miércoles, 16 de diciembre de 2009

Entre El Bosque y Las Olas

Pichilemu Diciembre del 2009.

Tarde de un viernes caluroso de diciembre, con mi documento de identidad vencido (Carné) nos escapamos a Pichilemu, donde los bosques son pequeños, las arenas negras y los surfistas mucho más abundantes que las pulguitas de mar (Pichilemu, en mapudungún quiere decir bosque pequeño).

imagePanchito, con su dedo ritual en la boca, miraba la carretera que lleva desde Santiago a San Antonio como un paseo más, de esos a los que ya está medio acostumbrado. La Toñita claro está, después de un agotador día de jardín, de pre kinder, de cantar todo el día y de repetirle a la tía que se ve linda, duerme en su silla naranja que cada día que pasa le queda más chica.

Claudia, estoica maneja el bólido, mientras observo los cerros que van acompañando el valle del Maipo, ese río enturbiado que nace allá arriba entre glaciares y las altas cumbres de nuestra cordillera; ese río que corta con fuerza la cordillera de la costa y se abre paso al mar, sinuoso y generoso, dando humedad suficiente para que los que saben, fabriquen ese vino que se premia en varias partes del mundo.

Entonces justo después de pasar por el cruce a Pomaire, donde la greda es objeto del deseo, una nueva variante nos lleva al camino hacia el sur. Es la ruta que va hacia el Rapel, Litueche y las grandes olas de Pichilemu.

Esquivando la agrícola ciudad de Melipilla, esa que dicen alberga a cuatro espíritus, fuimos cortando las montañas que visten a la costa y que se desvisten con viñedos y frutillares. Justo en el cruce de Las Arañas, luego de pasar el poblado de Mandinga (No quiero imaginar las razones de por qué este pueblo se llama de esa forma…) nos desviamos hacia San Pedro, el paraíso de las frutillas y más allá la central Rapel, el edén de la electricidad. Las montañas onduladas a ratos cubiertas de espinos y a veces por mares de parras van dando paso a varias quebradas que se acaban en la gran central Rapel, que alimenta de energía a un buen puñado de chilenos.

La primera vez que pasamos por acá, hace menos de un año, nos detuvimos a mirar el gran abismo que involucra la represa y el arco que sostiene tantos miles de millones de metros cúbicos de agua. Observamos cómo los peces al lado del lago chocan con las paredes de la presa, creyendo vanamente, que encontrarán la salida hacia el río abajo. Y por otro lado, hacia la salida de la presa, una ribera estéril, cubierta por una quebrada muerta que daba paso a un esterillo ínfimo y que albergaba algunos pájaros carroñeros… seguro esperando los restos de peces y otros animalillos muertos que son destrozados al pasar por las grandes turbinas generadoras de esa tan preciada energía que necesitamos consumir. Un sacrificio silencioso y generoso, en pos de nuestra vida cotidiana y que por su puesto, ni nos percatamos.

En esta oportunidad quisimos seguir de largo. A estas alturas ambos peques dormían y yo, como nunca copiloto, disfrutaba de poder mirar lo que jamás se ve cuando vas de capitán.

Luego del fin del embalse Rapel y de su estero de la muerte, aumenta la altura y se llega a un portezuelo de rocas rosadas justo antes de llegar al poblado de Litueche. Ya estábamos cerca.

Poco menos de una hora comenzaban a aflorar los bosques eternos de pinos radiata, de esos que se plantan hoy y en menos de 10 años son grito y plata… Claro, siempre y cuando no se quemen en el intento. Al final empezábamos a bajar y luego de pasar por el fundo de San Antonio de Petrel y por varios humedales que no se reconoce si son naturales o estragos del progreso, aparece el pueblo de Pichilemu.

Nuestra cabaña se ubicaba 6 km al sur del pueblo, orillando una playa eterna y que es interrumpida por el paraíso de los amantes de las olas: Punta de Lobos.

Justo acá se nos ocurre aterrizar a pocos minutos de la última mirada de la luz del día. Tarde ya, bajábamos las cosas del auto, los niños ya despiertos y entusiasmándose con otra aventura de viajes.

Esa noche cenamos cansados, respiramos un poco el aire del mar en esa terraza que apuntaba hacia el norte y dormimos imaginando el cielo de esa noche.

La cabaña tiene de todo. Una estufa a leña, un quincho para la parrilla, una pieza para los niños y una terraza para el almuerzo y el sol…

Amanecieron los niños el sábado temprano y no se hizo esperar el desayuno. De Santiago habíamos traído la carne, el carbón y las ensaladas. Nada mejor para un almuerzo de sol y con ganas de playa. A poco pasaban las horas Panchito ya evidenciaba un importante interés por las piedrecillas del jardín y Antonia tratando de tirarle unas cuantas en la cabeza… ¡que lindo es vivir en familia! ¿Cierto?

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Luego del grandioso almuerzo, la vida entera estaba centrada en la playa. No iríamos a surfear pero sí a mojarse las patitas, mirar el horizonte y jugar con la arena.

A menos de 100 metros se abre esta larga playa de arena oscura y que ese día nos ofrecía un día completamente despejado, ideal para insolarse. El viento casi huracanado evitó que pudiéramos instalar una carpa pequeña para evitar un poco el sol, así que no hubo más remedio que empastarse con bloqueador solar.

Curiosamente, Panchito estaba agradado con el lugar y dio varias vueltas sobre nuestras sillas de campaña que habíamos instalado a escasos pasos de la orilla. Al fondo, bajo las grandes crestas, los surfistas con sus clásicos trajes negros volaban y rodaban sobre las aguas, deslizándose como si fuera hielo.

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Como aún faltaba mucho para el periodo estival, la playa era un verdadero desierto. Sólo nosotros, pequeños crustáceos por millones bajo la arena del sube y baja del agua, y para nuestra suerte, un pingüino de Humboldt tomando sol a pocos metros de distancia. Sigilosos nos acercamos con Antonia a mostrarle en vivo y en directo la vida misma y la naturaleza en persona. Casi podíamos tocarlo, sin embargo, no había que molestar su tranquilo descanso. Al parecer estaba perdido o quizás enfermo. No había cómo saberlo. Dejándolo en paz volvimos a nuestras toallas.

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Panchito, si bien mostraba interés por la naturaleza, era medio difícil que tocara la arena. Incluso en un tropiezo debió afirmarse del piso mirándose las manos sucias y lamentándose por no traer consigo un pañuelo o algo para sacarse esa molesta arena húmeda que se le pega en sus manitos. Antonia, en cambio, con sus patitas en el agua buscaba saltar las pequeñas olas, hacer castillitos en la arena y lo que podamos imaginar que puede hacer una niña en la playa. Claudia por su parte intentaba mantener su libro abierto ante los embates del viento que la obligaba a dar vuelta la página. Insistente y tenaz.

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No más allá de una hora pasó cuando Antonia dio la orden de que tenía frío y que había que regresar. Caminamos de vuelta a la cabaña cuando la tarde ya se estaba despidiendo y el frío de la noche se acercaba. En grupo nos metimos a la tina con sal de mar disuelta esa agua tibia y que se encargaría de tumbar a los peques. A penas terminado el postre ambos pequeñines sucumbieron ante los designios de Morfeo luego de un día de tanto que soñar y reír.

Entonces como dos tórtolos nocturnos nos arropamos en la terraza al aire libre a disfrutar de la noche aunque se acababan las estrellas, porque se venían nubes desde el norte. Tarde nos venció el sueño, hablando del futuro, de la alegría de los niños, de la ternura de Antonia, de la refinación de Francisco y de la alegría de estar juntos.

Ya mañana iba a ser domingo y había que regresar.

Temprano rearmamos el auto y enfilamos luego del desayuno con rumbo a Pomaire. No era la greda lo que nos importaba sino ese exquisito “Plato Pomairino” que viene con carne, chuletas, pollo asado, longanizas y un par de papas cocidas. Con el correspondiente ají verde, vino del Maipo y todo en platos de esa arcilla oscura. Esa que tanto se esmeran en fabricar rústicamente en este pueblo, que cada domingo tiene más visitantes que el domingo anterior.

No surfeo y tampoco me interesaría aprender. Pero nos encanta esta playa.

Hasta la próxima aventura.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Los Hielos de San Rafael

Cuando La isla de Chiloé se termina hacia el sur, aparece el Golfo del Corcovado. Temido por sus aguas traicioneras, es conocido por hacer respingar a las embarcaciones que se aventuran a cruzarlo. Más al sur, en las Guaitecas, aparecen no una y miles, sino millones de islas y canales que van interrumpiendo el navegar y que no terminan de interponerse hasta el paso de Drake, cuando se acaba el continente, un poco más al sur del estrecho de Magallanes. Islas verdes y lluviosas rodeadas por aguas calmas y profundas. He tenido la suerte de recorrer varios de dichos canales y aunque se ven profundamente despoblados, hubo una época no muy lejana en que en se podían ver en las radas y playas las canoas de los nómadas del sur.

imageJusto en esta agua, se enmarcaba una nueva travesía en familia sobre un catamarán. Ese mismo que se nos había hundido, por falta de quórum, se había reflotado en gloria y majestad. El tour que habíamos contratado nos subió a otra embarcación que hacía el mismo recorrido y en la misma fecha. Para nuestra suerte, el catamarán que nos tocó tenía pensión completa y con bar abierto… Qué lastima… ¿cierto?.

A las 7 de la mañana estábamos a las afueras del muelle en Puerto Chacabuco, esperando que nos dejaran subir al bote. Con Antonia en brazos, un coche para darle sus comidas, la pechuga de mamá y harta ropa para el frío. La travesía se iniciaba en el fiordo Aysén y se adentraba hacia el oeste hasta el Canal Moraleda que viene desde el norte y se divide en dos canales hasta llegar al Golfo Elefantes frente al istmo de Ofqui, justo donde desemboca el río Témpanos que desagua los torrentes helados de la Laguna San Rafael, ahí donde nace la inmensa Península del Taitao.

navegando

Justo debajo de esta agua yace en el fondo marino la gran falla Liquiñe-Ofqui, responsable de la gran erupción del Hudson en el 1991, el terremoto y maremoto de Aysén del 2007 y la tan conocida destapada del Volcán Chaitén. No es malo “googlear” estas anécdotas geográficas de nuestro país, de vez en cuando.

El clima no nos acompañó mucho. Llovía un poco y las islas verdes más bien se veían un tanto grises. Olvidaba que en esta zona de Chile llueve más de 4000 milímetros al año. Algo así como 20 veces más de lo que llueve en Santiago. Para hacerse una idea, esta cantidad de agua significa que cada día llueve más de 10 milímetros en promedio, en resumen… mucha agua.

A paso lento se adentraba a los canales y nosotros a tratar de explicarle a Antonia que estábamos sobre un barco y sobre el mar. No era de sorprenderse que fuéramos los únicos que teníamos como lengua materna el español. Y eso que estábamos fuera de temporada. Los turistas eran todos sacados de un hotel de las cercanías y parece que andaban todos juntos, en una especie de “delegación”. El más joven debió haber tenido unos 60 años, aunque hay que reconocer que parecían unos niños chicos con la euforia que tenían. Evidentemente había que hacerse de “amiguis” con el barman y con el moso que nos traía los manjares de ese barco. No había que hacer mucho esfuerzo, porque la atención era de primera. Me atrevo a recomendarles: http://www.catamaranesdelsur.cl/

catamaran

A duras penas nos atravesamos el filete a la no se qué, mientras Antonia almorzaba un rico colado. En ese mismo instante y dada nuestra obvia lentitud para almorzar, estábamos navegando por el río Témpanos que de a poco nos iba mostrando lo que se veía. Manchones blancos por doquier se observaban a la entrada de esa gigante laguna (123 m2, algo así como el lago Puyehue) y que cada vez iban creciendo de tamaño. Al fondo y a varios kilómetros de la entrada se observaba un manchón blanco, azulino y gigante que derramaba sus hielos al agua. El gran glaciar baja desde las montañas del San Valentín en la parte más septentrional de los campos de hielo norte y aunque se les llamen hielos milenarios, el whiskey que te sirven tiene hielos de unos cuantos cientos de años, nada más. Es común escuchar sobre los hielos eternos, sin embargo, ya se sabe que dichos glaciares se formaron gracias a las altas cumbres elevadas por derivas continentales y movimientos de placas tectónicas hace varios milenios y si bien, el hielo comenzó a juntarse desde aquel tiempo, el período que reside una molécula de agua desde que cae como nieve de las nubes y hasta que llega al mar en forma de ventisquero, no dura más allá de 100 años.

Glaciar 

El glaciar evidentemente está retrocediendo. Se observa en las paredes de la roca las marcas de niveles antiguos que datan de no muchos años atrás. El guía algo mencionaba sobre el cambio climático y los gases de efecto invernadero. Me acordé de la verdad incómoda de Al Gore. (http://www.climatecrisis.net/)

Mientras pensaba en lo poco que hacemos para revertir esta situación en el mundo, había que arroparse y ponerse el salvavidas. Los tres nos subiríamos a un bote para acercarnos lo más posible a la gran muralla de hielos. El pequeño bote serpenteó entre grandes témpanos de colores azulinos y verdosos. Con una mano sujetaba a Antonia que no paraba de llorar porque no le gustó el color de su chaleco flotador, y con la otra sacaba un par de fotos. Sólo unos minutos duró el recorrido para luego volver al catamarán. Y ahora empezaba el bajativo. La mejor parte.

tempanos

Aproximadamente una hora estuvimos en esa laguna, sacando fotos y mirando cómo la naturaleza nos asombraba a cada instante. El día se despejaba y el frío de los canales dio paso a una cálida tarde primaveral. Entre bailes y tragos se fue la tarde, conversando con un barman y pensando en la próxima aventura hacia el norte de esta inexplorada y escondida región.

jueves, 30 de julio de 2009

AL CALOR DE LOS VENTISQUEROS (Patagonia 2005, Primera Parte)

Mi hermano Francisco (Que se llama como mi Papá y como mi Hijo menor) se fue a vivir a la Patagonia cuando yo aún era un niño. Fue en la época en que Chile cambiaba, donde se hablaba de amnistía, de derechos humanos y mi generación recién se enteraba de la existencia del voto y de elegir a quienes nos dirigen.

Era un Chile que venía entrando por la puerta ancha a los años noventa y trabajosamente sacaba sus vestiduras oxidadas y polvorientas de los ochenta. Nacía un País nuevo, con silencio en las manos, con sangre y dolor. En aquella época, mientras me preparaba para iniciar la enseñanza media en Santiago, mi hermano mayor iniciaba su largo peregrinar por tierras australes, donde había encontrado tierra fértil donde echar sus raíces.

Quince años más tarde, en un primaveral octubre de 2005, llegábamos a Balmaceda desde Santiago en uno de esos aviones de asientos estrechos, comida en bandejas de metal y azafatas elegantes con tomates en la cabeza. Para mala suerte, nos fuimos sentados separados. En mi eterna lucha por mantener la calma, y en medio de mi muy mal gusto por volar, accedí a elegir el asiento que quedaba más atrás en el pasillo angosto y lejos de la ventana. Claudia llevaba a Antonia que aun a sus cortos 8 meses, se reía con todo el mundo, sin dientes e incluso con poco pelo en su cabecita pequeña. Le quedaban muchos vestigios del vientre materno. Para pasar el trago amargo del aterrizaje en Puerto Montt, pedí un litro de vino para ahogar el terror que me causa estar a casi 10 mil metros y pensar en una desplome estrepitoso. Ya sé que todo el mundo dice que es el medio de transporte más seguro que existe… ya se… ya se…

Al llegar a destino, comenzaban a asomarse los cerros desteñidos y cubiertos por bosques quemados hace muchos años. El viento inclemente y helado arreciaba la pista, el pelo de los capitanes de los aviones y las humildes maletas que llevábamos. Con la Antonia en brazos, mochila al hombro y cuna portátil a cuestas, nos recibía mi hermano y su hija menor, Laura. Hacia el norte y a poco menos de una hora, llegábamos a Coyhaique, capital de Aysén, de las tierras donde se terminan los hielos (desde el sur) y para nosotros, donde empiezan. Un sinuoso andar desde la eterna planicie de la Patagonia cruda de Balmaceda hasta la escarpada geografía que rodea a la capital de la región, con inmensas montañas nevadas a sus orillas y con la cordillera mirando desde todas partes, menos desde el este, donde se supone está Argentina.

MAPA

En la casa cálida, con las estufas a leña encendidas a todo pulmón, nos esperaba Nancy (mi cuñada) y Catalina, mi sobrina mayor. Para aquellos que nunca han viajado a esta hermosa parte del sur de nuestro país, hay que tomar nota que no ha sido un error haber señalado en plural “Las Estufas” a leña. Siempre son más de una y no estoy contando la cocina a leña, que siempre es blanca y que se encarga de los menesteres del almuerzo, de mantener al cocinero temperado y el estómago de los patagones saciado.

Permanecimos unos días en esta casa, compartiendo la vida sencilla de este austral mundo, antes de iniciar un primer paseo hacia las profundas aguas del lago General Carrera. Coyhaique siempre me ha parecido un pueblo ciudad, con aires de turismo; orgulloso por sus aerogeneradores que extraen la energía del viento y la transforman en electricidad. Este es un pueblo joven que se llena de gente sencilla y que se parecen más a los gauchos argentinos que a los huasos chilenos. ¿Y por qué no?, si siempre ha sido mucho más fácil llegar al Atlántico que a Puerto Montt.

La geografía es compleja. La ciudad se erige en un valle que trae las aguas del río homónimo y que en un extremo del poblado se juntan los caudales con el Río Simpson que viene desde más al sur y de otro cordón montañoso. Ambos causes unidos dan inicio al río Aysén, que desemboca al este entre islas y fiordos, al costado de Puerto Aysén.

Las montañas que rodean al valle son verdaderas murallas a cada lado y que aún guardan marcas geológicas de un gigante glaciar que pasó por aquí hace unos 15 mil años o quizás menos. A medida que se avanza hacia el oeste las montañas se van agrandando y los glaciares comienzan a caer desde sus cumbres, y al contrario, a medida que se avanza hacia Argentina, las cordilleras van desapareciendo, los árboles de Ñirre y Lenga principalmente se van achicando y el ambiente desértico da el color característico de la Patagonia Argentina. Sólo matorrales de coirón dominan la pampa y el viento hace eco de los Tehuelches que vivían aquí. Vientos muy poderosos van bajando hacia el atlántico a unos escasos 500 km hacia el este.

A la hora de almuerzo, mi hermano en la cabecera de la mesa nos habla del invierno, de la mucha nieve que calló y de los increíbles 35 grados bajo cero que le tocó en agosto pasado. Mientras Antonia se daba un festín chupeteando con sus lindas encías un trozo de carne asada, yo divagaba en los días que se venían y en los trámites que había que concretar antes del primer paseo.

Esa tarde fuimos al centro del pueblo. Cruzando aquella plaza pentagonal y que en cada esquina sale una calle, así como en cada lado entra otra, llegué a la oficina de la empresa de los catamaranes. Esos barcos que vuelan sobre la superficie del agua y que serpentean por los canales y fiordos de estas comarcas. Había contratado un paseo por el día a la laguna San Rafael, sin embargo, al ser baja temporada habíamos sido los únicos interesados. Para mala suerte nuestra no haríamos el paseo en ese catamarán, sin embargo, en unos días más, tendría que llamar para ver qué solución me podían dar. No quería soluciones… quería la laguna…

Esa noche hizo mucho frío. Había llovido un poco y en los cerros aledaños había caído una buena cantidad de nieve. A eso de las 8 AM partíamos desde la casa de mi hermano en la Escuela Agrícola (Lugar donde vive y trabaja) rumbo hacia el sur, en la camioneta que me había prestado. Justo antes de llegar a Balmaceda tomamos el desvío hacia el oeste. Un camino sinuoso nos hacía subir por un cordón montañoso hacia un portezuelo de poco más de 1000 msnm (Metros Sobre el Nivel del Mar), y que hace unos años atrás, había tenido un interesante encuentro con un par de cóndores. De esos mismos que se visten de negro y con bufanda blanca y que también se pueden observar en el norte y en el centro de Los Andes. A medida que subíamos, todo se iba pintando de blanco y Claudia ya pensaba en un helado de piña. Antonia en los brazos de su madre miraba silenciosa cómo el mundo iba cambiando de colores.

Cerro Castillo

Varias lagunas rodeadas de hielos íbamos bordeando hasta que el camino empezaba a bajar. De pronto hacia nuestra derecha se separaban las montañas y se dejaba ver el inmenso valle del río Ibáñez y entre nubes, el majestuoso Cerro Castillo.

El mismo cordón cordillerano se expandía hacia el mar y se erguía en un cerro plagado de torres como castillos o como atalayas de iglesia. Abajo, un diminuto pueblo del mismo nombre nos daba la bienvenida al camino de ripio y al gran río que bordearíamos por unos kilómetros. Cuando apreciábamos este lugar, se nos llenaba la boca de impresiones como: “¡¡Espectacular!!”.

En estos valles, se encontraron cuevas con las famosas manos pintadas en rocas. Nunca se supo porqué las hicieron. Tal vez fue la versión antigua de los grafitis que tanto se ven a la salida de los estadios.

Siguiendo hacia el sur oeste, de tanto en tanto se dejaban ver los estragos de la última erupción del Volcán Hudson en el mismo año en que había nacido Catalina, la primera hija de mi hermano. La lluvia de cenizas había pavimentado los caminos y bosques enteros habían perecido ante las inundaciones y aluviones. Un poco más allá, en el portezuelo del río Cajones, un mirador sin indicaciones mostraba la cordillera que albergaba al volcán, justo después de un acantilado gigante formado por un río del que no recuerdo su nombre. Es que cuando viajamos al sur de Santiago todos los cauces son verdaderas líneas paralelas que cortan la ruta. Sin embargo, acá las aguas van y vuelven en cuencas que cambian de color y de dirección, así como cordilleras y montañas nevadas hacia el oeste y planicies heladas hacia el Atlántico.

Portesuelo Cajones

Pasando el Río Murta ya nos quedaba poco para llegar al gran lago y teníamos ganas de un buen almuerzo. Antonia, para su buena suerte, siempre tenía disponible leche en abundancia en los pechos de Claudia, ya que aún era su único alimento. ¡Que suerte! Ahí es cuando uno se pregunta ¿Por qué se tiene que dejar de ser niño?

Cuando el medio día ya se había aprontado, aparecía el gran Lago General Carrera. Con aguas azulinas y verdosas y una extensión considerable, el entorno cambiaba su fisonomía. La flora se parecía más a la zona central de Chile y el aire se sentía ligeramente más cálido que más al Norte. Es el más profundo y el de mayor extensión en Chile. Se alimenta de diversos ríos que desaguan glaciares y ventisqueros y con un único desagüe que transporta sus torrentes al Pacífico, llamado Río Baker.

Finalmente llegamos al Pueblo de Río Tranquilo. Almorzamos en un boliche sencillo del poblado, que no tiene muchas calles y cuya vida transcurre por el turismo en el verano y como paso obligado de los que van más al sur. En sus orillas silenciosas está el gran lago con playas largas y que en verano cuando hace mucho calor, pueden refrescar a los que se atrevan. Desde acá salen lanchas a las Catedrales de Mármol y que en esta oportunidad no quisimos aventurarnos, ya que comenzaba a levantarse un viento fulminante desde el sur y que erizaba las aguas poco tranquilas de este sector. Un par de años atrás, vine aquí con unos amigos en otro viaje (que pronto contaré) y recuerdo que zarpamos desde Tranquilo hacia las catedrales, con aguas calmas y en una lancha para 6. Resulta interesante la forma cómo el mármol va adecuándose al lento horadar de las aguas y cómo va exponiendo esas hermosas formaciones eclesiásticas. Ahí supe que este precioso montón de agua, tenía mareas estacionales. Producto de los deshielos en primavera y verano, el nivel de las aguas sube varios metros y se contrae cuando comienza el otoño, llegando a su nivel más bajo en el final del invierno. Suena lógico. El regreso no fue tan calmo. De un momento a otro las aguas traicioneras comenzaron a ondularse a tal punto de saltar sobre las olas. Media hora de suplicio y de un zangoloteo fenomenal. Debo confesar que tuve un poco de miedo en subir a Antonia a esta aventura.

Ya que no visitaríamos el mármol sobre las aguas turquesa, decidimos recorrer el camino un poco más al sur, orillando el lago. Hubo un momento en que llegamos a un mirador en altura. Al fondo se observaba un brazo del lago que se adentraba en territorio argentino y en ambas direcciones (Sur y Norte) se distribuían sus aguas en Chile. Un paisaje maravilloso bordeado por montañas nevadas y de una extensión que no cabía en una sola imagen. Mientras trataba de sacar unas fotos del lugar, Antonia cariñosamente me observaba pegada a la teta, como sacándome celos, como si dijera: “Nada más me importa en la vida…”.

Gran Lago 2

Finalmente, y antes que se nos acabara el día, llegamos al desagüe del lago. Esta desembocadura cuenta con un bonito puente colgante donde se observa a las aguas formar el Lago Bertrand, que no es más que un pequeño reservorio de lo que viene. En este punto se pueden ver además hacia el oeste, unas montañas que dejan caer hacia nosotros, ventisqueros azulinos. Mirando el mapa la primera vez que estuve acá, cuando aún tenía 17 años, caí en la cuenta que estaba en presencia de los “Campos de Hielo Norte”.

En aquella época, hace 13 años atrás, habíamos viajado en un verano con mi madre en bus desde Osorno. Recuerdo que recorrimos durante la noche la carretera por Argentina y en el pueblito de El Bolsón, nos bajamos a comer algo en el terminal de buses. En aquel entonces, en cada restaurant que pasaba, mi plato predilecto era la cazuela de vacuno. Tenía miedo que en Argentina no la conocieran, sin embargo, una garzona regordeta me dijo: ¡Ché! Mirá la carta, que sí tenemos cazuela ¿viste?” Un plato hondo, atiborrado de caldo oscuro, con un trozo de carne y papas. No se veía el zapallo y menos ese choclo pastelero que sirve para las humitas. Peor es mascar la olla, pensé. Esa noche, la helada brisa se colaba por entre las butacas del roñoso bus y ya me sentía un poco mal. Temprano llegábamos a Chile por el este de Coyhaique y al arribar, mi fiebre superaba los 38º C. Tres días en cama, con trozos de papas y vinagre en la frente, más unos dolores interminables en la cabeza. Nunca supe lo que tuve y nunca quise preguntar. Cuando me pude levantar, al cabo de aquellos días de agonía, viajamos con mi hermano y su familia hasta Cochrane; un pueblo a 330 km hacia el sur, más allá del gran lago, donde existe una plaza repleta de Pinos y que tiene una historia propia, que narraré en otro cuento. En aquél periplo, cruzamos en un verano caluroso el puente colgante que hace unas líneas atrás mencionaba, y al mirar esos hielos en las cumbres, supuse que no necesariamente era la cordillera de los Andes… pero… ¿Y donde está Los Andes aquí?

Desague

Volviendo a nuestras vacaciones con Claudia y Antonia, y antes del atardecer, llegamos al nacimiento del Baker, al final del Lago Bertrand. Ahí el gran caudal viaja a una velocidad que al fijar la vista en esas aguas azules y verdes, comienzas a marearte. Rodeado por hermosos bosques de Lenga, el agua viaja rápida y turbulenta hacia el sur haciéndose paso al mar, desembocando en un fiordo de más al sur, en las orillas de la Caleta Tortel. Dicen que es el río más caudaloso de Chile, o sea que mueve más agua que ninguno otro en un mismo intervalo de tiempo. A mi parecer, esto es una realidad.

Regresamos al pueblo para descansar esa noche. Nos quedamos en una residencial sencilla, donde cenamos y dormimos soñando con las aguas Calipso.

Al día siguiente nos levantamos temprano para tratar de ir en busca de un glaciar, en las cercanías del monte San Valentín. Orillando el pueblo y el río del mismo nombre en dirección al oeste, hay un camino que lleva a Bahía Exploradores. Entre valles y montañas, este camino va bordeando al lago Bayo, por su orilla sur. En este punto una muralla al lado izquierdo, de piedras y rocas, anunciaba lo que venía. Estacionamos la camioneta y caminamos por un sendero con Antonia en brazos y Claudia con la lengua afuera por el cansancio. Al comenzar a subir la empinada morrena (es un manto de material rocoso no estratificado, depositado cerca de un glaciar, o mejor dicho, es el roquerío que va dejando el glaciar en su retroceder o avanzar), Claudia hace señales que le faltaba el aire. Decide quedarse con la niña en brazos, dándole papa y descansando. Rápidamente subí hasta la cima. El paisaje es de otro planeta. Al fondo el monte San Valentín y desde más allá se observa un gigantesco macizo de hielo que baja desde el campo helado. Era el inicio de los Campos de Hielo desde el norte y donde se formaba el Río Exploradores. En mis ojos, una formación geológica de impactante belleza y magnitud. Recuerdo hace unos años atrás en mi paso por estas tierras, que a este lugar llegamos en una lancha luego de cruzar el lago, porque no había camino. Una larga caminata de casi una hora para llegar hasta aquí. Hoy hay puentes y caminos y, probablemente, se esté cobrando entrada para ver este espectáculo.

MONTE SAN VALENTIN

Arriba en la morrena, sólo el viento se escuchaba y el glaciar gigantesco y centenario deshelaba sus aguas generosamente, como lágrimas de la pos glaciación o mejor dicho, del cambio climático. Ese mismo día regresábamos a Coyhaique a más de 4 horas de aquí. Mientras manejaba, iba pensando por qué no nos quedamos un día más y visitamos más maravillas del lugar… Pero sabía que aún faltaban otros lugares que recorrer más al norte.

Ya casi de noche, llegamos a la casa de mi hermano, cuya familia se esmeraba en calentar sus habitaciones y en prepararnos exquisiteces culinarias de la zona. No quedaba otra que entregarse a la buena mesa y a la infaltable copa de vino.

Al día siguiente, una sorpresa nos esperaba en el frustrado viaje a la Laguna San Rafael…

domingo, 12 de julio de 2009

Fantasmas en la Cordillera

Corría una mañana calurosa de marzo (sábado 12 de marzo del 2005, para ser precisos), cuando nos aprestábamos a sentarnos a la mesa en la amasandería y restaurante de Floro, el primo más querido de Claudia, mi mujer y que ha echado sus raíces en las polvorientas y calurosas tierras de Til Til. Este es un pueblo que tiene tradiciones, rodeo, huasos a caballo y una leyenda de Manuel Rodríguez, el más lindo de nuestros próceres, quizás el más emblemático…

Ya casi doscientos años después de la muerte en Til Til de Manuel, a pasos del lugar de su ejecución, estaba Claudia, Antonia de un mes de vida y toda la familia en pos de las empanadas y el buen plato de carne con arroz. De ese arroz que se hace con enjundia y con cebolla, del que no se te queda ni un grano en el plato.

Bueno, no es de sorprender, por que ni las aceitunas de la zona son tan buenas, como el cariño impoluto que siempre brota de los abrazos de los “Primos” de Til Til.

Entonces, luego del almuerzo decidimos marcharnos, a pesar de las amenazas y concejos de Floro de que aún quedaba más vino y más empanadas. Había un lugar que teníamos en mente que quedaba a un par de kilómetros de ahí en la cordillera central. Quedaba algo de verano y una larga tarde para viajar a través de Santiago, enfilando por el Cajón del Maipo hacia arriba. Un camino sinuoso, pasando por El Melocotón, San Gabriel y luego empezaba el camino de ripio.

Nuestro auto conservaba su olor a nuevo, así que había que probarlo en condiciones difíciles. A pesar de mis intenciones, los vaivenes no eran tan abruptos como imaginaba y a poco andar ya habíamos pasado la desviación al embalse del Yeso hacia la izquierda, lugar que visitamos años más tarde cuando la Antonia ya caminaba. Un poco más arriba, un kiosco de madera roñosa vendía fósiles encontrados en las cercanías, como si estuvieran en la feria. Miles de años atrás, cuando los mismos moluscos que ahora descansan en paz sobre los 3 mil metros en las cumbres de los Andes, transformados en piedras y fósiles milenarios, son vendidos como bagatelas en una feria de excentricidades. Quise preguntar la edad de los fósiles y, sobre todo, por qué a tanta altura y a tanta lejanía del mar los fósiles eran de peces, moluscos y crustáceos. Quise preguntar con enojo y desazón, pero decidí no importunar. Pude haberme traído un tesoro de alguna glaciación hacia 150 millones de años, pero prefería orientar mi paso por la zona como un paseo en familia en busca de las montañas y no rabiar con la idea que estos patrimonios son de todos y no de los que los quieran “vender”.

Hace un buen par de milenios, podríamos decir casi 150 millones atrás, y gracias a la deriva continental, estas tierras yacían bajo el mar, porque la placa de Nazca (esa misma que nos sacude de tanto en tanto con terremotos y a veces nos regala erupciones de esas que nos gustan tanto) estaba divagando en otro lado y porque esto que llamamos América aún no nacía. Entonces un mundo oceánico vivía y moría en estas regiones que de a poco fueron emergiendo desde el fondo, porque este continente tenía que nacer. Cuando los dinosaurios reinaban a miles de kilómetros de acá, estas tierras emergían como ahora lo hacen varias islas de la polinesia y otros lugares del océano. Por aquel entonces, esos moluscos y animales del fondo marino morían y se transformaban en piedras que tan insolentemente acá vendían como tesoros, como si la historia de esta tierra estuviera a la venta.

Seguimos hacia los cerros más altos hasta que llegamos al poblado de Baños Morales, que es la puerta de entrada a la Reserva del Morado. Una caminata larga y sólo para valientes, que lleva a un hermoso manantial de aguas con sabor a hierro y más allá una inmensa montaña de más de 5 mil metros que la llaman el Morado.

Sin embargo, ese día buscábamos un refugio, un lugar donde quedarnos para sólo disfrutar de las murallas circundantes. No había disponibilidad en esos precarios alojamientos.

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Por cosas del destino sabía que saliendo del pueblo, un poco más arriba, había un refugio hotel que más parecía una posada, un poco más caro pero que valía la pena. Se llamaba Lo Valdés. Fuimos allí y estacionamos en un costado. Era una gran casa de madera y piedras, de dos pisos, rústica y con baños compartidos. Una amplia terraza servía para darnos la cena que consistía en unos tallarines al pesto y vino a elección. Al fondo se erguía El Morado, una montaña enorme que parecía pequeña al lado del gran San José que se encumbraba más al este y que sobre pasaba los 5500 metros. En uno de los pilares de la terraza se mostraba un mapa de las grandes cumbres y en el famoso “Usted se encuentra aquí”, que decía que nos situábamos a 2500 metros sobre el mar. Imposible no pensar en que estábamos a la misma altura que el Volcán Osorno, por ejemplo. Era un paisaje cautivante, de un desierto de montañas y de un mar de rocas y cajones que no pasan desapercibidos.

Ya oscurecía cuando las estrellas comenzaban a mostrarnos su esplendor. Era un lugar privilegiado para mirar las grandes constelaciones que adornan nuestro cielo y que lamentablemente desde las grandes urbes, son imperceptibles. Es difícil describir dichas visiones estelares. No puedo escribirlas, o mejor dicho no es tan sencillo contarlas. Porque no es fácil explicarle a un ciego, por ejemplo, que la estrella Aldebarán es roja anaranjada y que Sirio, la protagonista de nuestro cielo, (la más brillante del cielo nocturno) ahí en la cordillera es de un blanco azulino pálido, o que Júpiter sigue siendo naranjo y que si hay suerte se ve el rojo opaco de Marte. ¿Cómo le explicas a un ciego el colorido de las estrellas?

Ustedes mis lectores, ¿Habéis visto el hermoso color de las estrellas? ¿O todavía creen que son sólo destellos blancos en la noche?

(Tenemos el cielo nocturno más hermoso de la tierra… observad, que la luna no da vueltas porque sí, sobre nuestras cabezas).

Esa noche de hermosas constelaciones y de inmensas historias de estrellas, nos fuimos a nuestra habitación, porque estábamos avisados que se acababa la luz a las 10 de la noche, y la única alternativa era irse a dormir temprano o caminar en penumbras con velas y linternas.

Obedientes, apagamos nuestras luminarias y dejamos que la oscuridad se apoderara del entorno.

Antonia aun bebía sólo leche de Claudia, por lo que cada tres a cuatro horas había que alimentarla. Sin embargo, aquella noche, la niña comenzó a llorar desde media noche y no paraba.

La acostamos junto a nosotros y aún así no dejaba de llorar. Le cambiamos el pañal y la cosa seguía. Era como una conspiración para que no pudiéramos dormir. En medio de la noche y la cordillera, sin luz y sólo con el silencio sepulcral de la cordillera nocturna.

A ratos silenciaba y dejaba que nuestro sueño se apoderara del lugar y lograba finalmente descansar del llanto y del largo camino que nos había traído hasta aquí.

No recuerdo la hora. Antonia volvía a llorar en plena madrugada y dejé abrir el rabillo del ojo para mirar el coche donde dormía pegada a nuestra cama de plaza y tres cuartos. En una especie de mal despertar, veo como una mujer de velo blanco se asomaba a mirar la niña como tratando de consolarla y de observar su llanto. Toda ella de un vestido largo que comenzaba en su velo, de una especie de pálido blanco y traslúcida. Del puro susto cerré los ojos y atiné a pensar que había sido una mala sombra de la luna que se iluminaba en la pared y que engañaba mis percepciones. Escéptico de tomo y lomo atiné a imaginar una mala pasada de mis ojos y pensé en lo que teníamos que hacer al día siguiente. Entre tanto pensamiento amedrentado y la oscuridad se me pasó lo que quedaba de noche y comenzamos a observar las primeras luces del alba. Antonia finalmente había logrado dormirse un par de minutos antes que la noche se acabara.

Temprano me fui al baño comunitario del hostal, esperando no encontrarme con más turistas. Para mi suerte las tres duchas estaban desocupadas y el eterno azulejo negro y blanco, como el baño de los cines, vestía desde el piso hasta el techo. Como fui el primero en despertar, o mejor dicho, el único sin dormir, tenía la misión de encender el aparato que calentaría el agua.

Mi baño fue rápido. Temprano también llegamos al comedor de mesas largas y de un piso rojo y enfriado. El desayuno fue sencillo y con un inmenso deseo de salir del lugar. Antonia comenzaba a llorar nuevamente.

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Como un rayo salimos del lugar, a sabiendas que almorzaríamos ese día con unos amigos que queremos mucho. Entonces sentamos a Antonia en su silla del auto y como si fuera automática su llanto se silenció, cambiando sus lágrimas por risotadas. Nadie entendía nada.

Bajamos por el escarpado camino hacia San José de Maipo, sin emitir palabras. No sé si era por susto o sencillamente por cansancio. No me atreví a preguntar y preferí dar el episodio por olvidado y que tan sólo mi visión había sido un destello de mi poder imaginativo.

Llegamos a Santiago a tiempo. Una rica parrillada nos estaba esperando en la casa de nuestros amigos y familiares.

En la tertulia del bajativo, ahí cuando se conversa de fútbol, de política y de las últimas noticias de la semana, nos preguntaron dónde habíamos alojado la noche anterior.

En Lo Valdés, contesté espontáneamente. De la misma forma uno de los asistentes me preguntaba inmediatamente, justo antes de levantar la copa de vino para beber un poco, si durante la noche no habíamos tenido alguna experiencia paranormal.

En ese momento mi sangre se helaba. Conteste mentirosamente que nada había pasado y que todo transcurrió de manera normal. Entonces, nos contaron cómo la delegación de un colegio, hace 50 o más años, se había ido de excursión al lugar y trágicamente en una noche de tormenta una avalancha de nieve había sepultado el refugio y sus ocupantes. Supuestamente y según la leyenda, 30 niños habían muerto y 3 profesoras. Una de ellas con un bebé de 3 meses de edad.

Sin palabras llegamos a casa. Le comenté a Claudia mi visión, sin embargo le bajé la espectacularidad haciendo alusión a un bonito y tétrico efecto de la luna en la noche.

“Debió haber sido eso… ciertamente…”, me decía.

Un par de días más tarde, en la noche de mi balcón y mirando estrellas, me percataba que la noche del sábado 12 de marzo, mientras dormíamos en ese hostal de espíritus, la luna estaba en su fase de luna nueva. Durante toda la larga noche del 12 de marzo, el satélite natural no se asomó ni alumbró un centímetro de esas tierras de fantasmas y leyendas de niños muertos.

domingo, 21 de junio de 2009

Chiloé y la búsqueda del Chaitén

La carretera estaba lluviosa. Comenzaba a caer la tarde y el rumbo era hacia el sur. Llegamos a la ruta 5, desde el Riñihue a la altura del pueblo de Los Lagos y enfilando hacia La Unión.
Recordé aquellos años de niño. Viajes bajo la lluvia en esas carreteras resquebrajadas que hacían los traslados eternos; sobre todo cuando íbamos detrás de un camión, de esos que llevaban madera o animales y que viajaban a menos de 70 km/h, la espera se hacía eterna cuando salíamos del Malleco hacia el sur, o peor aún cuando había que pasar por la Cuesta Lastarria. Ya nada de eso existe, porque ahora tenemos largas autopistas que traen desde Santiago su arrollador progreso. Aún así, la lluvia sigue siendo la misma de antaño en verano, con nubes amenazantes y con vientos del norte, de esos que a cada sureño le hace pensar que caerá un aguacero.
Llegamos tarde a nuestra casa. Roñosa y húmeda como siempre y con el mismo olor que tenía hace 30 años. Esa casa larga de innumerables habitaciones, unas más oscuras que otras y por donde seguro rondan los fantasmas de mi Padre y quizás de tantos otros. Atrás en su inmenso patio, un manzano de la época de la colonia seguía indemne y generoso con los parásitos de la temporada, aves y otros comensales que impacientes esperaban el manjar que brotaba de las ramas, que lanzaban sus manzanas como cada año. En el segundo piso está mi cama, en la habitación que mira hacia dicho árbol añejo y sencillo, que a pesar de los años, sigue dadivoso regalándonos alguna de sus jugosas frutas. Pronto hice un fuego para calentar algo las paredes húmedas, mientras Claudia comenzaba a pensar en la cena y en la comida de los niños. Ahora teníamos tele, una cocina, una casa enorme y los niños felices recorriendo los rincones de esta casa, tal como alguna vez lo hice yo mientras repartía mis juguetes en este mismo piso, marcado por mis patines, magullado con mis crayones y pisoteado por mis sencillos pasos de hace treinta y tantos años. Los niños se sentían en su casa… ¡y cómo que no! Si estas paredes absorbieron el germinar de la misma sangre que corre por sus venitas.

Llovió toda esa semana, así que aprovechamos de hacer algunas visitas sociales. Nuestro primer destino fue el Cementerio. Ahí estaba mi Papá en silencio, recostado mirando las nubes con sus ojos negros y bajo la lápida que recordaba la fecha en que había decidido marcharse. Ahora sigue en mi casa y en mis recuerdos y en mis hijos. Permanece nadando en estos lagos del sur, entre los árboles del bosque de Quillín, bajo el Río Bueno y el Llollelhue, en los saltos del Nilahue y en las cumbres del Carrán y el Puyehue. Una noche del año pasado, a orillas del Lago Ranco, escuché cómo el agua al moverse bajo nuestros pies, se comunica con aquel que le escuche, como lo hacía el río con Siddhartha en ese hermoso cuento que contaba Herman Hesse… Esa misma historia que mi viejo me narraba desde chico y que luego de más viejo leí casi cinco veces. Entonces yo era el barquero que escuchaba las aguas bajo mi embarcación. Durante esa tarde oscura frente a la orilla del Ranco, escuchaba sus palabras que sonaban al Tata Raul (Mi papá, como le enseñamos a la Antonia a nombrarle), a ese viejo bueno que se fue del mundo dejándome joven, con tantas historias inconclusas y con un millar de concejos que me faltaron. Entonces miro los ojos de mis hijos y quisiera vivir para siempre o al menos morir cuando ellos ya sean abuelos.

Almorzamos en el Lago Ranco un día, otro en el fogón Quimey y como si fuera poco, una pierna de Cordero al palo, en la casa del Limón (Luis, un primo de Claudia), al terminar el cuarto día, por allá por Pichirropulli, desde donde viene toda la estirpe de la familia de Claudia. Con su hijo violinista, que además nos deleitó con una interpretación del Aire de Bach, su esposa María y Catalina, hermanas ambas y primas de Claudia, y Paz y Javiera (Hijas de catalina), las que al cabo de unos escasos minutos hicieron eterna amistad con Antonia. Una linda familia que tiene el corazón más grande que la casa y que también es parte de mi familia. No viene al caso contar pormenores de dicho “Asado” (que no es lo mismo que una parrillada) ya que todo lo que diga podría ser usado en mi contra. Sólo mencionaré que el fuego se incendió a eso de las 12 del día, mientras el Limón amasaba en su panadería el pan de la tarde. El resto fue un ir y venir de historias al costado de las brazas, el ritual de inicio en la mesa, el postre y el anochecer, al calor de un estufa sencilla y unos exquisitos calzones rotos. Las visitas a ese pueblo tan pequeño en el mapa, pero tan grande en cariño y en recuerdos de los momentos más hermosos de la infancia de mi mujer, se hacen cortas por lo que la promesa de volver pronto, aflora de nuestros labios al momento de la despedida.

Por esas cosas del destino, el Chaitén se había despertado y en todos los noticieros aparecía alguna nota al respecto. Como no hay forma de mirarlo desde muy cerca, se me ocurrió que podíamos verlo desde Queilén, poblado situado en la Isla de Chiloé, exactamente al frente de Chaitén. Al día siguiente, temprano y bajo nubes amenazantes, partimos hacia el sur en busca de Castro. Llegamos a Pargua mientras escuchábamos la sonata en Sol Mayor para piano y violín, de Mozart, la que nos llenaba los oídos de notas y de colores musicales. Panchito, en su sueño, imaginaba al músico en su piano y al violinista cantando al unísono en su soneto… y Antonia, con su voz increíble, iba entonando las notas casi a la perfección. Es aquí cuando me pregunto si su demasiada afinación será normal o habrá que llevarla a un conservatorio… ( ¿O será amor de padre?)

Se acercaba finalmente el mar del Chacao, con notas del universo y acordes del cielo. Como era de costumbre, la fila de vehículos esperando el trasbordador era considerable y cotidiana, al igual que los ambulantes que tratan de llenarte de mapas, libritos con la mitología de Chiloé, empanadas de manzana y cuanta bagatela que sirva para solventar la agónica economía del poblado de Pargua. Este lugar me hace recordar la vez que tenía menos de 17 y viajaba con mi Papá a Ancud en unas vacaciones de invierno. La idea era ir en busca de unas ricas ostras y de un chaleco de lana, y así salimos un día de lluvia de Julio. Recuerdo sencillamente los días grises y chaparrones imperecederos. Si bien el chaleco se mojó inevitablemente y las ostras nunca lograron llegar a flote, la intensión del viejo era algo más simple… Distraerme, en primer lugar, y convencerme en estudiar Ingeniería, en segundo lugar… ¡Qué insólito! Por muchos medios traté de evitarlo, pero la vida a veces se encarga de contradecirnos.

Al mostrarle que había que subir nuestro auto a un barco que nos llevará a la otra orilla, significó para Antonia una fascinación inusitada que llamó mucho la atención de sus ojos de apenas cuatro años. Es que da la impresión que no es normal que podamos subir algo tan pesado como un auto arriba de un barco… ¿cierto? Menos si tomamos en cuenta que, además de nosotros, iban 3 buses llenos, 4 camiones cargados, 7 vehículos menores y hasta personas a pié. Una vez arriba, y al cabo de unos minutos, Antonia sólo quería estar en el puente, junto al capitán o en el lugar más alto para ver desde la inmensidad, lo eterno del canal y lo inmenso del mar azul… Su genotipo de viajera incansable afloraba, mientras veía cómo se cruzaba el océano y el golfo de Ancud en un millar de torbellinos que se adornaban con lobos marinos, cormoranes y una que otra Tonina Overa (Cetáceo, pariente de las ballenas; delfines que tienen la suerte de vivir en Chile, un país que poco conoce de su existencia…)
Panchito mientras tanto, sencillamente cambiaba su pañal, con ayuda de su madre obviamente.

Ya en tierra, un almuerzo saludable, con Salmón a la plancha en una salsa que ya no recuerdo, justo ahí, mirando hacia el oeste, en la bahía de Ancud, que deja ver sus islas que sirvieron de refugio a los colonos de hace quinientos años o más…





Pero el destino llegaba más al sur. La idea era acercarnos a Queilén donde supuestamente se observa el volcán desde la orilla segura de Chiloé. Llegamos esa tarde a Castro, capital de la isla, desordenada, nublada y húmeda. Buscamos un refugio, algo que se acercara al mar. Nada mejor que Nercón, al sur de Castro y en unas cabañas que eran nada más y nada menos que unos palafitos. A las 9 de la noche mientras el sol tras nubes amenazantes se disponía a despedirse, la marea comenzaba su llegada a nuestros pies. Una eterna rada que albergaba veinte o más cabañas palafito, se adentraban de manera insolente hacia la marea que el medio día y a la media noche, llegaban a inundar el balcón y los pies de nuestras camas. Así es Chiloé, con esas cosas extrañas de la naturaleza y la mitología que se mezclan en la historia y en el ir y venir de las mareas. Cuatro o cinco metros de diferencia entre la pleamar y la bajamar. Cosa difícil de entender, sabiendo además que en la misma latitud, en la orilla oeste de la isla entre “la alta” y “la baja” no supera el metro. En otro escrito tal vez hablaré de oceanografía.

A la mañana siguiente salimos con Antonia, sabiendo que a la marea aún le faltaba por llegar. Caminamos por el suelo marino que dejó hace pocas horas el agua salada, abandonando cuanta diversidad existe. Sembrados en el lecho había algas y moluscos y restos de otros animalillos que tanto Antonia como yo observábamos asombrados. Un mar de algas, cangrejos bajo rocas y un millón de moluscos entre piedras y el fango, sin contar más de 5 especies de pájaros que buscaban darse un festín entre tanta mesa servida. La naturaleza se encarga de autoabastecerse… está todo perfectamente pensado.





Pronto volvimos y Panchito ya estaba presto para otro paseo. Nos arrimamos al vehículo y aunque permanecía nublado, no perdimos la esperanza de observar el continente y las fumarolas del furioso volcán a más de 70 km en línea recta, al otro lado de la gran masa de agua que separa el continente de esta isla.
Un camino sinuoso y despoblado nos llevó hasta el lluvioso Queilén que tiene una punta alargada de arena hacia el sur y que alberga varios kilómetros de playas tranquilas. Era un pueblo sencillo y con poco donde elegir para el almuerzo. Al menos había pescado frito en un boliche que tenía unas mesas rústicas que no eran otra cosa que troncos de enormes pinos trozados de manera tal que parecieran mesas. Al menos las sillas eran normales, aunque las paredes eran de tapas de pino, o como las llaman más al norte de “lampasos” (Fachada hecha a base de la corteza de los árboles, principalmente Pino radiata).

No había vista hacia el Chaitén, aunque dicen que en días de sol, se puede observar el volcán Yates desde el norte, el Michimahuida el frente (también la fumarola del Chaitén) y el Corcovado más hacia el sur. Mala suerte. Mientras yo me lamentaba, Antonia miraba los barcos acostados en las orillas y sin agua en sus quillas. Seguro se preguntaba ¿Cómo habían logrado poner ese tremendo barco sobre la arena de esa playa?... la marea trabaja en silencio, yo pensaba.

Volvimos a Castro buscando iglesias antiguas, de esas que se construyeron en la época de la colonización y que aún siguen a pesar de tantos embates de la naturaleza. Aituy fue la primera parada. Bajando hacia la orilla de esta península, mostraba una playa gigante de arenas blancas llenas de restos de moluscos y otras basuras de los pescadores de la zona. Había allí un par de casas, muchas vacas por todas partes y, en medio de un largo cementerio, la iglesia del lugar. De tejuelas de alerce se erguía la Cruz en la cúspide, resistiendo al tiempo y a los embates del clima. Más al norte estaba Agoní, un despoblado que sólo mostraba su imponente iglesia centenaria y que seguro cada domingo atraía a los lugareños, campesinos y pescadores. Antonia y su buena memoria, al mirar un cementerio pensaba que ahí estaba la casa del Tata Raúl (habitualmente a los alrededores de estas iglesias se instalan los cementerios de las familias del lugar, con mausoleos de madera, que parecen casitas de muñecas).



De regreso en Castro aproveché que no llovía para mirar con Panchito cómo la marea subía lentamente hasta llegar a nuestro balcón. En su idioma de bebé, tal vez me contaba que esto de las mareas es algo que no tiene lógica y que no vale la pena entender. Que más importa una buena leche con chocolate o simplemente un buen dedo gordo de nuestra mano para poder chupar hasta quedarse dormido… ¿cierto que no hay nada más importante?

Los niños durmieron bien, al calor de la leña que tan gentilmente nos habían regalado. El silencio de la noche, interrumpido a veces por embarcaciones que llegaban de largas jornadas de pesca y que formaban pequeñas ondulaciones en el agua, y el sólo hecho de estar ahí sobre el agua del mar del sur, nos invitaba a beber alguna copa de despedida de estas cortas vacaciones en familia. Ya pronto había que volver hacia el norte, así que había que aprovechar estos últimos minutos. Bebimos hasta tarde con Claudia, mientras los monos dormían. Antonia soñaba con subir el auto arriba de un barco otra vez y Panchito imaginaba su dedito gordo con un poco de compota de pera en la punta. Y mientras eso sucedía, nos dormíamos en el vino del amor y de la historia de este Chiloé, que nos transformaba en la Pincoya y el Trauco en un idilio de esos que no voy a contar.

Al día siguiente volvimos al norte, preparándonos para el viaje de regreso hacia Santiago. Un par de días después llegábamos a Chillán para dormir y para descansar de más de 500 km de viaje desde Osorno. Es ahí cuando uno piensa en que Santiago no es Chile. Es ahí cuando empieza mi nostalgia por volver y transformarme en un Pellín, para echar raíces ahí donde nací, en el inicio de la Patagonia, donde los volcanes toman agua de los ríos y lagos y donde el mar se mezcla con la mitología y la historia de nuestro mundo.

Llegando a Santiago les pregunté a los niños… ¿y a donde iremos las próximas vacaciones? Ya vendrá un próximo verano. Pensé.

martes, 2 de junio de 2009

A Choshuenco, Lago Panguipulli

Al sur de Melipeuco, desde Cunco, comienza un camino pedregoso que conecta el lago Colico con el Villarica, entre fundos y pastizales fructíferos para la ganadería y la silvicultura. Es la llamada Ruta Interlagos, que se inicia en Victoria y supuestamente pretende llegar hasta el Lago Todos Los Santos. Una ruta interesante que intenta unir una buena cantidad de lagos y parques nacionales. Y digo 'intenta', porque el camino es angosto, poco transitado, de ripio… de esos que te obliga a andar a no más de 40 km/h, en que ansías el momento en que llegue el pavimento y el vehículo queda tan empolvado como un berlín (Me refiero a esos dulces para comer con crema pastelera o manjar, no a la ciudad Alemana, y que en mi época de adolescente amaba, sobre todo aquellos que hacían en una panadería que quedaba camino al terminal de buses en Matucana, cuando estudiaba en el INBA, mientras esperaba partir a El Quisco donde me esperaba mi Mamá. Me atravesaba uno con crema pastelera, porque el manjar ha sido mi eterno enemigo, hasta hoy).

Llegando a Villarrica aparece el pavimento. Panchito, con su dedo gordo en la boca, miraba por su ventana polvorienta las casas sureñas y las calles llenas de turistas. Antonia, con la boca abierta, dormía con todo su pelo hermoso sobre su carita. Desde chica se entregaba a los brazos de Morfeo cuando tocaba un camino de ripio. Qué suerte. Cruzamos el pueblo y se nos ocurrió acampar en Lican Ray, tratando de encontrar algún camping cercano al lago y un sitio próximo a la orilla. Olvidaba que éste era mi primer viaje en familia en temporada alta. Habitualmente viajábamos entre marzo y noviembre para justamente evitarnos el malestar de no saber si encontraremos lo que queremos. En esta oportunidad, no lo encontramos. Nos quedamos en un lugar que tenía un sitio disponible a kilómetros del baño, a años luz de la playa y para colmo, a milímetros de una cancha de futbol. Me imaginaba un pelotazo en plena cara mientras trataba de entusiasmar a Panchito para que se sentara en el pastito… Al menos no hacía frío. Cenamos a oscuras una longaniza y algo de ensaladas. Como no veía nada, el embutido se me recosió y me quedó algo seco… A mal tiempo buena cara. Al menos tenía algo de vino para regar un poco la garganta.
Hace dos años, en Noviembre, se nos ocurrió venir a este mismo pueblo con la Antonia que entonces apenas se empinaba en los 2 añitos. Era temporada baja, así que alojamos en una cabaña preciosa a pocos metros de la orilla en el camino que une el pueblo con Coñaripe. Recuerdo que esa noche bebíamos un vino argentino de esos que te dan ganas de que sea más malo que los chilenos, pero que no lo consigue. A media noche, Antonia comienza a llorar y sencillamente eran alaridos de temor. No sabíamos cómo calmarla. Claudia decide subirla a su silla en el vehículo, para ver si sacándola de la cabaña pasaba el miedo.
Para nuestra sorpresa, la niña se quedó tranquila. De ahí surgieron una serie de teorías acerca del supuesto sexto sentido de nuestra hija, por lo que tuvimos que desalojar el lugar inmediatamente y volver a La Unión, en medio de la penumbra y el asombro, donde tenemos nuestro hogar, aquella casa de verano y de paseos, donde descansa el Tata Raúl desde que se fue al cielo en el año 98, y que quedaba a poco más de dos horas de distancia. Corrían las tres primeras horas del día de mi cumpleaños, cuando llegábamos con la Antonia risueña y feliz, al saber que nos habíamos alejado varios kilómetros de aquellos espíritus malignos…suponemos. Por alguna extraña razón, Lincan Ray con su embriagante belleza, no ha sido un espacio que se encargue de acogernos como quisiéramos. No para todo tenemos siempre una respuesta.

Al día siguiente, antes de embarcarme en la infructuosa misión de meter las cosas al maletero (No sé si es el auto el que se achica o son las cosas las que se agrandan), hicimos un vano intento porque Panchito sintiera la naturaleza misma en sus manos. Fue imposible dejarlo en el pasto sin que una colorida toalla se interpusiera entre la verde alfombra y su blanca piel. Sin embargo, al cabo de un rato y un par de alegatos y pataleos, vio una flor en el prado que le llamó la atención. ¡Al fin volvió a sus orígenes!, pensé. Evidentemente, Antonia eligió el peor momento para molestarlo. Muy simpática, le quitaba el Diente de León de sus manitos, y se lanzaba encima de él, creyendo que estaba dispuesto a soportar los huracanados embates de su hermana mayor. Lamentablemente, así crecimos todos los hijos menores. ¿Qué le vamos a hacer?

Temprano orillamos el lago Calafquén hacia el sur, buscando la ciudad de Panguipulli. En el camino pavimentado y de excelente calidad para mi gusto, recordamos aquella vez en que visitamos Choshuenco. Aferrándome a esas imágenes que asaltaban mi memoria propuse volver a ese lugar, instalarnos en una cabaña y retozar en la playa tres días como morsas en la orilla del mar. Entusiasmar a la Toñita con la idea resultó demasiado sencillo, aunque por entonces (Febrero del 2009) Playa era sinónimo de la casa de su abuela homónima en El Quisco. “¡Yaaaaa! ¡A la casa de la abuela!”, exclamó. Nuestras risas sonaron como ecos en el camino, para luego explicarle que iríamos a otro lugar un tantito diferente.

Almorzamos en el pueblo de Panguipulli, ubicado en el extremo noroeste del lago del mismo nombre y que tiene al volcán Choshuenco como telón de fondo. Apunté a dicha montaña, de poco más de 2200 metros de altura y les expliqué a mis impacientes compañeras de viaje, que bajo ese murallón, justo en sus patitas, encontraríamos una playa de las mil maravillas.

El almuerzo fue extraordinario. El lugar se llama “La Escuela”, un liceo que especializado en la capacitación de chefs y técnicos en turismo, perteneciente a la corporación “People Help People”. Esta organización sin fines de lucro, nació para el terremoto del 85 en San Antonio y ha fundado desde entonces, diversos centros educacionales en zonas aisladas, como Panguipulli y Pilmaiquén. Además, ha instalado postas rurales en zonas de población mapuche principalmente. La cálida atención, el sabor de ese osobuco, la textura de los ñoquis que pidió Claudia (Aunque a la vista parecían cereales con yogurt) y la brisa cálida que inundaba la terraza, hicieron que ese momento culinario pasara a los anales de mis libros de cocina. Me parece que mi próximo blog se dedicará a la Gastronomía en Familia… ¡Bon Appétit!



Sólo unos pocos kilómetros nos quedaban de pavimento para luego adentrarnos a los escabrosos y poco amigables senderos de ripio. Orillando el Lago Panguipulli por su rivera norte, se observaban de tanto en tanto, playas preciosas y vistas impresionantes del Choshuenco, que a ratos compartía algo del cono del Mocho, ubicado en el mismo macizo. Este volcán, o mejor dicho, estas dos calderas en una, habitualmente son denominados Mocho-Choshuenco. El primero, es un cono normal como los que conocemos, aunque achatado en su punta (De ahí su denominación) y cuya última erupción se registró en el año 1937. El Choshuenco, que se empina en la misma montaña pero al costado norte, es un cono colapsado del que no se tienen registros de erupción. Según lo que leí, corresponden a un mismo volcán que se erige en la misma falla geológica. Los mentirosos señalan que está inactivo, los mismos que dijeron que el Chaitén también lo estaba. ¡Que no se pueda creer en nadie hoy en día!

Cruzando el Río Fuy, aparece el desvío hacia el poblado de Choshuenco, ubicado como mencioné, justo debajo de la ladera oeste del volcán y en la orilla opuesta a la Ciudad de Panguipulli. El pueblo tiene sólo dos calles longitudinales que terminan en una playa de arenas negras y aguas tranquilas. Habíamos perdido las esperanzas ante las pocas alternativas de alojamiento, hasta que dimos con una señora muy agradable que tenía en el patio de su casa, dos cabañas muy acogedoras ubicadas a pocas cuadras de las cálidas aguas del Panquipulli, y a sólo metros de todo lo que uno necesita para vivir. La señora Miriam, con su cara de abuela chocha y su eterno delantal rojo, nos habría la reja para estacionar nuestro empolvado autito, cuyas ruedas pedían a gritos un descanso lejos de la tierra y el polvo, invitados frecuentes de los caminos sureños. A minutos de bajarnos, Panchito sitió como si un arco iris se dibujaba en su cabeza. Sus ojos infantes no dejaban de contemplar el piso de lustradas baldosas y una terraza de cemento. Estaba en la gloria. No cabía en si. Hasta juraría que su mirada brillaba de emoción al sentir que sus zapatitos no se llenarían de arena.

Antonia como no tiene muchos problemas para relacionarse, comenzó a hablar con la “Señorita” (Así fue como siempre se le ocurrió llamar a nuestra anfitriona), y no pasaron muchos minutos cuando Panchito ya estaba en sus brazos. Fue un amor a primera vista. Cualquiera diría que nos estaba esperando.

Descargamos el auto y daba la impresión que sus paredes se desinflaban. Le pedimos a la “Señorita” que nos prestara una parrilla porque traíamos hambre y había que celebrar que estábamos de vacaciones y que teníamos playa para mojar nuestro verano. Luego de tomar un baño, lo suficientemente largo como para despojarnos de todo vestigio de ripio, y con el atardecer cayendo en nuestros hombros, haría el fuego que abrazaría cada rincón de los trozos de carne que compramos.

Evidentemente, la amabilidad y calidez de la gente del sur, se hacía notar en las palabras de la señora Myriam. No mentiría si digo que la temperatura bordeaba los 30°C. El pueblo permanecía en una especie de cajón, protegido por montañas en varias direcciones y que permitían que durante la tarde, el sol se encargara de transformar el lugar en una caldera.

Dejamos todo ahí y presurosos bajamos a la orilla para nadar un poco. El agua era tibia, la arena fina y ardiente y Pancho prefería la sombra y usar zapatos. Con suerte había 10 familias en una playa de más de 500 metros de largo y al menos la mitad de ellas permanecían bajo la sombra de dos sauces que crecían en la arena y a pocos pasos del agua. No habían pasado muchos minutos cuando Antonia ya estaba con el agua hasta la cintura y a más de 10 metros dentro del lago. Con el fondo arenoso y eterno, había que recorrer un largo trecho para poder alcanzar una profundidad importante. No podía ser más ideal para los niños.




Para mi suerte, un joven arrendaba kayaks. Este era el momento para hacer un poco de ejercicios y sentir que navegaba por estas cálidas aguas que nacen un poco más arriba. Antonia decidió claramente no dejarme usar el bote solo, así que le ajusté un traje salvavidas y salimos en busca de la aventura. Su fascinación era inmensa, aunque a veces me daba la impresión que no era la primera vez que hacía esto. Hasta trató de remar un poco. Sentada delante mío y apegada a mi vientre, le encantaba mirar a lo lejos a la mamá que a penas divisaba su mano en señal de saludo. Fue un momento difícil el tratar de explicarle que se acababa el tiempo y que había que volver a la orilla distante. Para su suerte, la travesía continuaría con Claudia quien siguió con ella en el kayak. Mientras se deslizaba el sol hacia el horizonte, conversé sobre la importancia del mar en la navegación con Panchito.

En ese atardecer, asé unos cuantos trozos de carne, mientras Panchito hablaba en su idioma con la “Señorita”, Antonia trataba de explicarle cosas del viaje, del kayak y de los volcanes, y Claudia se adueñaba de la cocina, preparando un exquisito pisco sour, las ensaladas y la comida del mono más chico.

Cuando los niños ya dormían en la calidez del lugar, salimos al patio en la oscuridad absoluta y observamos cómo la vía láctea atravesaba la penumbra de este cielo sureño. Las nubes de Magallanes, la Osa mayor y la Cruz del Sur, enamoraban nuestra noche. ¿Qué más podíamos pedir?

Fueron tres días de playa, calor y tranquilidad. La gente, su calidez, la simpleza de sus sentimientos, y su escasa complicación ante detalles como que si no hay tomates o cebolla para hacer almuerzo, habrá que esperar al día siguiente la lustrosa camioneta de un matrimonio anunciando sus productos naturales con un megáfono, porque claro, en el pueblo no hay ferias ni supermercados. Y si no alcanzas a comprar el pan antes del medio día, sólo queda esperar la exuberante calidez de los lugareños que se encargan siempre de llenar la panera de sopaipillas incandescentes, de esas que no llevan zapallo como las del norte. Ni pensar en Internet o en comprar el diario, o en siquiera arrendar una película…Basta mencionar que sólo una compañía de celulares se daba el lujo de llegar con su señal y que, por supuesto, no nos tenía en su lista de clientes. El aislamiento era absoluto, cosa que estaba lejos de complicarnos.

El último día y con un nudo en la garganta, nos despedimos de la “Señorita” en busca de las islas de más al sur y prometiendo un regreso pronto. Mientras íbamos rumbo a Panguipulli y por esas corazonadas que se incrustan en la cabeza, se nos ocurrió pasar a almorzar a un hotel que quedaba en la desembocadura del lago Riñihue. Un lugar sencillo, enclavado en un lugar de privilegiada naturaleza. Se aprontaba a llover y al fondo de dicha alargada masa de agua, se levantaba el Mocho y su ensuciado glaciar. Nos hicieron pasar del lobby a la terraza en medio de hortensias y un jardín de esos que se ven en las películas. Mientras nos preparaban los platos y Panchito se encargaba de hacer desaparecer su almuerzo a cucharadas, bajé con Antonia hacia la orilla por un senderito que salía del hotel hacia el nacimiento del río San Pedro y que aguas abajo cambia su denominación al de “Calle Calle”, que libera sus caudales en Corral junto al río Cruces.

En ese punto recordé una historia que se contaba por allá y que nació el 20 de mayo del año 1960. Una serie de terremotos azotó la zona desde Concepción hasta la Península del Taitao, en el lado oeste de la laguna San Rafael. Un devastador cataclismo que fue capaz de mover el eje terrestre, y cuya onda expansiva derribó un cerro con bosques y animales sobre el nacimiento de este río que ahora renunciaba a su milenario silencio para hablarme. Se había formado un dique que amenazaba con colapsarse y destruir las ciudades de Los Lagos y Valdivia. Estas aguas, que parecen sencillas, provienen de 7 hermosos lagos más arriba. El lago Pirihueico que nace casi en Argentina y es hermano del Lago Lacar, descarga su torrente junto al Neltume en el Panguipulli, que a su vez recibe las aguas del lago Pellaifa, Pullinque y Calafquén. Por el río Enco, único desagüe del Panguipulli y que bordea el Choshuenco, entrega generoso todo su caudal al Riñihue, último eslabón de los siete. Con el dique provocado por el gran terremoto, sus aguas desbordaban sus orillas y laderas. Cientos de hombres y máquinas liberaron la furia de las aguas y salvaban a las ciudades de más abajo en la epopeya que después de denominó la “Hazaña del Riñihue”. Se sentía un escalofrío en el lugar, un silencio que penetraba los huesos y que ponía mi piel de gallina. Para colmo y como si fuera poco, un gran maremoto azotó las playas de este sureño mundo, de la mano del violento despertar del volcán Puyehue, pocos días después, y que pasa casi desapercibido en nuestro largo historial de eventos volcánicos, como queriendo coronar este furibundo respiro de la naturaleza, el último aliento antes de la calma.

Respetuoso entonces, deleité mi trucha que venía de las mismas aguas y que tan gentilmente nos habían preparado. Comenzaba a llover.
Viajamos hacia el sur aquella tarde, para reencontrarnos con nuestra historia, con el corazón hinchado en el pecho, palpitando en la garganta y con los niños en silencio, como si sintieran la historia del lugar como propia y cómo el incesante paso de los años va borrando las cicatrices, para dar espacio a nuevos aires de belleza.

domingo, 24 de mayo de 2009

Conguillío Febrero 2009

Justamente durante esa gélida noche, no llevaba el termómetro para registrar la temperatura, así como cada cosa que me agrada controlar y revisar, aunque sea sencillamente en mi más oculto pensamiento. Tal vez, sólo para contar que tal noche dormí a tantos metros de altura o que justo cuando estaba ahí se registró la más alta temperatura del verano… esa fuerte necesidad egocéntrica de contar lo que nadie cuenta, crece conmigo desde que soy un niño.
Comenzaba febrero del 2009 y aunque a pocos kilómetros desde el noroeste parecía el Caribe, a las faldas del Llaima las nubes no superaban el último alud ocurrido en enero del 2008. Desde Curacautín, un pueblo que se antepone a varias termas, a la aridez de Lonquimay y a un escarpado camino, no apto para cardiacos y que concluye en el inicio del parque (Parque Nacional Conguillío, Región de la Araucanía). Aquella benigna erupción del verano del 2008 había modelado nuevamente parte del camino del acceso norte al parque y se había llevado un trozo importante del bosque que corona la entrada. Bosque por cierto, tupido de Araucarias que insisten en aferrarse a estos demoniacos volcanes que de tanto en tanto, se atreven a vomitar un poco de su desastre.
Como era de esperarse llegamos pasadas las 5 de la tarde y el ingreso estaba lleno. El primer sector de acampar estaba copado y había que hacer la tienda en un lugar de emergencias, lejos del baño, del agua, de los árboles que donan algo de sombra en el día y atrapan el viento por las noches. Entonces no había más que aceptar. Por un poco menos de plata había que acomodarse en una alfombra de arena volcánica, mirando a un valle y de espaldas a lo que supuestamente era el volcán, tapado íntegramente por amenazantes nubes que de a poco se iban escapando porque venían fuertes ventiscas heladas desde el sur. Esta noche hará frío… señalaban simpáticamente los empleados del lugar, como si con eso lograra que a mis hijos les diera menos frio por la noche. Tripas corazón, estamos en verano, en vacaciones y hay que poner cara de aventura. Al menos trajimos muchas cobijas y la cuna de Francisco, que apenas superaba el año y que como buen citadino no soportaba sentarse en esa tierra negra, rica en escoria volcánica y cenizas de erupciones de miles de años… si supiera…
No había mesa y tampoco algo para hacer un poco de fuego. Menos, algún tipo de fogón para dármelas de chef todo terreno. A pesar de la adversidad y luego de enclavar nuestra casa de tela, justo cuando se estrellaba el cielo, decidí cavar un pequeño orificio en el suelo azulado, obstinado en hacer un pequeño fuego. Había que alimentar a Antonia que ya nos preguntaba sobre la cena y que no perdonaba su hora de comer. Aunque ella, siempre presentó una extraordinaria empatía con la experiencia outdoor, a sus cuatro añitos, esa noche estaba un tanto cansada del largo viaje desde Concepción y a la vez, con unas locas ganas de tenderse sobre su saco de dormir con diseño rosado.

Contra el viento y los letreros que señalaban que estaba prohibido hacer fuego, asé unos ricos trozos de carne en una pequeña parrilla improvisada en el suelo volcánico de este gigante incólume. Al cabo de un rato comíamos a oscuras y mirábamos el plato con una pequeña linterna que algo permitía diferenciar entre el lomo y los pedazos de tomate. Panchito ya dormía en su cuna y dentro de la carpa para seis, que tan gentilmente me vendieron hace un mes atrás en una tienda de un mall. No podía ser de otra forma. El gordo chico dormía con tres pijamas y la Antonia enamorada de la oscuridad, las estrellas, el fuego y el hecho de estar lejos de casa, lejos de lo mismo y en medio de montañas y del frio. La aventura empezaba.
Aquella noche y luego de encerramos en la carpa con algunas copas de vino en la cabeza, nos acostamos un tanto exhaustos. Volví a lamentar no traer algún termómetro cuando sentí ganas de visitar la naturaleza. Había que salir y enfilar contra el frío y el bosque nocturno en busca de un retrete o mejor llamado en chile, baño (aunque cuando orinamos no bañamos nada… claro). Vi mi reloj y ya quedaba poco para el alba. El frío era considerable y la luna permitió colarse en medio de los vaivenes de los árboles. Lamentablemente donde dormimos no había Araucarias, como lo recordaba cuando tenía 15 y vine con mi Padre en un verano de no me acuerdo cuando. Nos quedamos sólo un día. Recuerdo claramente como entumecí durante toda la noche y a penas vi algo de luz salí a caminar a alguna altura cercana que me dejara recibir en primicia los rayos solares, para poder calentar algo mi cuerpo. No había pegado un solo ojo y era muy temprano para despertar a papá para hacer un café. Preferí buscar el calor con el ejercicio y el sol. Cuando el alba ya era una realidad y el reloj insinuaba las 8 de la mañana, desde una altura de unos cuantos metros (8 o 10 quizás) observé como una mujer de unos 20 años o más, se desnudaba en la playa helada del lago. En medio del silencio y la ventaja de estar en un simple escondite natural, observé su cuerpo blanco como la crema de leche. Un tanto entrada en carnes, como diríamos en mi pueblo, la gringa se metió en el agua al mejor estilo de los araucanos. Me tinca que leyó algo de esa mitología que dice que los indios chilenos se metían al rio cada mañana para limpiarse. Siempre hay alguien que quiere experimentar todo lo que lee o le cuentan. Algo así como querer hacer carne lo que te dicen o lo que crees. Era su opción enfriarse y sentirse la india gringa de chile y era mi opción ver su redondeada figura, almidonada de su buena vida de viajera extranjera y con plata. Evidentemente a mis quince años, fue una visión más que saludable.
Pero volvamos a la actualidad. Ya a mis 33, lo único importante era dar con un baño y mantener a los niños en calor. De regreso en la carpa y a pocos minutos del amanecer, se veía la cima del majestuoso macizo. Con más de 3000 metros sobre el nivel del mar, su cráter silencioso y vacío de glaciares, miraba hacia la luna, sincero e insolente. Como si no se acordara de cuanto desastre ya había causado. Soberbio. No dormí más y esperé que Antonia despertara. Aun así con pijama, le puse unas zapatillas y aprovechando un sol incandescente, caminamos hacia la orilla del lago a unos 300 metros del lugar (Lago Conguillío). Al fin pude caminar entre las araucarias y presentárselas a mi hija. Claro, trató de tocar una rama que le enseñé y como un buen niño me dijo que no le había gustado. Pincha mucho, me dijo. Ya crecerás… pensé.

Al llegar a la orilla un hermoso paisaje nos esperaba. Un cordón montañoso rodeaba al lago que su orilla a penas dejaba ver playas pequeñas. La mayoría de sus bahías se les desbordaba algún alud de antaño o tal vez no muy antiguo. A pesar de ello, un millar de nuevas especies insistían en volver a crecer en medio de dichos escoriales que habían arrasado con sus antepasados. Las cumbres de la pared opuesta del lago mostraban pequeños ventisqueros y algunos enseñaban bosques puros de Araucarias que crecían muy lejos de nuestra impertinente presencia. A poco andar y con mucha dificultad en medio de un paisaje pedregoso, nos acercamos al agua para lanzar algunas piedras y observar los insectos y aves que a comienzos del día iniciaban su jornada.
Aunque me resistí, el regreso a la carpa me significó cargar a mi hija porque sin desayuno se sintió cansada y claramente, la caminata para sus cortitas piernas, significan un importante desafío. Al llegar, Claudia ya había preparado un rico desayuno de huevos y pan, café y lo mejor: Panchito ya había desayunado. Como era de esperarse, no había permitido que lo bajaran a caminar por esas tierras que no se parecían en nada al cemento de la ciudad o al lustrado piso de su casa. En fin… siempre en un grupo de viaje hay alguien que no se adecúa.
Decidimos desarmar y salir por el parque hacia el sur, para conocer otros sectores del lugar. Como pudimos tratamos de cargar el vehículo. Como siempre, daba la impresión que cada vez que sacábamos algo del auto, al tratar de meterlo nuevamente era imposible. Como que las cosas se reproducían adentro del maletero.
El sol era imparable y la temperatura me recordaba que era verano. Viajamos por el polvoriento y escarpado camino hacia el sur, bordeando por la ladera este del volcán. A ratos y en medio de enormes paraguas se dejaba observar sus dos cráteres. La primera parada transcurrió en una laguna que permitía ver al fondo el macizo y en sus oscuras aguas albergaba enormes troncos de arboles muertos, hace muchos años. Era el inicio de un inmenso campo de escorias que había bajado del volcán hace pocos años y que había arrasado con todo lo que se podía observar. Un pequeño manchón verde se divisaba a la distancia como salvado por un no se que, y que no fue devastado por dicha erupción. Era un espectáculo dantesco y maravilloso, donde te sobrecoges al sentir, en el silencio del viento y el sol reinante, la fuerza imparable de la naturaleza, así tal cual como se manifestó desde que empezó la vida. Y bajo ese suelo aparentemente muerto por lava incandescente enfriada, aparecían líquenes y musgos que ya se atrevían a desafiar la muerte y a enseñarnos que en medio de la adversidad, la vida sigue triunfando. No hay mejor ejemplo para explicar la lucha entre el bien y el supuesto mal y como en las películas, siempre gana la vida en desmedro de la "muerte". Y lo digo entre comillas, porque me parece que alguna vez leí en un libro de evolución, que gracias a las grandes erupciones, florecen los nutrientes necesarios para que la vida subsista, persista y evolucione a algo mejor.


Ya despuntaba el medio día y como los niños no lo perdonan había que almorzar. Siguiendo hacia el sur, una señal a la izquierda mostraba un polvoriento camino ondulado que subía y bajaba entre dunas de ceniza hasta llegar a la Laguna Verde. Despoblada y realmente verde, se encajonaba en una muralla boscosa al este y montañas al norte que habían desviado las bajadas de lava, formando así una especie de pozo que daba lugar a esta laguna, a mi parecer, la mejor obra de esta majestuosa montaña de eternos despertares. No fue difícil encontrar una playa vacía. Lo complejo fue encontrar un lugar con sombra. Finalmente nos instalamos a pocos metros del agua para que Antonia se mojara sus patitas. Embetunada a más no poder de bloqueador solar, panchito nuevamente permanecía en su coche, porque seguro la arena estaba muy caliente o porque sencillamente no le agrada el lugar… en fin. No le voy a discutir porque siempre sale ganando. Como dicen sus abuelos, el cabro chico siempre tiene la razón.
A duras penas y buscando la mejor posición para capear el viento, instalé la media carpa o media tienda, ideal para la playa y poco útil para preparar un almuerzo sin sombra, a pleno sol, con una ventolera poco amigable y cerca de 28° de temperatura… bueno, tengo que confesar que yo creía que hacía esa temperatura, porque como ya lo mencioné por tercera vez, no llevaba termómetro. Cada vez me convenzo más que para el próximo paseo debo comprar uno. Como no había mucho espacio para cocinar, abrí una lata de atún, pelé unos tomates y un pepino. Aliñé la ensalada y fui en busca de mi sirenita que a esas alturas ya se había mojado entera. Claudia miraba el horizonte y seguro pensaba en tostarse un poquito la carita, así como para decir que estuviste en la playa, cuando te vean y te digan: “¡¡Llegaste tostadita oye!”.


¡Está listo el almuerzoooo!. Grité. De un tiempo a esta parte, esta ha sido mi frase más repetida. Comimos, descansamos y miramos como los minutos pasaban. El lugar era espléndido. Casi que se nos ocurre acampar ahí mismo, pero era medio complejo el tema del baño y el agua y Panchito. No había árbol cerca y tampoco sombra y no es la idea que al mono chico lo mantuviéramos todo el día sentado en su coche y menos en brazos. Desarmamos todo cuando la tarde se veía venir. El sol seguía asesinando la nariz de Claudia. Salimos del parque hacia Melipeuco y nos despedimos del Llaima. Enfilamos hacia el sur, por un camino horrible para evitarnos muchos kilómetros y que nos llevaba a Villarica. Aunque ese no era el próximo destino.