Llueve a cantaros sobre Choshuenco. Como si la indomable naturaleza se encargara de recordarnos cómo se desangra el cielo por estos lados. Antonia y Panchito navegan por los dulces y misteriosos rincones de los sueños, llenos de princesas encantadas y piratas aventureros. Gerardo, como buen sureño, enciende el fuego de la pequeña combustión que tempera las paredes de la cabaña que nos refugia del aguacero.
Nuestro segundo día en este paraíso fue de contrastes. El día nació bajo un sol majestuoso, regalándonos unos breves rayos antes de esconderse tras las nubes que llegaron por la tarde. A pesar de mi sueño a sobresaltos, fui la primera en levantarme. Nerviosa, preparé el desayuno. Gerardo, adivinando el temor que calaba mi pecho, me acompañó en el ritual previo a lo desconocido. Cauteloso y aprehensivo, no dejaba de decirme que estuviera siempre atenta a las indicaciones del guía. “En estas situaciones, tomar la iniciativa no es una buena idea”, me dijo con sus ojos llenitos de inquietud. Obediente, tomé mi bolso y me fui al punto de encuentro. El paisaje era variopinto. Algunos ya tenían experiencia en bajadas de ríos. Cabe de mencionar a uno que había participado en varias competencias con 20 años menos que yo en el cuerpo. Parejas sumando adrenalina a una romántica luna de miel y un simpático cincuentón con ganas de añadir emoción a su hoja de vida. Cristian, nuestro guía, nos entregó el equipo necesario: Un traje de goma, tan apretado que amenazaba con cortarme la circulación, un coqueto cortaviento azul y zapatos de goma que hacían de una pequeña caminata una dolorosa experiencia (Las piedras casi se tatuaban en la planta de los pies).
Una camioneta se encargó de dejarnos a orillas del Río Fuy, antes que un problema en el embrague la dejara sin vida. Unos improvisados camarines (Matas, helechos y una que otra nalca) sirvieron de escenario para el cambio de vestuario, mientras el río nos miraba. Después de una detallada charla de seguridad, que explicó en detalle desde la toma del remo hasta qué hacer en caso que la balsa se dé vuelta (Nadar imposible, sólo flotar y dejarse llevar en una batalla incesante contra las rocas), nos lanzamos al torrente. El comienzo no fue nada auspicioso. Nada si piensan que una balsa es lo bastante pesada para llevarla en andas entre cinco pelagatos, entre ellos dos mujeres: Eliana, argentina de Misiones, y yo… A duras penas levantamos nuestro acuático transporte para trasladarlo hacia un sendero que tenía un pequeño botadero de madera. Ahí, la balsa se deslizó suavemente hacia las gélidas aguas del Fuy, y con ella nosotros, muertos de frío y tratando de mantener el equilibrio con las célebres botitas. Los tábanos, inusuales y molestos visitantes para esta época del año, nos hacían la tarea más difícil, colándose por los rincones más insólitos (Boca incluida).
Por fin, nos subimos a la balsa. Respirar no pude. No hubo tiempo. El primer rápido estaba ante mis ojos. Mis manos apretadas contra el remo penetraban insolentes el enojo del torrente. “Adelante fuerte, vamos…”, nos gritaba Cristián desde su puesto detrás de nosotros. Furioso, el Río Fuy nos empujaba de un lado a otro, hacia arriba y abajo, vengándose de nuestro atrevimiento. Estaba sin aliento. El agua me golpeaba la cara, el cuerpo, el alma. Pequeña ante la inmensidad de los cerros que nos arrinconaban a su paso. Mis brazos no atendían el llamado del cansancio. Sólo remaban. La balsa serpenteó airoso los dos primeros rápidos. El “Hoyo de Mike” nos esperaba. No piensen mal. Los guías le pusieron ese nombre al tercer rápido, en recuerdo de un gringo, Mike, que voló por los aires, con balsa y todo, dando varias vueltas de campana, antes de caer de lleno al agua, ante la mirada atónita de pasajeros y guías.Sorteamos con éxito nuestro tercer tramo. Cuenta la leyenda que un sector del circuito era utilizado por animales para atravesar el río. Hasta que un enorme toro tuvo la mala suerte de ser arrastrado por el torrente. “La Bajada del Toro”, como bautizaron ese sector, es el rápido más difícil por la altura y la corriente. La azulina figura de nuestra balsa simplemente desapareció en medio del torrente, con ocupantes incluidos. “Es el fin”, pensé y me sentí como Syd el Perezoso de “La Era del Hielo”. Por fin, el río nos dio un pequeño respiro, antes del remate. En la recta final dejaríamos nuestros agrietados remos para lanzarnos a las correntosas aguas del Fuy. La vida se compone de un torrente de vivencias y emociones. Imaginen sentir todo eso en un segundo, enfrentados a un caudal que amenaza con llevarte consigo, de no mediar por mi salvavidas y mi mano firmemente agarrada a una cuerda. Felicidad, miedo, angustia, ahogo, euforia, más ahogo. Mantener los ojos abiertos y la boca cerrada fue imposible.
Con la ayuda del guía, subí a la balsa. El violento caudal paulatinamente se tornó amigable y sereno. Lentamente nos acercamos al Lago Panguipulli, fin de nuestro viaje. Ahí me esperaba la hermosa playa de Choshuenco, con sus cálidas arenas. Me esperaban Antonia y Panchito, que no dejaron de preguntar dónde estaba mamá. Y estaba Gerardo, con sus ojos ahora llenitos de alivio al verme llegar. “¿Cómo estás?”, preguntó. “BIEN Y MAS VIVA QUE NUNCA” .
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