jueves, 30 de julio de 2009

AL CALOR DE LOS VENTISQUEROS (Patagonia 2005, Primera Parte)

Mi hermano Francisco (Que se llama como mi Papá y como mi Hijo menor) se fue a vivir a la Patagonia cuando yo aún era un niño. Fue en la época en que Chile cambiaba, donde se hablaba de amnistía, de derechos humanos y mi generación recién se enteraba de la existencia del voto y de elegir a quienes nos dirigen.

Era un Chile que venía entrando por la puerta ancha a los años noventa y trabajosamente sacaba sus vestiduras oxidadas y polvorientas de los ochenta. Nacía un País nuevo, con silencio en las manos, con sangre y dolor. En aquella época, mientras me preparaba para iniciar la enseñanza media en Santiago, mi hermano mayor iniciaba su largo peregrinar por tierras australes, donde había encontrado tierra fértil donde echar sus raíces.

Quince años más tarde, en un primaveral octubre de 2005, llegábamos a Balmaceda desde Santiago en uno de esos aviones de asientos estrechos, comida en bandejas de metal y azafatas elegantes con tomates en la cabeza. Para mala suerte, nos fuimos sentados separados. En mi eterna lucha por mantener la calma, y en medio de mi muy mal gusto por volar, accedí a elegir el asiento que quedaba más atrás en el pasillo angosto y lejos de la ventana. Claudia llevaba a Antonia que aun a sus cortos 8 meses, se reía con todo el mundo, sin dientes e incluso con poco pelo en su cabecita pequeña. Le quedaban muchos vestigios del vientre materno. Para pasar el trago amargo del aterrizaje en Puerto Montt, pedí un litro de vino para ahogar el terror que me causa estar a casi 10 mil metros y pensar en una desplome estrepitoso. Ya sé que todo el mundo dice que es el medio de transporte más seguro que existe… ya se… ya se…

Al llegar a destino, comenzaban a asomarse los cerros desteñidos y cubiertos por bosques quemados hace muchos años. El viento inclemente y helado arreciaba la pista, el pelo de los capitanes de los aviones y las humildes maletas que llevábamos. Con la Antonia en brazos, mochila al hombro y cuna portátil a cuestas, nos recibía mi hermano y su hija menor, Laura. Hacia el norte y a poco menos de una hora, llegábamos a Coyhaique, capital de Aysén, de las tierras donde se terminan los hielos (desde el sur) y para nosotros, donde empiezan. Un sinuoso andar desde la eterna planicie de la Patagonia cruda de Balmaceda hasta la escarpada geografía que rodea a la capital de la región, con inmensas montañas nevadas a sus orillas y con la cordillera mirando desde todas partes, menos desde el este, donde se supone está Argentina.

MAPA

En la casa cálida, con las estufas a leña encendidas a todo pulmón, nos esperaba Nancy (mi cuñada) y Catalina, mi sobrina mayor. Para aquellos que nunca han viajado a esta hermosa parte del sur de nuestro país, hay que tomar nota que no ha sido un error haber señalado en plural “Las Estufas” a leña. Siempre son más de una y no estoy contando la cocina a leña, que siempre es blanca y que se encarga de los menesteres del almuerzo, de mantener al cocinero temperado y el estómago de los patagones saciado.

Permanecimos unos días en esta casa, compartiendo la vida sencilla de este austral mundo, antes de iniciar un primer paseo hacia las profundas aguas del lago General Carrera. Coyhaique siempre me ha parecido un pueblo ciudad, con aires de turismo; orgulloso por sus aerogeneradores que extraen la energía del viento y la transforman en electricidad. Este es un pueblo joven que se llena de gente sencilla y que se parecen más a los gauchos argentinos que a los huasos chilenos. ¿Y por qué no?, si siempre ha sido mucho más fácil llegar al Atlántico que a Puerto Montt.

La geografía es compleja. La ciudad se erige en un valle que trae las aguas del río homónimo y que en un extremo del poblado se juntan los caudales con el Río Simpson que viene desde más al sur y de otro cordón montañoso. Ambos causes unidos dan inicio al río Aysén, que desemboca al este entre islas y fiordos, al costado de Puerto Aysén.

Las montañas que rodean al valle son verdaderas murallas a cada lado y que aún guardan marcas geológicas de un gigante glaciar que pasó por aquí hace unos 15 mil años o quizás menos. A medida que se avanza hacia el oeste las montañas se van agrandando y los glaciares comienzan a caer desde sus cumbres, y al contrario, a medida que se avanza hacia Argentina, las cordilleras van desapareciendo, los árboles de Ñirre y Lenga principalmente se van achicando y el ambiente desértico da el color característico de la Patagonia Argentina. Sólo matorrales de coirón dominan la pampa y el viento hace eco de los Tehuelches que vivían aquí. Vientos muy poderosos van bajando hacia el atlántico a unos escasos 500 km hacia el este.

A la hora de almuerzo, mi hermano en la cabecera de la mesa nos habla del invierno, de la mucha nieve que calló y de los increíbles 35 grados bajo cero que le tocó en agosto pasado. Mientras Antonia se daba un festín chupeteando con sus lindas encías un trozo de carne asada, yo divagaba en los días que se venían y en los trámites que había que concretar antes del primer paseo.

Esa tarde fuimos al centro del pueblo. Cruzando aquella plaza pentagonal y que en cada esquina sale una calle, así como en cada lado entra otra, llegué a la oficina de la empresa de los catamaranes. Esos barcos que vuelan sobre la superficie del agua y que serpentean por los canales y fiordos de estas comarcas. Había contratado un paseo por el día a la laguna San Rafael, sin embargo, al ser baja temporada habíamos sido los únicos interesados. Para mala suerte nuestra no haríamos el paseo en ese catamarán, sin embargo, en unos días más, tendría que llamar para ver qué solución me podían dar. No quería soluciones… quería la laguna…

Esa noche hizo mucho frío. Había llovido un poco y en los cerros aledaños había caído una buena cantidad de nieve. A eso de las 8 AM partíamos desde la casa de mi hermano en la Escuela Agrícola (Lugar donde vive y trabaja) rumbo hacia el sur, en la camioneta que me había prestado. Justo antes de llegar a Balmaceda tomamos el desvío hacia el oeste. Un camino sinuoso nos hacía subir por un cordón montañoso hacia un portezuelo de poco más de 1000 msnm (Metros Sobre el Nivel del Mar), y que hace unos años atrás, había tenido un interesante encuentro con un par de cóndores. De esos mismos que se visten de negro y con bufanda blanca y que también se pueden observar en el norte y en el centro de Los Andes. A medida que subíamos, todo se iba pintando de blanco y Claudia ya pensaba en un helado de piña. Antonia en los brazos de su madre miraba silenciosa cómo el mundo iba cambiando de colores.

Cerro Castillo

Varias lagunas rodeadas de hielos íbamos bordeando hasta que el camino empezaba a bajar. De pronto hacia nuestra derecha se separaban las montañas y se dejaba ver el inmenso valle del río Ibáñez y entre nubes, el majestuoso Cerro Castillo.

El mismo cordón cordillerano se expandía hacia el mar y se erguía en un cerro plagado de torres como castillos o como atalayas de iglesia. Abajo, un diminuto pueblo del mismo nombre nos daba la bienvenida al camino de ripio y al gran río que bordearíamos por unos kilómetros. Cuando apreciábamos este lugar, se nos llenaba la boca de impresiones como: “¡¡Espectacular!!”.

En estos valles, se encontraron cuevas con las famosas manos pintadas en rocas. Nunca se supo porqué las hicieron. Tal vez fue la versión antigua de los grafitis que tanto se ven a la salida de los estadios.

Siguiendo hacia el sur oeste, de tanto en tanto se dejaban ver los estragos de la última erupción del Volcán Hudson en el mismo año en que había nacido Catalina, la primera hija de mi hermano. La lluvia de cenizas había pavimentado los caminos y bosques enteros habían perecido ante las inundaciones y aluviones. Un poco más allá, en el portezuelo del río Cajones, un mirador sin indicaciones mostraba la cordillera que albergaba al volcán, justo después de un acantilado gigante formado por un río del que no recuerdo su nombre. Es que cuando viajamos al sur de Santiago todos los cauces son verdaderas líneas paralelas que cortan la ruta. Sin embargo, acá las aguas van y vuelven en cuencas que cambian de color y de dirección, así como cordilleras y montañas nevadas hacia el oeste y planicies heladas hacia el Atlántico.

Portesuelo Cajones

Pasando el Río Murta ya nos quedaba poco para llegar al gran lago y teníamos ganas de un buen almuerzo. Antonia, para su buena suerte, siempre tenía disponible leche en abundancia en los pechos de Claudia, ya que aún era su único alimento. ¡Que suerte! Ahí es cuando uno se pregunta ¿Por qué se tiene que dejar de ser niño?

Cuando el medio día ya se había aprontado, aparecía el gran Lago General Carrera. Con aguas azulinas y verdosas y una extensión considerable, el entorno cambiaba su fisonomía. La flora se parecía más a la zona central de Chile y el aire se sentía ligeramente más cálido que más al Norte. Es el más profundo y el de mayor extensión en Chile. Se alimenta de diversos ríos que desaguan glaciares y ventisqueros y con un único desagüe que transporta sus torrentes al Pacífico, llamado Río Baker.

Finalmente llegamos al Pueblo de Río Tranquilo. Almorzamos en un boliche sencillo del poblado, que no tiene muchas calles y cuya vida transcurre por el turismo en el verano y como paso obligado de los que van más al sur. En sus orillas silenciosas está el gran lago con playas largas y que en verano cuando hace mucho calor, pueden refrescar a los que se atrevan. Desde acá salen lanchas a las Catedrales de Mármol y que en esta oportunidad no quisimos aventurarnos, ya que comenzaba a levantarse un viento fulminante desde el sur y que erizaba las aguas poco tranquilas de este sector. Un par de años atrás, vine aquí con unos amigos en otro viaje (que pronto contaré) y recuerdo que zarpamos desde Tranquilo hacia las catedrales, con aguas calmas y en una lancha para 6. Resulta interesante la forma cómo el mármol va adecuándose al lento horadar de las aguas y cómo va exponiendo esas hermosas formaciones eclesiásticas. Ahí supe que este precioso montón de agua, tenía mareas estacionales. Producto de los deshielos en primavera y verano, el nivel de las aguas sube varios metros y se contrae cuando comienza el otoño, llegando a su nivel más bajo en el final del invierno. Suena lógico. El regreso no fue tan calmo. De un momento a otro las aguas traicioneras comenzaron a ondularse a tal punto de saltar sobre las olas. Media hora de suplicio y de un zangoloteo fenomenal. Debo confesar que tuve un poco de miedo en subir a Antonia a esta aventura.

Ya que no visitaríamos el mármol sobre las aguas turquesa, decidimos recorrer el camino un poco más al sur, orillando el lago. Hubo un momento en que llegamos a un mirador en altura. Al fondo se observaba un brazo del lago que se adentraba en territorio argentino y en ambas direcciones (Sur y Norte) se distribuían sus aguas en Chile. Un paisaje maravilloso bordeado por montañas nevadas y de una extensión que no cabía en una sola imagen. Mientras trataba de sacar unas fotos del lugar, Antonia cariñosamente me observaba pegada a la teta, como sacándome celos, como si dijera: “Nada más me importa en la vida…”.

Gran Lago 2

Finalmente, y antes que se nos acabara el día, llegamos al desagüe del lago. Esta desembocadura cuenta con un bonito puente colgante donde se observa a las aguas formar el Lago Bertrand, que no es más que un pequeño reservorio de lo que viene. En este punto se pueden ver además hacia el oeste, unas montañas que dejan caer hacia nosotros, ventisqueros azulinos. Mirando el mapa la primera vez que estuve acá, cuando aún tenía 17 años, caí en la cuenta que estaba en presencia de los “Campos de Hielo Norte”.

En aquella época, hace 13 años atrás, habíamos viajado en un verano con mi madre en bus desde Osorno. Recuerdo que recorrimos durante la noche la carretera por Argentina y en el pueblito de El Bolsón, nos bajamos a comer algo en el terminal de buses. En aquel entonces, en cada restaurant que pasaba, mi plato predilecto era la cazuela de vacuno. Tenía miedo que en Argentina no la conocieran, sin embargo, una garzona regordeta me dijo: ¡Ché! Mirá la carta, que sí tenemos cazuela ¿viste?” Un plato hondo, atiborrado de caldo oscuro, con un trozo de carne y papas. No se veía el zapallo y menos ese choclo pastelero que sirve para las humitas. Peor es mascar la olla, pensé. Esa noche, la helada brisa se colaba por entre las butacas del roñoso bus y ya me sentía un poco mal. Temprano llegábamos a Chile por el este de Coyhaique y al arribar, mi fiebre superaba los 38º C. Tres días en cama, con trozos de papas y vinagre en la frente, más unos dolores interminables en la cabeza. Nunca supe lo que tuve y nunca quise preguntar. Cuando me pude levantar, al cabo de aquellos días de agonía, viajamos con mi hermano y su familia hasta Cochrane; un pueblo a 330 km hacia el sur, más allá del gran lago, donde existe una plaza repleta de Pinos y que tiene una historia propia, que narraré en otro cuento. En aquél periplo, cruzamos en un verano caluroso el puente colgante que hace unas líneas atrás mencionaba, y al mirar esos hielos en las cumbres, supuse que no necesariamente era la cordillera de los Andes… pero… ¿Y donde está Los Andes aquí?

Desague

Volviendo a nuestras vacaciones con Claudia y Antonia, y antes del atardecer, llegamos al nacimiento del Baker, al final del Lago Bertrand. Ahí el gran caudal viaja a una velocidad que al fijar la vista en esas aguas azules y verdes, comienzas a marearte. Rodeado por hermosos bosques de Lenga, el agua viaja rápida y turbulenta hacia el sur haciéndose paso al mar, desembocando en un fiordo de más al sur, en las orillas de la Caleta Tortel. Dicen que es el río más caudaloso de Chile, o sea que mueve más agua que ninguno otro en un mismo intervalo de tiempo. A mi parecer, esto es una realidad.

Regresamos al pueblo para descansar esa noche. Nos quedamos en una residencial sencilla, donde cenamos y dormimos soñando con las aguas Calipso.

Al día siguiente nos levantamos temprano para tratar de ir en busca de un glaciar, en las cercanías del monte San Valentín. Orillando el pueblo y el río del mismo nombre en dirección al oeste, hay un camino que lleva a Bahía Exploradores. Entre valles y montañas, este camino va bordeando al lago Bayo, por su orilla sur. En este punto una muralla al lado izquierdo, de piedras y rocas, anunciaba lo que venía. Estacionamos la camioneta y caminamos por un sendero con Antonia en brazos y Claudia con la lengua afuera por el cansancio. Al comenzar a subir la empinada morrena (es un manto de material rocoso no estratificado, depositado cerca de un glaciar, o mejor dicho, es el roquerío que va dejando el glaciar en su retroceder o avanzar), Claudia hace señales que le faltaba el aire. Decide quedarse con la niña en brazos, dándole papa y descansando. Rápidamente subí hasta la cima. El paisaje es de otro planeta. Al fondo el monte San Valentín y desde más allá se observa un gigantesco macizo de hielo que baja desde el campo helado. Era el inicio de los Campos de Hielo desde el norte y donde se formaba el Río Exploradores. En mis ojos, una formación geológica de impactante belleza y magnitud. Recuerdo hace unos años atrás en mi paso por estas tierras, que a este lugar llegamos en una lancha luego de cruzar el lago, porque no había camino. Una larga caminata de casi una hora para llegar hasta aquí. Hoy hay puentes y caminos y, probablemente, se esté cobrando entrada para ver este espectáculo.

MONTE SAN VALENTIN

Arriba en la morrena, sólo el viento se escuchaba y el glaciar gigantesco y centenario deshelaba sus aguas generosamente, como lágrimas de la pos glaciación o mejor dicho, del cambio climático. Ese mismo día regresábamos a Coyhaique a más de 4 horas de aquí. Mientras manejaba, iba pensando por qué no nos quedamos un día más y visitamos más maravillas del lugar… Pero sabía que aún faltaban otros lugares que recorrer más al norte.

Ya casi de noche, llegamos a la casa de mi hermano, cuya familia se esmeraba en calentar sus habitaciones y en prepararnos exquisiteces culinarias de la zona. No quedaba otra que entregarse a la buena mesa y a la infaltable copa de vino.

Al día siguiente, una sorpresa nos esperaba en el frustrado viaje a la Laguna San Rafael…

domingo, 12 de julio de 2009

Fantasmas en la Cordillera

Corría una mañana calurosa de marzo (sábado 12 de marzo del 2005, para ser precisos), cuando nos aprestábamos a sentarnos a la mesa en la amasandería y restaurante de Floro, el primo más querido de Claudia, mi mujer y que ha echado sus raíces en las polvorientas y calurosas tierras de Til Til. Este es un pueblo que tiene tradiciones, rodeo, huasos a caballo y una leyenda de Manuel Rodríguez, el más lindo de nuestros próceres, quizás el más emblemático…

Ya casi doscientos años después de la muerte en Til Til de Manuel, a pasos del lugar de su ejecución, estaba Claudia, Antonia de un mes de vida y toda la familia en pos de las empanadas y el buen plato de carne con arroz. De ese arroz que se hace con enjundia y con cebolla, del que no se te queda ni un grano en el plato.

Bueno, no es de sorprender, por que ni las aceitunas de la zona son tan buenas, como el cariño impoluto que siempre brota de los abrazos de los “Primos” de Til Til.

Entonces, luego del almuerzo decidimos marcharnos, a pesar de las amenazas y concejos de Floro de que aún quedaba más vino y más empanadas. Había un lugar que teníamos en mente que quedaba a un par de kilómetros de ahí en la cordillera central. Quedaba algo de verano y una larga tarde para viajar a través de Santiago, enfilando por el Cajón del Maipo hacia arriba. Un camino sinuoso, pasando por El Melocotón, San Gabriel y luego empezaba el camino de ripio.

Nuestro auto conservaba su olor a nuevo, así que había que probarlo en condiciones difíciles. A pesar de mis intenciones, los vaivenes no eran tan abruptos como imaginaba y a poco andar ya habíamos pasado la desviación al embalse del Yeso hacia la izquierda, lugar que visitamos años más tarde cuando la Antonia ya caminaba. Un poco más arriba, un kiosco de madera roñosa vendía fósiles encontrados en las cercanías, como si estuvieran en la feria. Miles de años atrás, cuando los mismos moluscos que ahora descansan en paz sobre los 3 mil metros en las cumbres de los Andes, transformados en piedras y fósiles milenarios, son vendidos como bagatelas en una feria de excentricidades. Quise preguntar la edad de los fósiles y, sobre todo, por qué a tanta altura y a tanta lejanía del mar los fósiles eran de peces, moluscos y crustáceos. Quise preguntar con enojo y desazón, pero decidí no importunar. Pude haberme traído un tesoro de alguna glaciación hacia 150 millones de años, pero prefería orientar mi paso por la zona como un paseo en familia en busca de las montañas y no rabiar con la idea que estos patrimonios son de todos y no de los que los quieran “vender”.

Hace un buen par de milenios, podríamos decir casi 150 millones atrás, y gracias a la deriva continental, estas tierras yacían bajo el mar, porque la placa de Nazca (esa misma que nos sacude de tanto en tanto con terremotos y a veces nos regala erupciones de esas que nos gustan tanto) estaba divagando en otro lado y porque esto que llamamos América aún no nacía. Entonces un mundo oceánico vivía y moría en estas regiones que de a poco fueron emergiendo desde el fondo, porque este continente tenía que nacer. Cuando los dinosaurios reinaban a miles de kilómetros de acá, estas tierras emergían como ahora lo hacen varias islas de la polinesia y otros lugares del océano. Por aquel entonces, esos moluscos y animales del fondo marino morían y se transformaban en piedras que tan insolentemente acá vendían como tesoros, como si la historia de esta tierra estuviera a la venta.

Seguimos hacia los cerros más altos hasta que llegamos al poblado de Baños Morales, que es la puerta de entrada a la Reserva del Morado. Una caminata larga y sólo para valientes, que lleva a un hermoso manantial de aguas con sabor a hierro y más allá una inmensa montaña de más de 5 mil metros que la llaman el Morado.

Sin embargo, ese día buscábamos un refugio, un lugar donde quedarnos para sólo disfrutar de las murallas circundantes. No había disponibilidad en esos precarios alojamientos.

ph-10772

Por cosas del destino sabía que saliendo del pueblo, un poco más arriba, había un refugio hotel que más parecía una posada, un poco más caro pero que valía la pena. Se llamaba Lo Valdés. Fuimos allí y estacionamos en un costado. Era una gran casa de madera y piedras, de dos pisos, rústica y con baños compartidos. Una amplia terraza servía para darnos la cena que consistía en unos tallarines al pesto y vino a elección. Al fondo se erguía El Morado, una montaña enorme que parecía pequeña al lado del gran San José que se encumbraba más al este y que sobre pasaba los 5500 metros. En uno de los pilares de la terraza se mostraba un mapa de las grandes cumbres y en el famoso “Usted se encuentra aquí”, que decía que nos situábamos a 2500 metros sobre el mar. Imposible no pensar en que estábamos a la misma altura que el Volcán Osorno, por ejemplo. Era un paisaje cautivante, de un desierto de montañas y de un mar de rocas y cajones que no pasan desapercibidos.

Ya oscurecía cuando las estrellas comenzaban a mostrarnos su esplendor. Era un lugar privilegiado para mirar las grandes constelaciones que adornan nuestro cielo y que lamentablemente desde las grandes urbes, son imperceptibles. Es difícil describir dichas visiones estelares. No puedo escribirlas, o mejor dicho no es tan sencillo contarlas. Porque no es fácil explicarle a un ciego, por ejemplo, que la estrella Aldebarán es roja anaranjada y que Sirio, la protagonista de nuestro cielo, (la más brillante del cielo nocturno) ahí en la cordillera es de un blanco azulino pálido, o que Júpiter sigue siendo naranjo y que si hay suerte se ve el rojo opaco de Marte. ¿Cómo le explicas a un ciego el colorido de las estrellas?

Ustedes mis lectores, ¿Habéis visto el hermoso color de las estrellas? ¿O todavía creen que son sólo destellos blancos en la noche?

(Tenemos el cielo nocturno más hermoso de la tierra… observad, que la luna no da vueltas porque sí, sobre nuestras cabezas).

Esa noche de hermosas constelaciones y de inmensas historias de estrellas, nos fuimos a nuestra habitación, porque estábamos avisados que se acababa la luz a las 10 de la noche, y la única alternativa era irse a dormir temprano o caminar en penumbras con velas y linternas.

Obedientes, apagamos nuestras luminarias y dejamos que la oscuridad se apoderara del entorno.

Antonia aun bebía sólo leche de Claudia, por lo que cada tres a cuatro horas había que alimentarla. Sin embargo, aquella noche, la niña comenzó a llorar desde media noche y no paraba.

La acostamos junto a nosotros y aún así no dejaba de llorar. Le cambiamos el pañal y la cosa seguía. Era como una conspiración para que no pudiéramos dormir. En medio de la noche y la cordillera, sin luz y sólo con el silencio sepulcral de la cordillera nocturna.

A ratos silenciaba y dejaba que nuestro sueño se apoderara del lugar y lograba finalmente descansar del llanto y del largo camino que nos había traído hasta aquí.

No recuerdo la hora. Antonia volvía a llorar en plena madrugada y dejé abrir el rabillo del ojo para mirar el coche donde dormía pegada a nuestra cama de plaza y tres cuartos. En una especie de mal despertar, veo como una mujer de velo blanco se asomaba a mirar la niña como tratando de consolarla y de observar su llanto. Toda ella de un vestido largo que comenzaba en su velo, de una especie de pálido blanco y traslúcida. Del puro susto cerré los ojos y atiné a pensar que había sido una mala sombra de la luna que se iluminaba en la pared y que engañaba mis percepciones. Escéptico de tomo y lomo atiné a imaginar una mala pasada de mis ojos y pensé en lo que teníamos que hacer al día siguiente. Entre tanto pensamiento amedrentado y la oscuridad se me pasó lo que quedaba de noche y comenzamos a observar las primeras luces del alba. Antonia finalmente había logrado dormirse un par de minutos antes que la noche se acabara.

Temprano me fui al baño comunitario del hostal, esperando no encontrarme con más turistas. Para mi suerte las tres duchas estaban desocupadas y el eterno azulejo negro y blanco, como el baño de los cines, vestía desde el piso hasta el techo. Como fui el primero en despertar, o mejor dicho, el único sin dormir, tenía la misión de encender el aparato que calentaría el agua.

Mi baño fue rápido. Temprano también llegamos al comedor de mesas largas y de un piso rojo y enfriado. El desayuno fue sencillo y con un inmenso deseo de salir del lugar. Antonia comenzaba a llorar nuevamente.

ph-10777

Como un rayo salimos del lugar, a sabiendas que almorzaríamos ese día con unos amigos que queremos mucho. Entonces sentamos a Antonia en su silla del auto y como si fuera automática su llanto se silenció, cambiando sus lágrimas por risotadas. Nadie entendía nada.

Bajamos por el escarpado camino hacia San José de Maipo, sin emitir palabras. No sé si era por susto o sencillamente por cansancio. No me atreví a preguntar y preferí dar el episodio por olvidado y que tan sólo mi visión había sido un destello de mi poder imaginativo.

Llegamos a Santiago a tiempo. Una rica parrillada nos estaba esperando en la casa de nuestros amigos y familiares.

En la tertulia del bajativo, ahí cuando se conversa de fútbol, de política y de las últimas noticias de la semana, nos preguntaron dónde habíamos alojado la noche anterior.

En Lo Valdés, contesté espontáneamente. De la misma forma uno de los asistentes me preguntaba inmediatamente, justo antes de levantar la copa de vino para beber un poco, si durante la noche no habíamos tenido alguna experiencia paranormal.

En ese momento mi sangre se helaba. Conteste mentirosamente que nada había pasado y que todo transcurrió de manera normal. Entonces, nos contaron cómo la delegación de un colegio, hace 50 o más años, se había ido de excursión al lugar y trágicamente en una noche de tormenta una avalancha de nieve había sepultado el refugio y sus ocupantes. Supuestamente y según la leyenda, 30 niños habían muerto y 3 profesoras. Una de ellas con un bebé de 3 meses de edad.

Sin palabras llegamos a casa. Le comenté a Claudia mi visión, sin embargo le bajé la espectacularidad haciendo alusión a un bonito y tétrico efecto de la luna en la noche.

“Debió haber sido eso… ciertamente…”, me decía.

Un par de días más tarde, en la noche de mi balcón y mirando estrellas, me percataba que la noche del sábado 12 de marzo, mientras dormíamos en ese hostal de espíritus, la luna estaba en su fase de luna nueva. Durante toda la larga noche del 12 de marzo, el satélite natural no se asomó ni alumbró un centímetro de esas tierras de fantasmas y leyendas de niños muertos.