llevarla a un conservatorio… ( ¿O será amor de padre?)

Se acercaba finalmente el mar del Chacao, con notas del universo y acordes del cielo. Como era de costumbre, la fila de vehículos esperando el trasbordador era considerable y cotidiana, al igual que los ambulantes que tratan de llenarte de mapas, libritos con la mitología de Chiloé, empanadas de manzana y cuanta bagatela que sirva para solventar la agónica economía del poblado de Pargua. Este lugar me hace recordar la vez que tenía menos de 17 y viajaba con mi Papá a Ancud en unas vacaciones de invierno. La idea era ir en busca de unas ricas ostras y de un chaleco de lana, y así salimos un día de lluvia de Julio. Recuerdo sencillamente los días grises y chaparrones imperecederos. Si bien el chaleco se mojó inevitablemente y las ostras nunca lograron llegar a flote, la intensión del viejo era algo más simple… Distraerme, en primer lugar, y convencerme en estudiar Ingeniería, en segundo lugar… ¡Qué insólito! Por muchos medios traté de evitarlo, pero la vida a veces se encarga de contradecirnos.

Al mostrarle que había que subir nuestro auto a un barco que nos llevará a la otra orilla, significó para Antonia una fascinación inusitada que llamó mucho la atención de sus ojos de apenas cuatro años. Es que da la impresión que no es normal que podamos subir algo tan pesado como un auto arriba de un barco… ¿cierto? Menos si tomamos en cuenta que, además de nosotros, iban 3 buses llenos, 4 camiones cargados, 7 vehículos menores y hasta personas a pié. Una vez arriba, y al cabo de unos minutos, Antonia sólo quería estar en el puente, junto al capitán o en el lugar más alto para ver desde la inmensidad, lo eterno del canal y lo inmenso del mar azul… Su genotipo de viajera incansable afloraba, mientras veía cómo se cruzaba el océano y el golfo de Ancud en un millar de torbellinos que se adornaban con lobos marinos, cormoranes y una que otra Tonina Overa (Cetáceo, pariente de las ballenas; delfines que tienen la suerte de vivir en Chile, un país que poco conoce de su existencia…)
Panchito mientras tanto, sencillamente cambiaba su pañal, con ayuda de su madre obviamente.

Ya en tierra, un almuerzo saludable, con Salmón a la plancha en una salsa que ya no recuerdo, justo ahí, mirando hacia el oeste, en la bahía de Ancud, que deja ver sus islas que sirvieron de refugio a los colonos de hace quinientos años o más…





Pero el destino llegaba más al sur. La idea era acercarnos a Queilén donde supuestamente se observa el volcán desde la orilla segura de Chiloé. Llegamos esa tarde a Castro, capital de la isla, desordenada, nublada y húmeda. Buscamos un refugio, algo que se acercara al mar. Nada mejor que Nercón, al sur de Castro y en unas cabañas que eran nada más y nada menos que unos palafitos. A las 9 de la noche mientras el sol tras nubes amenazantes se disponía a despedirse, la marea comenzaba su llegada a nuestros pies. Una eterna rada que albergaba veinte o más cabañas palafito, se adentraban de manera insolente hacia la marea que el medio día y a la media noche, llegaban a inundar el balcón y los pies de nuestras camas. Así es Chiloé, con esas cosas extrañas de la naturaleza y la mitología que se mezclan en la historia y en el ir y venir de las mareas. Cuatro o cinco metros de diferencia entre la pleamar y la bajamar. Cosa difícil de entender, sabiendo además que en la misma latitud, en la orilla oeste de la isla entre “la alta” y “la baja” no supera el metro. En otro escrito tal vez hablaré de oceanografía.

A la mañana siguiente salimos con Antonia, sabiendo que a la marea aún le faltaba por llegar. Caminamos por el suelo marino que dejó hace pocas horas el agua salada, abandonando cuanta diversidad existe. Sembrados en el lecho había algas y moluscos y restos de otros animalillos que tanto Antonia como yo observábamos asombrados. Un mar de algas, cangrejos bajo rocas y un millón de moluscos entre piedras y el fango, sin contar más de 5 especies de pájaros que buscaban darse un festín entre tanta mesa servida. La naturaleza se encarga de autoabastecerse… está todo perfectamente pensado.





Pronto volvimos y Panchito ya estaba presto para otro paseo. Nos arrimamos al vehículo y aunque permanecía nublado, no perdimos la esperanza de observar el continente y las fumarolas del furioso volcán a más de 70 km en línea recta, al otro lado de la gran masa de agua que separa el continente de esta isla.
Un camino sinuoso y despoblado nos llevó hasta el lluvioso Queilén que tiene una punta alargada de arena hacia el sur y que alberga varios kilómetros de playas tranquilas. Era un pueblo sencillo y con poco donde elegir para el almuerzo. Al menos había pescado frito en un boliche que tenía unas mesas rústicas que no eran otra cosa que troncos de enormes pinos trozados de manera tal que parecieran mesas. Al menos las sillas eran normales, aunque las paredes eran de tapas de pino, o como las llaman más al norte de “lampasos” (Fachada hecha a base de la corteza de los árboles, principalmente Pino radiata).

No había vista hacia el Chaitén, aunque dicen que en días de sol, se puede observar el volcán Yates desde el norte, el Michimahuida el frente (también la fumarola del Chaitén) y el Corcovado más hacia el sur. Mala suerte. Mientras yo me lamentaba, Antonia miraba los barcos acostados en las orillas y sin agua en sus quillas. Seguro se preguntaba ¿Cómo habían logrado poner ese tremendo barco sobre la arena de esa playa?... la marea trabaja en silencio, yo pensaba.

Volvimos a Castro buscando iglesias antiguas, de esas que se construyeron en la época de la colonización y que aún siguen a pesar de tantos embates de la naturaleza. Aituy fue la primera parada. Bajando hacia la orilla de esta península, mostraba una playa gigante de arenas blancas llenas de restos de moluscos y otras basuras de los pescadores de la zona. Había allí un par de casas, muchas vacas por todas partes y, en medio de un largo cementerio, la iglesia del lugar. De tejuelas de alerce se erguía la Cruz en la cúspide, resistiendo al tiempo y a los embates del clima. Más al norte estaba Agoní, un despoblado que sólo mostraba su imponente iglesia centenaria y que seguro cada domingo atraía a los lugareños, campesinos y pescadores. Antonia y su buena memoria, al mirar un cementerio pensaba que ahí estaba la casa del Tata Raúl (habitualmente a los alrededores de estas iglesias se instalan los cementerios de las familias del lugar, con mausoleos de madera, que parecen casitas de muñecas).



De regreso en Castro aproveché que no llovía para mirar con Panchito cómo la marea subía lentamente hasta llegar a nuestro balcón. En su idioma de bebé, tal vez me contaba que esto de las mareas es algo que no tiene lógica y que no vale la pena entender. Que más importa una buena leche con chocolate o simplemente un buen dedo gordo de nuestra mano para poder chupar hasta quedarse dormido… ¿cierto que no hay nada más importante?

Los niños durmieron bien, al calor de la leña que tan gentilmente nos habían regalado. El silencio de la noche, interrumpido a veces por embarcaciones que llegaban de largas jornadas de pesca y que formaban pequeñas ondulaciones en el agua, y el sólo hecho de estar ahí sobre el agua del mar del sur, nos invitaba a beber alguna copa de despedida de estas cortas vacaciones en familia. Ya pronto había que volver hacia el norte, así que había que aprovechar estos últimos minutos. Bebimos hasta tarde con Claudia, mientras los monos dormían. Antonia soñaba con subir el auto arriba de un barco otra vez y Panchito imaginaba su dedito gordo con un poco de compota de pera en la punta. Y mientras eso sucedía, nos dormíamos en el vino del amor y de la historia de este Chiloé, que nos transformaba en la Pincoya y el Trauco en un idilio de esos que no voy a contar.

Al día siguiente volvimos al norte, preparándonos para el viaje de regreso hacia Santiago. Un par de días después llegábamos a Chillán para dormir y para descansar de más de 500 km de viaje desde Osorno. Es ahí cuando uno piensa en que Santiago no es Chile. Es ahí cuando empieza mi nostalgia por volver y transformarme en un Pellín, para echar raíces ahí donde nací, en el inicio de la Patagonia, donde los volcanes toman agua de los ríos y lagos y donde el mar se mezcla con la mitología y la historia de nuestro mundo.

Llegando a Santiago les pregunté a los niños… ¿y a donde iremos las próximas vacaciones? Ya vendrá un próximo verano. Pensé.

martes, 2 de junio de 2009

A Choshuenco, Lago Panguipulli

Al sur de Melipeuco, desde Cunco, comienza un camino pedregoso que conecta el lago Colico con el Villarica, entre fundos y pastizales fructíferos para la ganadería y la silvicultura. Es la llamada Ruta Interlagos, que se inicia en Victoria y supuestamente pretende llegar hasta el Lago Todos Los Santos. Una ruta interesante que intenta unir una buena cantidad de lagos y parques nacionales. Y digo 'intenta', porque el camino es angosto, poco transitado, de ripio… de esos que te obliga a andar a no más de 40 km/h, en que ansías el momento en que llegue el pavimento y el vehículo queda tan empolvado como un berlín (Me refiero a esos dulces para comer con crema pastelera o manjar, no a la ciudad Alemana, y que en mi época de adolescente amaba, sobre todo aquellos que hacían en una panadería que quedaba camino al terminal de buses en Matucana, cuando estudiaba en el INBA, mientras esperaba partir a El Quisco donde me esperaba mi Mamá. Me atravesaba uno con crema pastelera, porque el manjar ha sido mi eterno enemigo, hasta hoy).

Llegando a Villarrica aparece el pavimento. Panchito, con su dedo gordo en la boca, miraba por su ventana polvorienta las casas sureñas y las calles llenas de turistas. Antonia, con la boca abierta, dormía con todo su pelo hermoso sobre su carita. Desde chica se entregaba a los brazos de Morfeo cuando tocaba un camino de ripio. Qué suerte. Cruzamos el pueblo y se nos ocurrió acampar en Lican Ray, tratando de encontrar algún camping cercano al lago y un sitio próximo a la orilla. Olvidaba que éste era mi primer viaje en familia en temporada alta. Habitualmente viajábamos entre marzo y noviembre para justamente evitarnos el malestar de no saber si encontraremos lo que queremos. En esta oportunidad, no lo encontramos. Nos quedamos en un lugar que tenía un sitio disponible a kilómetros del baño, a años luz de la playa y para colmo, a milímetros de una cancha de futbol. Me imaginaba un pelotazo en plena cara mientras trataba de entusiasmar a Panchito para que se sentara en el pastito… Al menos no hacía frío. Cenamos a oscuras una longaniza y algo de ensaladas. Como no veía nada, el embutido se me recosió y me quedó algo seco… A mal tiempo buena cara. Al menos tenía algo de vino para regar un poco la garganta.
Hace dos años, en Noviembre, se nos ocurrió venir a este mismo pueblo con la Antonia que entonces apenas se empinaba en los 2 añitos. Era temporada baja, así que alojamos en una cabaña preciosa a pocos metros de la orilla en el camino que une el pueblo con Coñaripe. Recuerdo que esa noche bebíamos un vino argentino de esos que te dan ganas de que sea más malo que los chilenos, pero que no lo consigue. A media noche, Antonia comienza a llorar y sencillamente eran alaridos de temor. No sabíamos cómo calmarla. Claudia decide subirla a su silla en el vehículo, para ver si sacándola de la cabaña pasaba el miedo.
Para nuestra sorpresa, la niña se quedó tranquila. De ahí surgieron una serie de teorías acerca del supuesto sexto sentido de nuestra hija, por lo que tuvimos que desalojar el lugar inmediatamente y volver a La Unión, en medio de la penumbra y el asombro, donde tenemos nuestro hogar, aquella casa de verano y de paseos, donde descansa el Tata Raúl desde que se fue al cielo en el año 98, y que quedaba a poco más de dos horas de distancia. Corrían las tres primeras horas del día de mi cumpleaños, cuando llegábamos con la Antonia risueña y feliz, al saber que nos habíamos alejado varios kilómetros de aquellos espíritus malignos…suponemos. Por alguna extraña razón, Lincan Ray con su embriagante belleza, no ha sido un espacio que se encargue de acogernos como quisiéramos. No para todo tenemos siempre una respuesta.

Al día siguiente, antes de embarcarme en la infructuosa misión de meter las cosas al maletero (No sé si es el auto el que se achica o son las cosas las que se agrandan), hicimos un vano intento porque Panchito sintiera la naturaleza misma en sus manos. Fue imposible dejarlo en el pasto sin que una colorida toalla se interpusiera entre la verde alfombra y su blanca piel. Sin embargo, al cabo de un rato y un par de alegatos y pataleos, vio una flor en el prado que le llamó la atención. ¡Al fin volvió a sus orígenes!, pensé. Evidentemente, Antonia eligió el peor momento para molestarlo. Muy simpática, le quitaba el Diente de León de sus manitos, y se lanzaba encima de él, creyendo que estaba dispuesto a soportar los huracanados embates de su hermana mayor. Lamentablemente, así crecimos todos los hijos menores. ¿Qué le vamos a hacer?

Temprano orillamos el lago Calafquén hacia el sur, buscando la ciudad de Panguipulli. En el camino pavimentado y de excelente calidad para mi gusto, recordamos aquella vez en que visitamos Choshuenco. Aferrándome a esas imágenes que asaltaban mi memoria propuse volver a ese lugar, instalarnos en una cabaña y retozar en la playa tres días como morsas en la orilla del mar. Entusiasmar a la Toñita con la idea resultó demasiado sencillo, aunque por entonces (Febrero del 2009) Playa era sinónimo de la casa de su abuela homónima en El Quisco. “¡Yaaaaa! ¡A la casa de la abuela!”, exclamó. Nuestras risas sonaron como ecos en el camino, para luego explicarle que iríamos a otro lugar un tantito diferente.

Almorzamos en el pueblo de Panguipulli, ubicado en el extremo noroeste del lago del mismo nombre y que tiene al volcán Choshuenco como telón de fondo. Apunté a dicha montaña, de poco más de 2200 metros de altura y les expliqué a mis impacientes compañeras de viaje, que bajo ese murallón, justo en sus patitas, encontraríamos una playa de las mil maravillas.

El almuerzo fue extraordinario. El lugar se llama “La Escuela”, un liceo que especializado en la capacitación de chefs y técnicos en turismo, perteneciente a la corporación “People Help People”. Esta organización sin fines de lucro, nació para el terremoto del 85 en San Antonio y ha fundado desde entonces, diversos centros educacionales en zonas aisladas, como Panguipulli y Pilmaiquén. Además, ha instalado postas rurales en zonas de población mapuche principalmente. La cálida atención, el sabor de ese osobuco, la textura de los ñoquis que pidió Claudia (Aunque a la vista parecían cereales con yogurt) y la brisa cálida que inundaba la terraza, hicieron que ese momento culinario pasara a los anales de mis libros de cocina. Me parece que mi próximo blog se dedicará a la Gastronomía en Familia… ¡Bon Appétit!



Sólo unos pocos kilómetros nos quedaban de pavimento para luego adentrarnos a los escabrosos y poco amigables senderos de ripio. Orillando el Lago Panguipulli por su rivera norte, se observaban de tanto en tanto, playas preciosas y vistas impresionantes del Choshuenco, que a ratos compartía algo del cono del Mocho, ubicado en el mismo macizo. Este volcán, o mejor dicho, estas dos calderas en una, habitualmente son denominados Mocho-Choshuenco. El primero, es un cono normal como los que conocemos, aunque achatado en su punta (De ahí su denominación) y cuya última erupción se registró en el año 1937. El Choshuenco, que se empina en la misma montaña pero al costado norte, es un cono colapsado del que no se tienen registros de erupción. Según lo que leí, corresponden a un mismo volcán que se erige en la misma falla geológica. Los mentirosos señalan que está inactivo, los mismos que dijeron que el Chaitén también lo estaba. ¡Que no se pueda creer en nadie hoy en día!

Cruzando el Río Fuy, aparece el desvío hacia el poblado de Choshuenco, ubicado como mencioné, justo debajo de la ladera oeste del volcán y en la orilla opuesta a la Ciudad de Panguipulli. El pueblo tiene sólo dos calles longitudinales que terminan en una playa de arenas negras y aguas tranquilas. Habíamos perdido las esperanzas ante las pocas alternativas de alojamiento, hasta que dimos con una señora muy agradable que tenía en el patio de su casa, dos cabañas muy acogedoras ubicadas a pocas cuadras de las cálidas aguas del Panquipulli, y a sólo metros de todo lo que uno necesita para vivir. La señora Miriam, con su cara de abuela chocha y su eterno delantal rojo, nos habría la reja para estacionar nuestro empolvado autito, cuyas ruedas pedían a gritos un descanso lejos de la tierra y el polvo, invitados frecuentes de los caminos sureños. A minutos de bajarnos, Panchito sitió como si un arco iris se dibujaba en su cabeza. Sus ojos infantes no dejaban de contemplar el piso de lustradas baldosas y una terraza de cemento. Estaba en la gloria. No cabía en si. Hasta juraría que su mirada brillaba de emoción al sentir que sus zapatitos no se llenarían de arena.

Antonia como no tiene muchos problemas para relacionarse, comenzó a hablar con la “Señorita” (Así fue como siempre se le ocurrió llamar a nuestra anfitriona), y no pasaron muchos minutos cuando Panchito ya estaba en sus brazos. Fue un amor a primera vista. Cualquiera diría que nos estaba esperando.

Descargamos el auto y daba la impresión que sus paredes se desinflaban. Le pedimos a la “Señorita” que nos prestara una parrilla porque traíamos hambre y había que celebrar que estábamos de vacaciones y que teníamos playa para mojar nuestro verano. Luego de tomar un baño, lo suficientemente largo como para despojarnos de todo vestigio de ripio, y con el atardecer cayendo en nuestros hombros, haría el fuego que abrazaría cada rincón de los trozos de carne que compramos.

Evidentemente, la amabilidad y calidez de la gente del sur, se hacía notar en las palabras de la señora Myriam. No mentiría si digo que la temperatura bordeaba los 30°C. El pueblo permanecía en una especie de cajón, protegido por montañas en varias direcciones y que permitían que durante la tarde, el sol se encargara de transformar el lugar en una caldera.

Dejamos todo ahí y presurosos bajamos a la orilla para nadar un poco. El agua era tibia, la arena fina y ardiente y Pancho prefería la sombra y usar zapatos. Con suerte había 10 familias en una playa de más de 500 metros de largo y al menos la mitad de ellas permanecían bajo la sombra de dos sauces que crecían en la arena y a pocos pasos del agua. No habían pasado muchos minutos cuando Antonia ya estaba con el agua hasta la cintura y a más de 10 metros dentro del lago. Con el fondo arenoso y eterno, había que recorrer un largo trecho para poder alcanzar una profundidad importante. No podía ser más ideal para los niños.




Para mi suerte, un joven arrendaba kayaks. Este era el momento para hacer un poco de ejercicios y sentir que navegaba por estas cálidas aguas que nacen un poco más arriba. Antonia decidió claramente no dejarme usar el bote solo, así que le ajusté un traje salvavidas y salimos en busca de la aventura. Su fascinación era inmensa, aunque a veces me daba la impresión que no era la primera vez que hacía esto. Hasta trató de remar un poco. Sentada delante mío y apegada a mi vientre, le encantaba mirar a lo lejos a la mamá que a penas divisaba su mano en señal de saludo. Fue un momento difícil el tratar de explicarle que se acababa el tiempo y que había que volver a la orilla distante. Para su suerte, la travesía continuaría con Claudia quien siguió con ella en el kayak. Mientras se deslizaba el sol hacia el horizonte, conversé sobre la importancia del mar en la navegación con Panchito.

En ese atardecer, asé unos cuantos trozos de carne, mientras Panchito hablaba en su idioma con la “Señorita”, Antonia trataba de explicarle cosas del viaje, del kayak y de los volcanes, y Claudia se adueñaba de la cocina, preparando un exquisito pisco sour, las ensaladas y la comida del mono más chico.

Cuando los niños ya dormían en la calidez del lugar, salimos al patio en la oscuridad absoluta y observamos cómo la vía láctea atravesaba la penumbra de este cielo sureño. Las nubes de Magallanes, la Osa mayor y la Cruz del Sur, enamoraban nuestra noche. ¿Qué más podíamos pedir?

Fueron tres días de playa, calor y tranquilidad. La gente, su calidez, la simpleza de sus sentimientos, y su escasa complicación ante detalles como que si no hay tomates o cebolla para hacer almuerzo, habrá que esperar al día siguiente la lustrosa camioneta de un matrimonio anunciando sus productos naturales con un megáfono, porque claro, en el pueblo no hay ferias ni supermercados. Y si no alcanzas a comprar el pan antes del medio día, sólo queda esperar la exuberante calidez de los lugareños que se encargan siempre de llenar la panera de sopaipillas incandescentes, de esas que no llevan zapallo como las del norte. Ni pensar en Internet o en comprar el diario, o en siquiera arrendar una película…Basta mencionar que sólo una compañía de celulares se daba el lujo de llegar con su señal y que, por supuesto, no nos tenía en su lista de clientes. El aislamiento era absoluto, cosa que estaba lejos de complicarnos.

El último día y con un nudo en la garganta, nos despedimos de la “Señorita” en busca de las islas de más al sur y prometiendo un regreso pronto. Mientras íbamos rumbo a Panguipulli y por esas corazonadas que se incrustan en la cabeza, se nos ocurrió pasar a almorzar a un hotel que quedaba en la desembocadura del lago Riñihue. Un lugar sencillo, enclavado en un lugar de privilegiada naturaleza. Se aprontaba a llover y al fondo de dicha alargada masa de agua, se levantaba el Mocho y su ensuciado glaciar. Nos hicieron pasar del lobby a la terraza en medio de hortensias y un jardín de esos que se ven en las películas. Mientras nos preparaban los platos y Panchito se encargaba de hacer desaparecer su almuerzo a cucharadas, bajé con Antonia hacia la orilla por un senderito que salía del hotel hacia el nacimiento del río San Pedro y que aguas abajo cambia su denominación al de “Calle Calle”, que libera sus caudales en Corral junto al río Cruces.

En ese punto recordé una historia que se contaba por allá y que nació el 20 de mayo del año 1960. Una serie de terremotos azotó la zona desde Concepción hasta la Península del Taitao, en el lado oeste de la laguna San Rafael. Un devastador cataclismo que fue capaz de mover el eje terrestre, y cuya onda expansiva derribó un cerro con bosques y animales sobre el nacimiento de este río que ahora renunciaba a su milenario silencio para hablarme. Se había formado un dique que amenazaba con colapsarse y destruir las ciudades de Los Lagos y Valdivia. Estas aguas, que parecen sencillas, provienen de 7 hermosos lagos más arriba. El lago Pirihueico que nace casi en Argentina y es hermano del Lago Lacar, descarga su torrente junto al Neltume en el Panguipulli, que a su vez recibe las aguas del lago Pellaifa, Pullinque y Calafquén. Por el río Enco, único desagüe del Panguipulli y que bordea el Choshuenco, entrega generoso todo su caudal al Riñihue, último eslabón de los siete. Con el dique provocado por el gran terremoto, sus aguas desbordaban sus orillas y laderas. Cientos de hombres y máquinas liberaron la furia de las aguas y salvaban a las ciudades de más abajo en la epopeya que después de denominó la “Hazaña del Riñihue”. Se sentía un escalofrío en el lugar, un silencio que penetraba los huesos y que ponía mi piel de gallina. Para colmo y como si fuera poco, un gran maremoto azotó las playas de este sureño mundo, de la mano del violento despertar del volcán Puyehue, pocos días después, y que pasa casi desapercibido en nuestro largo historial de eventos volcánicos, como queriendo coronar este furibundo respiro de la naturaleza, el último aliento antes de la calma.

Respetuoso entonces, deleité mi trucha que venía de las mismas aguas y que tan gentilmente nos habían preparado. Comenzaba a llover.
Viajamos hacia el sur aquella tarde, para reencontrarnos con nuestra historia, con el corazón hinchado en el pecho, palpitando en la garganta y con los niños en silencio, como si sintieran la historia del lugar como propia y cómo el incesante paso de los años va borrando las cicatrices, para dar espacio a nuevos aires de belleza.