sábado, 13 de marzo de 2010

Un Mensajero de Esperanza

Esta historia no la he escrito yo, pero la he querido compartir con ustedes. El Tata Oscar la cuenta y la vive.

07 de marzo de 2010

El viaje a Curepto

Como una forma de agradecer el cariño transformado en mercadería y ropa para Curepto, me gustaría contarles la experiencia vivida como mensajeros de su cariño en ayuda a este querido pueblo.

El equipo lo integraban Alex, el dueño de casa, nacido y criado en Curepto; Pablito, quien se define como “quién habita en Santiago pero vive en Curepto”, y yo.

Partimos a las 4:30 am rumbo al sur el sábado 6, con el corazón apretado por la incertidumbre de lo que íbamos a encontrar. No hubo mucho diálogo. En el camino encontramos muchos chilenos solidarios que iban con el mismo objetivo que nosotros, entregar algo de cariño y apoyo a personas desconocidas que sufrían en nuestro sur.

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Al amanecer y ya cerca de nuestro destino, nos detuvimos a tomar café que con cariño nos preparó “La Jose”.

Alex, Pablito y la camioneta con vuestros encargos.

Llegamos a Curepto, a la casa de Ariel. Nos recibieron con abrazos y lágrimas, las palabras se dificultaban por la emoción. Aquel hogar refugiaba a la familia que no quería dormir en sus casas, la bodega se habilitó como albergue.

Después del desayuno descargamos la camioneta para ordenar lo mejor posible la ayuda para luego partir a la casa de los Henríquez. Lo que vimos no fue muy alentador. La fachada agrietada nos advertía de un peligro, en la entrada una leyenda que decía “INHABIT.”

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La casa estaba quebrada entera, era riesgoso a la luz de los bomberos entrar, pero haciendo caso omiso lo hicimos. A pesar que el panorama era desolador, la casa herida se mantenía en pie. Los vecinos trabajaban afanosamente demoliendo lo que había quedado débilmente en pie.

Los adobes envejecidos por más de cien años, no aguantaron la fuerza de este terremoto. En dos minutos Curepto histórico se vino al suelo y hoy son ruinas lo que ayer era una hermosa muestra de nuestros pueblos coloniales.

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Llegamos a la plaza, donde se celebraba un funeral a la intemperie ya que la iglesia resultó lo suficientemente dañada para permitir la entrada de sus dolidos feligreses. El símbolo histórico de Curepto hoy yace en el suelo. Débilmente el campanario se ressite a caer, pero de seguro no será por mucho tiempo.

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Al recorrer el pueblo, el corazón se apretaba a cada paso. Nada parecía haber salido ileso, todo estaba complicado. Curepto sangraba a través de las grietas de sus casas que lo vieron nacer. Llegamos a visitar a Marta, una joven mamá que perdió su casa y que salvó a su hijito de entre los escombros, nos sonreía triste pero con entereza. “Saldremos adelante, estamos vivos”. Al preguntarle si necesitaba algo, suavemente respondió “Nada, gracias estoy bien”… Aún así, Marta fue nuestra primera receptora de víveres.

Llegamos de vuelta a la casa Ariel, nuestro “albergue” familiar, donde nos esperaban con un rico almuerzo, el que disfrutamos entre temblor y temblor.

Salimos en la tarde a repartir, lo que ustedes con cariño y generosidad nos entregaron. Llegamos hasta las localidades de Llaca Llaca y Los Trailes donde nos recibían contentos, con abrazos y sonrisas que reflejaban el alma cureptana. Me di cuenta que lo material del pueblo hermoso estaba mal, pero su gente se mantenía mas solidaria y cariñosa que nunca. Es lo que más me ha llamado mas la atención de este pueblo, a pesar del remesón mantiene sin grietas su espíritu.

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Foto del Padre Capel en la casa de Llaca Llaca (me acordé de ti Sergio).

Alex, Curepto está vivo, está vigente y está de pié, Curepto es su gente, son personas como tú, con un corazón gigante, donde todos podemos ir a refugiarnos.

Llaca Llaca la tierra de nacimiento de la Abuelita Francisca y de la Juanita, hermosos y alegres campos, hoy un poco olvidados porque el mundo ha migrado buscando nuevos horizontes

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La casa de la Abuela Francisca, aún de pie pero con serios daños.

De Llaca Llaca nos fuimos a ver a la señora Bernarda y don Miguel, quienes nos recibieron como todos los cureptanos. Estaban arreglando su casa, debían dormir debajo de un manzano en el patio, junto con los pollos gigantes de doña Bernarda. Conversamos, les entregamos los víveres, armamos una carpa para que durmieran más cómodos, y tomamos las onces mas ricas de la vida, té con pan amasado y tomate del campo…Inolvidable. Y como si fuera, poco nos regalaron un gallo (vivo), el que nos comimos con la familia de Ariel hecho cazuela con pantrucas…un plato único…Gracias, señora Bernarda, por su cariño, por las ricas onces y por el rico gallo que nos comimos con ansias en su nombre.

Había comenzado a oscurecer. Nos volvimos desde el cerro a la casa de Ariel, donde por su puesto tomamos once de nuevo. Conversamos hasta la una de la mañana y nos dormimos profundamente, contentos de haber vivido intensamente este sábado, muy distinto a los otros…

El domingo nos despertó temprano, teníamos que ir a rescatar las cosas de la casa de Alex, sólo lo más urgente como el televisor, la cocina, el refrigerador, para evitar tentar a los akigos de lo ajeno. Salimos después del desayuno que nos preparó la señora Mercedes…Tostadas de pan amasado con huevo revuelto de gallinas de campo, mientras que el gallo que nos regalo la señora Bernarda esperaba listo para ser cocinado, La señora Mercedes se demoró 15 minutos en matarlo, pelarlo y chamuscarlo…y a nosotros se nos hacía agua la boca…

Después de trasladar algunas cosas de la casa de Alex, dimos una vuelta por Curepto, El panorama era más claro que ayer, y más profunda la imagen de desolación. La misa se celebró en la plaza. Muchas ancianas y otras no tanto, asistieron, acompañando al cura que perdió a su madre, fue una de las 4 víctimas de este terremoto.

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Llegamos a almorzar. Para qué les voy a contar cómo quedó la cazuela de gallo con pantrucas, con un gran asado como plato de fondo. Nos despedimos tristes de Ariel y su hermosa familia: Carmen, la Señora Inés, la Señora Mercedes, don Francisco, don Augusto, la Katthy, y la Camila…Gracias por el cariño y por el ejemplo que nos dan como chilenos cureptanos.

Es mucho mas lo que recibimos de ustedes que lo que nosotros dimos para ayudarles a salir adelante.

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jueves, 4 de marzo de 2010

Recuerdos Telúricos


Es difícil comenzar a retomar el trabajo después de un fin de semana donde la naturaleza te recuerda la fragilidad de nuestra vida. Cuando te aferras a tus hijos y tratas de protegerlos de algo que no sabes en qué termina y tratando de que no se den cuenta de algo que es inevitable. Entonces en el momento del terror, cuando un ruido estremecedor se apodera de la oscuridad de la noche y los resplandores de la catástrofe se observan de reojo, nos aferramos a un hilo de esperanza de que todo se acabe pronto y que despertemos de este mal sueño.
Antonia se tapaba sus orejitas mientras se zamarreaba abrazada a Claudia, sentadas a mi lado y yo con Panchito en brazos y en el pasillo que elegimos para aguantar el desastre, sacudidos en el piso que nos lanzaba de un lado a otro. Como testigo mudo quedó un reloj de la cocina marcando las 3:34 AM, repartido en el piso junto a un mar de vidrios y cosas quebradas.
A penas la calma llegó la evacuación fue rápida. Un pantalón y una polera, algo para los niños y las llaves del auto. Bajamos por un río de escaleras. Antonia asustada veía a la gente bajar y cómo el agua de una cañería rota caía a borbotones por los escalones. "¿Se acabó el carrusel?" Me preguntaba aún pasmada por el movimiento.
Al fin, llegamos en unos pocos segundos al auto. Nos subimos y salimos en busca de la abuela que pocos minutos antes llamó desesperada porque no veía nada y porque estaba atrapada entre los muebles caídos de su casa. Una vez con ella, volvimos a la calle donde vivíamos y al igual que muchos vecinos, nos quedamos esperando a que amaneciera, en algún lugar más seguro que en nuestro sacudido doceavo piso.
Encendimos la radio y supimos de la catástrofe. La noche oscura ocultaba el polvo que se había levantado en la ciudad y esa misma penumbra presagiaba el gran desastre que a pocos kilómetros más al sur estaba ocurriendo y que aún no terminaba de pasar.
Escuchando los relatos de un locutor apasionado por la adrenalina y el dolor de lo que asumía, escucho mi nombre en la vereda del frente. Era mi Tía Sylvia, la tan querida hermana de mi Papá muerto que me buscaba. Corrí a buscar su abrazo y una sensación de alivio y amor brotó por mis brazos. Sentí en ese momento que la vida estaba todavía en mi cuerpo, que mi papá desde el cielo quería saber si estábamos bien. Sentí que lo mejor que nos había pasado en la vida fue haber elegido vivir cerca de ella. "¡Vámonos para mi casa!", dijo con su voz sencilla, palabras que no olvidaré incluso hasta después de muerto. Las réplicas se sucedían una tras otra con menores intensidades, sin embargo, el calor de su casa permitió que Panchito y Antonia durmieran en el sillón, como si nada hubiera pasado; mientras bebíamos un café y comentábamos lo que escuchábamos por la radio. Sin luz, sin agua, sin gas; pero con el inmenso amor de esa casa que tantos recuerdos me trae.
Ya pronto amanecía y de a poco lograba saber de mi familia y de todos los que amo.