Corría una mañana calurosa de marzo (sábado 12 de marzo del 2005, para ser precisos), cuando nos aprestábamos a sentarnos a la mesa en la amasandería y restaurante de Floro, el primo más querido de Claudia, mi mujer y que ha echado sus raíces en las polvorientas y calurosas tierras de Til Til. Este es un pueblo que tiene tradiciones, rodeo, huasos a caballo y una leyenda de Manuel Rodríguez, el más lindo de nuestros próceres, quizás el más emblemático…
Ya casi doscientos años después de la muerte en Til Til de Manuel, a pasos del lugar de su ejecución, estaba Claudia, Antonia de un mes de vida y toda la familia en pos de las empanadas y el buen plato de carne con arroz. De ese arroz que se hace con enjundia y con cebolla, del que no se te queda ni un grano en el plato.
Bueno, no es de sorprender, por que ni las aceitunas de la zona son tan buenas, como el cariño impoluto que siempre brota de los abrazos de los “Primos” de Til Til.
Entonces, luego del almuerzo decidimos marcharnos, a pesar de las amenazas y concejos de Floro de que aún quedaba más vino y más empanadas. Había un lugar que teníamos en mente que quedaba a un par de kilómetros de ahí en la cordillera central. Quedaba algo de verano y una larga tarde para viajar a través de Santiago, enfilando por el Cajón del Maipo hacia arriba. Un camino sinuoso, pasando por El Melocotón, San Gabriel y luego empezaba el camino de ripio.
Nuestro auto conservaba su olor a nuevo, así que había que probarlo en condiciones difíciles. A pesar de mis intenciones, los vaivenes no eran tan abruptos como imaginaba y a poco andar ya habíamos pasado la desviación al embalse del Yeso hacia la izquierda, lugar que visitamos años más tarde cuando la Antonia ya caminaba. Un poco más arriba, un kiosco de madera roñosa vendía fósiles encontrados en las cercanías, como si estuvieran en la feria. Miles de años atrás, cuando los mismos moluscos que ahora descansan en paz sobre los 3 mil metros en las cumbres de los Andes, transformados en piedras y fósiles milenarios, son vendidos como bagatelas en una feria de excentricidades. Quise preguntar la edad de los fósiles y, sobre todo, por qué a tanta altura y a tanta lejanía del mar los fósiles eran de peces, moluscos y crustáceos. Quise preguntar con enojo y desazón, pero decidí no importunar. Pude haberme traído un tesoro de alguna glaciación hacia 150 millones de años, pero prefería orientar mi paso por la zona como un paseo en familia en busca de las montañas y no rabiar con la idea que estos patrimonios son de todos y no de los que los quieran “vender”.
Hace un buen par de milenios, podríamos decir casi 150 millones atrás, y gracias a la deriva continental, estas tierras yacían bajo el mar, porque la placa de Nazca (esa misma que nos sacude de tanto en tanto con terremotos y a veces nos regala erupciones de esas que nos gustan tanto) estaba divagando en otro lado y porque esto que llamamos América aún no nacía. Entonces un mundo oceánico vivía y moría en estas regiones que de a poco fueron emergiendo desde el fondo, porque este continente tenía que nacer. Cuando los dinosaurios reinaban a miles de kilómetros de acá, estas tierras emergían como ahora lo hacen varias islas de la polinesia y otros lugares del océano. Por aquel entonces, esos moluscos y animales del fondo marino morían y se transformaban en piedras que tan insolentemente acá vendían como tesoros, como si la historia de esta tierra estuviera a la venta.
Seguimos hacia los cerros más altos hasta que llegamos al poblado de Baños Morales, que es la puerta de entrada a la Reserva del Morado. Una caminata larga y sólo para valientes, que lleva a un hermoso manantial de aguas con sabor a hierro y más allá una inmensa montaña de más de 5 mil metros que la llaman el Morado.
Sin embargo, ese día buscábamos un refugio, un lugar donde quedarnos para sólo disfrutar de las murallas circundantes. No había disponibilidad en esos precarios alojamientos.
Por cosas del destino sabía que saliendo del pueblo, un poco más arriba, había un refugio hotel que más parecía una posada, un poco más caro pero que valía la pena. Se llamaba Lo Valdés. Fuimos allí y estacionamos en un costado. Era una gran casa de madera y piedras, de dos pisos, rústica y con baños compartidos. Una amplia terraza servía para darnos la cena que consistía en unos tallarines al pesto y vino a elección. Al fondo se erguía El Morado, una montaña enorme que parecía pequeña al lado del gran San José que se encumbraba más al este y que sobre pasaba los 5500 metros. En uno de los pilares de la terraza se mostraba un mapa de las grandes cumbres y en el famoso “Usted se encuentra aquí”, que decía que nos situábamos a 2500 metros sobre el mar. Imposible no pensar en que estábamos a la misma altura que el Volcán Osorno, por ejemplo. Era un paisaje cautivante, de un desierto de montañas y de un mar de rocas y cajones que no pasan desapercibidos.
Ya oscurecía cuando las estrellas comenzaban a mostrarnos su esplendor. Era un lugar privilegiado para mirar las grandes constelaciones que adornan nuestro cielo y que lamentablemente desde las grandes urbes, son imperceptibles. Es difícil describir dichas visiones estelares. No puedo escribirlas, o mejor dicho no es tan sencillo contarlas. Porque no es fácil explicarle a un ciego, por ejemplo, que la estrella Aldebarán es roja anaranjada y que Sirio, la protagonista de nuestro cielo, (la más brillante del cielo nocturno) ahí en la cordillera es de un blanco azulino pálido, o que Júpiter sigue siendo naranjo y que si hay suerte se ve el rojo opaco de Marte. ¿Cómo le explicas a un ciego el colorido de las estrellas?
Ustedes mis lectores, ¿Habéis visto el hermoso color de las estrellas? ¿O todavía creen que son sólo destellos blancos en la noche?
(Tenemos el cielo nocturno más hermoso de la tierra… observad, que la luna no da vueltas porque sí, sobre nuestras cabezas).
Esa noche de hermosas constelaciones y de inmensas historias de estrellas, nos fuimos a nuestra habitación, porque estábamos avisados que se acababa la luz a las 10 de la noche, y la única alternativa era irse a dormir temprano o caminar en penumbras con velas y linternas.
Obedientes, apagamos nuestras luminarias y dejamos que la oscuridad se apoderara del entorno.
Antonia aun bebía sólo leche de Claudia, por lo que cada tres a cuatro horas había que alimentarla. Sin embargo, aquella noche, la niña comenzó a llorar desde media noche y no paraba.
La acostamos junto a nosotros y aún así no dejaba de llorar. Le cambiamos el pañal y la cosa seguía. Era como una conspiración para que no pudiéramos dormir. En medio de la noche y la cordillera, sin luz y sólo con el silencio sepulcral de la cordillera nocturna.
A ratos silenciaba y dejaba que nuestro sueño se apoderara del lugar y lograba finalmente descansar del llanto y del largo camino que nos había traído hasta aquí.
No recuerdo la hora. Antonia volvía a llorar en plena madrugada y dejé abrir el rabillo del ojo para mirar el coche donde dormía pegada a nuestra cama de plaza y tres cuartos. En una especie de mal despertar, veo como una mujer de velo blanco se asomaba a mirar la niña como tratando de consolarla y de observar su llanto. Toda ella de un vestido largo que comenzaba en su velo, de una especie de pálido blanco y traslúcida. Del puro susto cerré los ojos y atiné a pensar que había sido una mala sombra de la luna que se iluminaba en la pared y que engañaba mis percepciones. Escéptico de tomo y lomo atiné a imaginar una mala pasada de mis ojos y pensé en lo que teníamos que hacer al día siguiente. Entre tanto pensamiento amedrentado y la oscuridad se me pasó lo que quedaba de noche y comenzamos a observar las primeras luces del alba. Antonia finalmente había logrado dormirse un par de minutos antes que la noche se acabara.
Temprano me fui al baño comunitario del hostal, esperando no encontrarme con más turistas. Para mi suerte las tres duchas estaban desocupadas y el eterno azulejo negro y blanco, como el baño de los cines, vestía desde el piso hasta el techo. Como fui el primero en despertar, o mejor dicho, el único sin dormir, tenía la misión de encender el aparato que calentaría el agua.
Mi baño fue rápido. Temprano también llegamos al comedor de mesas largas y de un piso rojo y enfriado. El desayuno fue sencillo y con un inmenso deseo de salir del lugar. Antonia comenzaba a llorar nuevamente.
Como un rayo salimos del lugar, a sabiendas que almorzaríamos ese día con unos amigos que queremos mucho. Entonces sentamos a Antonia en su silla del auto y como si fuera automática su llanto se silenció, cambiando sus lágrimas por risotadas. Nadie entendía nada.
Bajamos por el escarpado camino hacia San José de Maipo, sin emitir palabras. No sé si era por susto o sencillamente por cansancio. No me atreví a preguntar y preferí dar el episodio por olvidado y que tan sólo mi visión había sido un destello de mi poder imaginativo.
Llegamos a Santiago a tiempo. Una rica parrillada nos estaba esperando en la casa de nuestros amigos y familiares.
En la tertulia del bajativo, ahí cuando se conversa de fútbol, de política y de las últimas noticias de la semana, nos preguntaron dónde habíamos alojado la noche anterior.
En Lo Valdés, contesté espontáneamente. De la misma forma uno de los asistentes me preguntaba inmediatamente, justo antes de levantar la copa de vino para beber un poco, si durante la noche no habíamos tenido alguna experiencia paranormal.
En ese momento mi sangre se helaba. Conteste mentirosamente que nada había pasado y que todo transcurrió de manera normal. Entonces, nos contaron cómo la delegación de un colegio, hace 50 o más años, se había ido de excursión al lugar y trágicamente en una noche de tormenta una avalancha de nieve había sepultado el refugio y sus ocupantes. Supuestamente y según la leyenda, 30 niños habían muerto y 3 profesoras. Una de ellas con un bebé de 3 meses de edad.
Sin palabras llegamos a casa. Le comenté a Claudia mi visión, sin embargo le bajé la espectacularidad haciendo alusión a un bonito y tétrico efecto de la luna en la noche.
“Debió haber sido eso… ciertamente…”, me decía.
Un par de días más tarde, en la noche de mi balcón y mirando estrellas, me percataba que la noche del sábado 12 de marzo, mientras dormíamos en ese hostal de espíritus, la luna estaba en su fase de luna nueva. Durante toda la larga noche del 12 de marzo, el satélite natural no se asomó ni alumbró un centímetro de esas tierras de fantasmas y leyendas de niños muertos.
tambien he oido la historia del refugio de lo valdes. visito continuamente el cajon del maipo y la sensacion de soledad y penumbra me traspasa cuando estoy en ese sector. bueno debe ser que las montanas limpian el alma.
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