La carretera estaba lluviosa. Comenzaba a caer la tarde y el rumbo era hacia el sur. Llegamos a la ruta 5, desde el Riñihue a la altura del pueblo de Los Lagos y enfilando hacia La Unión.
Recordé aquellos años de niño. Viajes bajo la lluvia en esas carreteras resquebrajadas que hacían los traslados eternos; sobre todo cuando íbamos detrás de un camión, de esos que llevaban madera o animales y que viajaban a menos de 70 km/h, la espera se hacía eterna cuando salíamos del Malleco hacia el sur, o peor aún cuando había que pasar por la Cuesta Lastarria. Ya nada de eso existe, porque ahora tenemos largas autopistas que traen desde Santiago su arrollador progreso. Aún así, la lluvia sigue siendo la misma de antaño en verano, con nubes amenazantes y con vientos del norte, de esos que a cada sureño le hace pensar que caerá un aguacero.
Llegamos tarde a nuestra casa. Roñosa y húmeda como siempre y con el mismo olor que tenía hace 30 años. Esa casa larga de innumerables habitaciones, unas más oscuras que otras y por donde seguro rondan los fantasmas de mi Padre y quizás de tantos otros. Atrás en su inmenso patio, un manzano de la época de la colonia seguía indemne y generoso con los parásitos de la temporada, aves y otros comensales que impacientes esperaban el manjar que brotaba de las ramas, que lanzaban sus manzanas como cada año. En el segundo piso está mi cama, en la habitación que mira hacia dicho árbol añejo y sencillo, que a pesar de los años, sigue dadivoso regalándonos alguna de sus jugosas frutas. Pronto hice un fuego para calentar algo las paredes húmedas, mientras Claudia comenzaba a pensar en la cena y en la comida de los niños. Ahora teníamos tele, una cocina, una casa enorme y los niños felices recorriendo los rincones de esta casa, tal como alguna vez lo hice yo mientras repartía mis juguetes en este mismo piso, marcado por mis patines, magullado con mis crayones y pisoteado por mis sencillos pasos de hace treinta y tantos años. Los niños se sentían en su casa… ¡y cómo que no! Si estas paredes absorbieron el germinar de la misma sangre que corre por sus venitas.
Llovió toda esa semana, así que aprovechamos de hacer algunas visitas sociales. Nuestro primer destino fue el Cementerio. Ahí estaba mi Papá en silencio, recostado mirando las nubes con sus ojos negros y bajo la lápida que recordaba la fecha en que había decidido marcharse. Ahora sigue en mi casa y en mis recuerdos y en mis hijos. Permanece nadando en estos lagos del sur, entre los árboles del bosque de Quillín, bajo el Río Bueno y el Llollelhue, en los saltos del Nilahue y en las cumbres del Carrán y el Puyehue. Una noche del año pasado, a orillas del Lago Ranco, escuché cómo el agua al moverse bajo nuestros pies, se comunica con aquel que le escuche, como lo hacía el río con Siddhartha en ese hermoso cuento que contaba Herman Hesse… Esa misma historia que mi viejo me narraba desde chico y que luego de más viejo leí casi cinco veces. Entonces yo era el barquero que escuchaba las aguas bajo mi embarcación. Durante esa tarde oscura frente a la orilla del Ranco, escuchaba sus palabras que sonaban al Tata Raul (Mi papá, como le enseñamos a la Antonia a nombrarle), a ese viejo bueno que se fue del mundo dejándome joven, con tantas historias inconclusas y con un millar de concejos que me faltaron. Entonces miro los ojos de mis hijos y quisiera vivir para siempre o al menos morir cuando ellos ya sean abuelos.
Almorzamos en el Lago Ranco un día, otro en el fogón Quimey y como si fuera poco, una pierna de Cordero al palo, en la casa del Limón (Luis, un primo de Claudia), al terminar el cuarto día, por allá por Pichirropulli, desde donde viene toda la estirpe de la familia de Claudia. Con su hijo violinista, que además nos deleitó con una interpretación del Aire de Bach, su esposa María y Catalina, hermanas ambas y primas de Claudia, y Paz y Javiera (Hijas de catalina), las que al cabo de unos escasos minutos hicieron eterna amistad con Antonia. Una linda familia que tiene el corazón más grande que la casa y que también es parte de mi familia. No viene al caso contar pormenores de dicho “Asado” (que no es lo mismo que una parrillada) ya que todo lo que diga podría ser usado en mi contra. Sólo mencionaré que el fuego se incendió a eso de las 12 del día, mientras el Limón amasaba en su panadería el pan de la tarde. El resto fue un ir y venir de historias al costado de las brazas, el ritual de inicio en la mesa, el postre y el anochecer, al calor de un estufa sencilla y unos exquisitos calzones rotos. Las visitas a ese pueblo tan pequeño en el mapa, pero tan grande en cariño y en recuerdos de los momentos más hermosos de la infancia de mi mujer, se hacen cortas por lo que la promesa de volver pronto, aflora de nuestros labios al momento de la despedida.
Por esas cosas del destino, el Chaitén se había despertado y en todos los noticieros aparecía alguna nota al respecto. Como no hay forma de mirarlo desde muy cerca, se me ocurrió que podíamos verlo desde Queilén, poblado situado en la Isla de Chiloé, exactamente al frente de Chaitén. Al día siguiente, temprano y bajo nubes amenazantes, partimos hacia el sur en busca de Castro. Llegamos a Pargua mientras escuchábamos la sonata en Sol Mayor para piano y violín, de Mozart, la que nos llenaba los oídos de notas y de colores musicales. Panchito, en su sueño, imaginaba al músico en su piano y al violinista cantando al unísono en su soneto… y Antonia, con su voz increíble, iba entonando las notas casi a la perfección. Es aquí cuando me pregunto si su demasiada afinación será normal o habrá que llevarla a un conservatorio… ( ¿O será amor de padre?)
Se acercaba finalmente el mar del Chacao, con notas del universo y acordes del cielo. Como era de costumbre, la fila de vehículos esperando el trasbordador era considerable y cotidiana, al igual que los ambulantes que tratan de llenarte de mapas, libritos con la mitología de Chiloé, empanadas de manzana y cuanta bagatela que sirva para solventar la agónica economía del poblado de Pargua. Este lugar me hace recordar la vez que tenía menos de 17 y viajaba con mi Papá a Ancud en unas vacaciones de invierno. La idea era ir en busca de unas ricas ostras y de un chaleco de lana, y así salimos un día de lluvia de Julio. Recuerdo sencillamente los días grises y chaparrones imperecederos. Si bien el chaleco se mojó inevitablemente y las ostras nunca lograron llegar a flote, la intensión del viejo era algo más simple… Distraerme, en primer lugar, y convencerme en estudiar Ingeniería, en segundo lugar… ¡Qué insólito! Por muchos medios traté de evitarlo, pero la vida a veces se encarga de contradecirnos.
Al mostrarle que había que subir nuestro auto a un barco que nos llevará a la otra orilla, significó para Antonia una fascinación inusitada que llamó mucho la atención de sus ojos de apenas cuatro años. Es que da la impresión que no es normal que podamos subir algo tan pesado como un auto arriba de un barco… ¿cierto? Menos si tomamos en cuenta que, además de nosotros, iban 3 buses llenos, 4 camiones cargados, 7 vehículos menores y hasta personas a pié. Una vez arriba, y al cabo de unos minutos, Antonia sólo quería estar en el puente, junto al capitán o en el lugar más alto para ver desde la inmensidad, lo eterno del canal y lo inmenso del mar azul… Su genotipo de viajera incansable afloraba, mientras veía cómo se cruzaba el océano y el golfo de Ancud en un millar de torbellinos que se adornaban con lobos marinos, cormoranes y una que otra Tonina Overa (Cetáceo, pariente de las ballenas; delfines que tienen la suerte de vivir en Chile, un país que poco conoce de su existencia…)
Panchito mientras tanto, sencillamente cambiaba su pañal, con ayuda de su madre obviamente.
Ya en tierra, un almuerzo saludable, con Salmón a la plancha en una salsa que ya no recuerdo, justo ahí, mirando hacia el oeste, en la bahía de Ancud, que deja ver sus islas que sirvieron de refugio a los colonos de hace quinientos años o más…
Recordé aquellos años de niño. Viajes bajo la lluvia en esas carreteras resquebrajadas que hacían los traslados eternos; sobre todo cuando íbamos detrás de un camión, de esos que llevaban madera o animales y que viajaban a menos de 70 km/h, la espera se hacía eterna cuando salíamos del Malleco hacia el sur, o peor aún cuando había que pasar por la Cuesta Lastarria. Ya nada de eso existe, porque ahora tenemos largas autopistas que traen desde Santiago su arrollador progreso. Aún así, la lluvia sigue siendo la misma de antaño en verano, con nubes amenazantes y con vientos del norte, de esos que a cada sureño le hace pensar que caerá un aguacero.
Llegamos tarde a nuestra casa. Roñosa y húmeda como siempre y con el mismo olor que tenía hace 30 años. Esa casa larga de innumerables habitaciones, unas más oscuras que otras y por donde seguro rondan los fantasmas de mi Padre y quizás de tantos otros. Atrás en su inmenso patio, un manzano de la época de la colonia seguía indemne y generoso con los parásitos de la temporada, aves y otros comensales que impacientes esperaban el manjar que brotaba de las ramas, que lanzaban sus manzanas como cada año. En el segundo piso está mi cama, en la habitación que mira hacia dicho árbol añejo y sencillo, que a pesar de los años, sigue dadivoso regalándonos alguna de sus jugosas frutas. Pronto hice un fuego para calentar algo las paredes húmedas, mientras Claudia comenzaba a pensar en la cena y en la comida de los niños. Ahora teníamos tele, una cocina, una casa enorme y los niños felices recorriendo los rincones de esta casa, tal como alguna vez lo hice yo mientras repartía mis juguetes en este mismo piso, marcado por mis patines, magullado con mis crayones y pisoteado por mis sencillos pasos de hace treinta y tantos años. Los niños se sentían en su casa… ¡y cómo que no! Si estas paredes absorbieron el germinar de la misma sangre que corre por sus venitas.
Llovió toda esa semana, así que aprovechamos de hacer algunas visitas sociales. Nuestro primer destino fue el Cementerio. Ahí estaba mi Papá en silencio, recostado mirando las nubes con sus ojos negros y bajo la lápida que recordaba la fecha en que había decidido marcharse. Ahora sigue en mi casa y en mis recuerdos y en mis hijos. Permanece nadando en estos lagos del sur, entre los árboles del bosque de Quillín, bajo el Río Bueno y el Llollelhue, en los saltos del Nilahue y en las cumbres del Carrán y el Puyehue. Una noche del año pasado, a orillas del Lago Ranco, escuché cómo el agua al moverse bajo nuestros pies, se comunica con aquel que le escuche, como lo hacía el río con Siddhartha en ese hermoso cuento que contaba Herman Hesse… Esa misma historia que mi viejo me narraba desde chico y que luego de más viejo leí casi cinco veces. Entonces yo era el barquero que escuchaba las aguas bajo mi embarcación. Durante esa tarde oscura frente a la orilla del Ranco, escuchaba sus palabras que sonaban al Tata Raul (Mi papá, como le enseñamos a la Antonia a nombrarle), a ese viejo bueno que se fue del mundo dejándome joven, con tantas historias inconclusas y con un millar de concejos que me faltaron. Entonces miro los ojos de mis hijos y quisiera vivir para siempre o al menos morir cuando ellos ya sean abuelos.
Almorzamos en el Lago Ranco un día, otro en el fogón Quimey y como si fuera poco, una pierna de Cordero al palo, en la casa del Limón (Luis, un primo de Claudia), al terminar el cuarto día, por allá por Pichirropulli, desde donde viene toda la estirpe de la familia de Claudia. Con su hijo violinista, que además nos deleitó con una interpretación del Aire de Bach, su esposa María y Catalina, hermanas ambas y primas de Claudia, y Paz y Javiera (Hijas de catalina), las que al cabo de unos escasos minutos hicieron eterna amistad con Antonia. Una linda familia que tiene el corazón más grande que la casa y que también es parte de mi familia. No viene al caso contar pormenores de dicho “Asado” (que no es lo mismo que una parrillada) ya que todo lo que diga podría ser usado en mi contra. Sólo mencionaré que el fuego se incendió a eso de las 12 del día, mientras el Limón amasaba en su panadería el pan de la tarde. El resto fue un ir y venir de historias al costado de las brazas, el ritual de inicio en la mesa, el postre y el anochecer, al calor de un estufa sencilla y unos exquisitos calzones rotos. Las visitas a ese pueblo tan pequeño en el mapa, pero tan grande en cariño y en recuerdos de los momentos más hermosos de la infancia de mi mujer, se hacen cortas por lo que la promesa de volver pronto, aflora de nuestros labios al momento de la despedida.
Por esas cosas del destino, el Chaitén se había despertado y en todos los noticieros aparecía alguna nota al respecto. Como no hay forma de mirarlo desde muy cerca, se me ocurrió que podíamos verlo desde Queilén, poblado situado en la Isla de Chiloé, exactamente al frente de Chaitén. Al día siguiente, temprano y bajo nubes amenazantes, partimos hacia el sur en busca de Castro. Llegamos a Pargua mientras escuchábamos la sonata en Sol Mayor para piano y violín, de Mozart, la que nos llenaba los oídos de notas y de colores musicales. Panchito, en su sueño, imaginaba al músico en su piano y al violinista cantando al unísono en su soneto… y Antonia, con su voz increíble, iba entonando las notas casi a la perfección. Es aquí cuando me pregunto si su demasiada afinación será normal o habrá que llevarla a un conservatorio… ( ¿O será amor de padre?)
Se acercaba finalmente el mar del Chacao, con notas del universo y acordes del cielo. Como era de costumbre, la fila de vehículos esperando el trasbordador era considerable y cotidiana, al igual que los ambulantes que tratan de llenarte de mapas, libritos con la mitología de Chiloé, empanadas de manzana y cuanta bagatela que sirva para solventar la agónica economía del poblado de Pargua. Este lugar me hace recordar la vez que tenía menos de 17 y viajaba con mi Papá a Ancud en unas vacaciones de invierno. La idea era ir en busca de unas ricas ostras y de un chaleco de lana, y así salimos un día de lluvia de Julio. Recuerdo sencillamente los días grises y chaparrones imperecederos. Si bien el chaleco se mojó inevitablemente y las ostras nunca lograron llegar a flote, la intensión del viejo era algo más simple… Distraerme, en primer lugar, y convencerme en estudiar Ingeniería, en segundo lugar… ¡Qué insólito! Por muchos medios traté de evitarlo, pero la vida a veces se encarga de contradecirnos.
Al mostrarle que había que subir nuestro auto a un barco que nos llevará a la otra orilla, significó para Antonia una fascinación inusitada que llamó mucho la atención de sus ojos de apenas cuatro años. Es que da la impresión que no es normal que podamos subir algo tan pesado como un auto arriba de un barco… ¿cierto? Menos si tomamos en cuenta que, además de nosotros, iban 3 buses llenos, 4 camiones cargados, 7 vehículos menores y hasta personas a pié. Una vez arriba, y al cabo de unos minutos, Antonia sólo quería estar en el puente, junto al capitán o en el lugar más alto para ver desde la inmensidad, lo eterno del canal y lo inmenso del mar azul… Su genotipo de viajera incansable afloraba, mientras veía cómo se cruzaba el océano y el golfo de Ancud en un millar de torbellinos que se adornaban con lobos marinos, cormoranes y una que otra Tonina Overa (Cetáceo, pariente de las ballenas; delfines que tienen la suerte de vivir en Chile, un país que poco conoce de su existencia…)
Panchito mientras tanto, sencillamente cambiaba su pañal, con ayuda de su madre obviamente.
Ya en tierra, un almuerzo saludable, con Salmón a la plancha en una salsa que ya no recuerdo, justo ahí, mirando hacia el oeste, en la bahía de Ancud, que deja ver sus islas que sirvieron de refugio a los colonos de hace quinientos años o más…
Pero el destino llegaba más al sur. La idea era acercarnos a Queilén donde supuestamente se observa el volcán desde la orilla segura de Chiloé. Llegamos esa tarde a Castro, capital de la isla, desordenada, nublada y húmeda. Buscamos un refugio, algo que se acercara al mar. Nada mejor que Nercón, al sur de Castro y en unas cabañas que eran nada más y nada menos que unos palafitos. A las 9 de la noche mientras el sol tras nubes amenazantes se disponía a despedirse, la marea comenzaba su llegada a nuestros pies. Una eterna rada que albergaba veinte o más cabañas palafito, se adentraban de manera insolente hacia la marea que el medio día y a la media noche, llegaban a inundar el balcón y los pies de nuestras camas. Así es Chiloé, con esas cosas extrañas de la naturaleza y la mitología que se mezclan en la historia y en el ir y venir de las mareas. Cuatro o cinco metros de diferencia entre la pleamar y la bajamar. Cosa difícil de entender, sabiendo además que en la misma latitud, en la orilla oeste de la isla entre “la alta” y “la baja” no supera el metro. En otro escrito tal vez hablaré de oceanografía.
A la mañana siguiente salimos con Antonia, sabiendo que a la marea aún le faltaba por llegar. Caminamos por el suelo marino que dejó hace pocas horas el agua salada, abandonando cuanta diversidad existe. Sembrados en el lecho había algas y moluscos y restos de otros animalillos que tanto Antonia como yo observábamos asombrados. Un mar de algas, cangrejos bajo rocas y un millón de moluscos entre piedras y el fango, sin contar más de 5 especies de pájaros que buscaban darse un festín entre tanta mesa servida. La naturaleza se encarga de autoabastecerse… está todo perfectamente pensado.
Pronto volvimos y Panchito ya estaba presto para otro paseo. Nos arrimamos al vehículo y aunque permanecía nublado, no perdimos la esperanza de observar el continente y las fumarolas del furioso volcán a más de 70 km en línea recta, al otro lado de la gran masa de agua que separa el continente de esta isla.
Un camino sinuoso y despoblado nos llevó hasta el lluvioso Queilén que tiene una punta alargada de arena hacia el sur y que alberga varios kilómetros de playas tranquilas. Era un pueblo sencillo y con poco donde elegir para el almuerzo. Al menos había pescado frito en un boliche que tenía unas mesas rústicas que no eran otra cosa que troncos de enormes pinos trozados de manera tal que parecieran mesas. Al menos las sillas eran normales, aunque las paredes eran de tapas de pino, o como las llaman más al norte de “lampasos” (Fachada hecha a base de la corteza de los árboles, principalmente Pino radiata).
No había vista hacia el Chaitén, aunque dicen que en días de sol, se puede observar el volcán Yates desde el norte, el Michimahuida el frente (también la fumarola del Chaitén) y el Corcovado más hacia el sur. Mala suerte. Mientras yo me lamentaba, Antonia miraba los barcos acostados en las orillas y sin agua en sus quillas. Seguro se preguntaba ¿Cómo habían logrado poner ese tremendo barco sobre la arena de esa playa?... la marea trabaja en silencio, yo pensaba.
Volvimos a Castro buscando iglesias antiguas, de esas que se construyeron en la época de la colonización y que aún siguen a pesar de tantos embates de la naturaleza. Aituy fue la primera parada. Bajando hacia la orilla de esta península, mostraba una playa gigante de arenas blancas llenas de restos de moluscos y otras basuras de los pescadores de la zona. Había allí un par de casas, muchas vacas por todas partes y, en medio de un largo cementerio, la iglesia del lugar. De tejuelas de alerce se erguía la Cruz en la cúspide, resistiendo al tiempo y a los embates del clima. Más al norte estaba Agoní, un despoblado que sólo mostraba su imponente iglesia centenaria y que seguro cada domingo atraía a los lugareños, campesinos y pescadores. Antonia y su buena memoria, al mirar un cementerio pensaba que ahí estaba la casa del Tata Raúl (habitualmente a los alrededores de estas iglesias se instalan los cementerios de las familias del lugar, con mausoleos de madera, que parecen casitas de muñecas).
De regreso en Castro aproveché que no llovía para mirar con Panchito cómo la marea subía lentamente hasta llegar a nuestro balcón. En su idioma de bebé, tal vez me contaba que esto de las mareas es algo que no tiene lógica y que no vale la pena entender. Que más importa una buena leche con chocolate o simplemente un buen dedo gordo de nuestra mano para poder chupar hasta quedarse dormido… ¿cierto que no hay nada más importante?
Los niños durmieron bien, al calor de la leña que tan gentilmente nos habían regalado. El silencio de la noche, interrumpido a veces por embarcaciones que llegaban de largas jornadas de pesca y que formaban pequeñas ondulaciones en el agua, y el sólo hecho de estar ahí sobre el agua del mar del sur, nos invitaba a beber alguna copa de despedida de estas cortas vacaciones en familia. Ya pronto había que volver hacia el norte, así que había que aprovechar estos últimos minutos. Bebimos hasta tarde con Claudia, mientras los monos dormían. Antonia soñaba con subir el auto arriba de un barco otra vez y Panchito imaginaba su dedito gordo con un poco de compota de pera en la punta. Y mientras eso sucedía, nos dormíamos en el vino del amor y de la historia de este Chiloé, que nos transformaba en la Pincoya y el Trauco en un idilio de esos que no voy a contar.
Al día siguiente volvimos al norte, preparándonos para el viaje de regreso hacia Santiago. Un par de días después llegábamos a Chillán para dormir y para descansar de más de 500 km de viaje desde Osorno. Es ahí cuando uno piensa en que Santiago no es Chile. Es ahí cuando empieza mi nostalgia por volver y transformarme en un Pellín, para echar raíces ahí donde nací, en el inicio de la Patagonia, donde los volcanes toman agua de los ríos y lagos y donde el mar se mezcla con la mitología y la historia de nuestro mundo.
Llegando a Santiago les pregunté a los niños… ¿y a donde iremos las próximas vacaciones? Ya vendrá un próximo verano. Pensé.
Amigo!!! Como ya es costumbre en tu estilo, la redacción es encantadora, lúdica y te moviliza a compartir lo quue uds. vivieron. Desde que empezaste me declaro tu fiel lectora y estaré a la espera de tu próxima aventura... sólo espero que en alguna de ellas tengas que contar como fue que después de años, en algún paraje conocido por nuestras infancias en común, no reencontramos. Besos y saludos a la familia
ResponderEliminarSe agradece este nuevo y vivencial relato, a mis casi 37 siento cada vez más ganas de partir a patiperrear por nuestro hermoso sur junto a mi familia.
ResponderEliminarSaludos.