Llegando a Villarrica aparece el pavimento. Panchito, con su dedo gordo en la boca, miraba por su ventana polvorienta las casas sureñas y las calles llenas de turistas. Antonia, con la boca abierta, dormía con todo su pelo hermoso sobre su carita. Desde chica se entregaba a los brazos de Morfeo cuando tocaba un camino de ripio. Qué suerte. Cruzamos el pueblo y se nos ocurrió acampar en Lican Ray, tratando de encontrar algún camping cercano al lago y un sitio próximo a la orilla. Olvidaba que éste era mi primer viaje en familia en temporada alta. Habitualmente viajábamos entre marzo y noviembre para justamente evitarnos el malestar de no saber si encontraremos lo que queremos. En esta oportunidad, no lo encontramos. Nos quedamos en un lugar que tenía un sitio disponible a kilómetros del baño, a años luz de la playa y para colmo, a milímetros de una cancha de futbol. Me imaginaba un pelotazo en plena cara mientras trataba de entusiasmar a Panchito para que se sentara en el pastito… Al menos no hacía frío. Cenamos a oscuras una longaniza y algo de ensaladas. Como no veía nada, el embutido se me recosió y me quedó algo seco… A mal tiempo buena cara. Al menos tenía algo de vino para regar un poco la garganta.
Hace dos años, en Noviembre, se nos ocurrió venir a este mismo pueblo con la Antonia que entonces apenas se empinaba en los 2 añitos. Era temporada baja, así que alojamos en una cabaña preciosa a pocos metros de la orilla en el camino que une el pueblo con Coñaripe. Recuerdo que esa noche bebíamos un vino argentino de esos que te dan ganas de que sea más malo que los chilenos, pero que no lo consigue. A media noche, Antonia comienza a llorar y sencillamente eran alaridos de temor. No sabíamos cómo calmarla. Claudia decide subirla a su silla en el vehículo, para ver si sacándola de la cabaña pasaba el miedo.
Para nuestra sorpresa, la niña se quedó tranquila. De ahí surgieron una serie de teorías acerca del supuesto sexto sentido de nuestra hija, por lo que tuvimos que desalojar el lugar inmediatamente y volver a La Unión, en medio de la penumbra y el asombro, donde tenemos nuestro hogar, aquella casa de verano y de paseos, donde descansa el Tata Raúl desde que se fue al cielo en el año 98, y que quedaba a poco más de dos horas de distancia. Corrían las tres primeras horas del día de mi cumpleaños, cuando llegábamos con la Antonia risueña y feliz, al saber que nos habíamos alejado varios kilómetros de aquellos espíritus malignos…suponemos. Por alguna extraña razón, Lincan Ray con su embriagante belleza, no ha sido un espacio que se encargue de acogernos como quisiéramos. No para todo tenemos siempre una respuesta.
Al día siguiente, antes de embarcarme en la infructuosa misión de meter las cosas al maletero (No sé si es el auto el que se achica o son las cosas las que se agrandan), hicimos un vano intento porque Panchito sintiera la naturaleza misma en sus manos. Fue imposible dejarlo en el pasto sin que una colorida toalla se interpusiera entre la verde alfombra y su blanca piel. Sin embargo, al cabo de un rato y un par de alegatos y pataleos, vio una flor en el prado que le llamó la atención. ¡Al fin volvió a sus orígenes!, pensé. Evidentemente, Antonia eligió el peor momento para molestarlo. Muy simpática, le quitaba el Diente de León de sus manitos, y se lanzaba encima de él, creyendo que estaba dispuesto a soportar los huracanados embates de su hermana mayor. Lamentablemente, así crecimos todos los hijos menores. ¿Qué le vamos a hacer?
Temprano orillamos el lago Calafquén hacia el sur, buscando la ciudad de Panguipulli. En el camino pavimentado y de excelente calidad para mi gusto, recordamos aquella vez en que visitamos Choshuenco. Aferrándome a esas imágenes que asaltaban mi memoria propuse volver a ese lugar, instalarnos en una cabaña y retozar en la playa tres días como morsas en la orilla del mar. Entusiasmar a la Toñita con la idea resultó demasiado sencillo, aunque por entonces (Febrero del 2009) Playa era sinónimo de la casa de su abuela homónima en El Quisco. “¡Yaaaaa! ¡A la casa de la abuela!”, exclamó. Nuestras risas sonaron como ecos en el camino, para luego explicarle que iríamos a otro lugar un tantito diferente.
Almorzamos en el pueblo de Panguipulli, ubicado en el extremo noroeste del lago del mismo nombre y que tiene al volcán Choshuenco como telón de fondo. Apunté a dicha montaña, de poco más de 2200 metros de altura y les expliqué a mis impacientes compañeras de viaje, que bajo ese murallón, justo en sus patitas, encontraríamos una playa de las mil maravillas.
El almuerzo fue extraordinario. El lugar se llama “La Escuela”, un liceo que especializado en la capacitación de chefs y técnicos en turismo, perteneciente a la corporación “People Help People”. Esta organización sin fines de lucro, nació para el terremoto del 85 en San Antonio y ha fundado desde entonces, diversos centros educacionales en zonas aisladas, como Panguipulli y Pilmaiquén. Además, ha instalado postas rurales en zonas de población mapuche principalmente. La cálida atención, el sabor de ese osobuco, la textura de los ñoquis que pidió Claudia (Aunque a la vista parecían cereales con yogurt) y la brisa cálida que inundaba la terraza, hicieron que ese momento culinario pasara a los anales de mis libros de cocina. Me parece que mi próximo blog se dedicará a la Gastronomía en Familia… ¡Bon Appétit!
Sólo unos pocos kilómetros nos quedaban de pavimento para luego adentrarnos a los escabrosos y poco amigables senderos de ripio. Orillando el Lago Panguipulli por su rivera norte, se observaban de tanto en tanto, playas preciosas y vistas impresionantes del Choshuenco, que a ratos compartía algo del cono del Mocho, ubicado en el mismo macizo. Este volcán, o mejor dicho, estas dos calderas en una, habitualmente son denominados Mocho-Choshuenco. El primero, es un cono normal como los que conocemos, aunque achatado en su punta (De ahí su denominación) y cuya última erupción se registró en el año 1937. El Choshuenco, que se empina en la misma montaña pero al costado norte, es un cono colapsado del que no se tienen registros de erupción. Según lo que leí, corresponden a un mismo volcán que se erige en la misma falla geológica. Los mentirosos señalan que está inactivo, los mismos que dijeron que el Chaitén también lo estaba. ¡Que no se pueda creer en nadie hoy en día!
Cruzando el Río Fuy, aparece el desvío hacia el poblado de Choshuenco, ubicado como mencioné, justo debajo de la ladera oeste del volcán y en la orilla opuesta a la Ciudad de Panguipulli. El pueblo tiene sólo dos calles longitudinales que terminan en una playa de arenas negras y aguas tranquilas. Habíamos perdido las esperanzas ante las pocas alternativas de alojamiento, hasta que dimos con una señora muy agradable que tenía en el patio de su casa, dos cabañas muy acogedoras ubicadas a pocas cuadras de las cálidas aguas del Panquipulli, y a sólo metros de todo lo que uno necesita para vivir. La señora Miriam, con su cara de abuela chocha y su eterno delantal rojo, nos habría la reja para estacionar nuestro empolvado autito, cuyas ruedas pedían a gritos un descanso lejos de la tierra y el polvo, invitados frecuentes de los caminos sureños. A minutos de bajarnos, Panchito sitió como si un arco iris se dibujaba en su cabeza. Sus ojos infantes no dejaban de contemplar el piso de lustradas baldosas y una terraza de cemento. Estaba en la gloria. No cabía en si. Hasta juraría que su mirada brillaba de emoción al sentir que sus zapatitos no se llenarían de arena.
Antonia como no tiene muchos problemas para relacionarse, comenzó a hablar con la “Señorita” (Así fue como siempre se le ocurrió llamar a nuestra anfitriona), y no pasaron muchos minutos cuando Panchito ya estaba en sus brazos. Fue un amor a primera vista. Cualquiera diría que nos estaba esperando.
Descargamos el auto y daba la impresión que sus paredes se desinflaban. Le pedimos a la “Señorita” que nos prestara una parrilla porque traíamos hambre y había que celebrar que estábamos de vacaciones y que teníamos playa para mojar nuestro verano. Luego de tomar un baño, lo suficientemente largo como para despojarnos de todo vestigio de ripio, y con el atardecer cayendo en nuestros hombros, haría el fuego que abrazaría cada rincón de los trozos de carne que compramos.
Evidentemente, la amabilidad y calidez de la gente del sur, se hacía notar en las palabras de la señora Myriam. No mentiría si digo que la temperatura bordeaba los 30°C. El pueblo permanecía en una especie de cajón, protegido por montañas en varias direcciones y que permitían que durante la tarde, el sol se encargara de transformar el lugar en una caldera.
Dejamos todo ahí y presurosos bajamos a la orilla para nadar un poco. El agua era tibia, la arena fina y ardiente y Pancho prefería la sombra y usar zapatos. Con suerte había 10 familias en una playa de más de 500 metros de largo y al menos la mitad de ellas permanecían bajo la sombra de dos sauces que crecían en la arena y a pocos pasos del agua. No habían pasado muchos minutos cuando Antonia ya estaba con el agua hasta la cintura y a más de 10 metros dentro del lago. Con el fondo arenoso y eterno, había que recorrer un largo trecho para poder alcanzar una profundidad importante. No podía ser más ideal para los niños.
Para mi suerte, un joven arrendaba kayaks. Este era el momento para hacer un poco de ejercicios y sentir que navegaba por estas cálidas aguas que nacen un poco más arriba. Antonia decidió claramente no dejarme usar el bote solo, así que le ajusté un traje salvavidas y salimos en busca de la aventura. Su fascinación era inmensa, aunque a veces me daba la impresión que no era la primera vez que hacía esto. Hasta trató de remar un poco. Sentada delante mío y apegada a mi vientre, le encantaba mirar a lo lejos a la mamá que a penas divisaba su mano en señal de saludo. Fue un momento difícil el tratar de explicarle que se acababa el tiempo y que había que volver a la orilla distante. Para su suerte, la travesía continuaría con Claudia quien siguió con ella en el kayak. Mientras se deslizaba el sol hacia el horizonte, conversé sobre la importancia del mar en la navegación con Panchito.
En ese atardecer, asé unos cuantos trozos de carne, mientras Panchito hablaba en su idioma con la “Señorita”, Antonia trataba de explicarle cosas del viaje, del kayak y de los volcanes, y Claudia se adueñaba de la cocina, preparando un exquisito pisco sour, las ensaladas y la comida del mono más chico.
Cuando los niños ya dormían en la calidez del lugar, salimos al patio en la oscuridad absoluta y observamos cómo la vía láctea atravesaba la penumbra de este cielo sureño. Las nubes de Magallanes, la Osa mayor y la Cruz del Sur, enamoraban nuestra noche. ¿Qué más podíamos pedir?
Fueron tres días de playa, calor y tranquilidad. La gente, su calidez, la simpleza de sus sentimientos, y su escasa complicación ante detalles como que si no hay tomates o cebolla para hacer almuerzo, habrá que esperar al día siguiente la lustrosa camioneta de un matrimonio anunciando sus productos naturales con un megáfono, porque claro, en el pueblo no hay ferias ni supermercados. Y si no alcanzas a comprar el pan antes del medio día, sólo queda esperar la exuberante calidez de los lugareños que se encargan siempre de llenar la panera de sopaipillas incandescentes, de esas que no llevan zapallo como las del norte. Ni pensar en Internet o en comprar el diario, o en siquiera arrendar una película…Basta mencionar que sólo una compañía de celulares se daba el lujo de llegar con su señal y que, por supuesto, no nos tenía en su lista de clientes. El aislamiento era absoluto, cosa que estaba lejos de complicarnos.
El último día y con un nudo en la garganta, nos despedimos de la “Señorita” en busca de las islas de más al sur y prometiendo un regreso pronto. Mientras íbamos rumbo a Panguipulli y por esas corazonadas que se incrustan en la cabeza, se nos ocurrió pasar a almorzar a un hotel que quedaba en la desembocadura del lago Riñihue. Un lugar sencillo, enclavado en un lugar de privilegiada naturaleza. Se aprontaba a llover y al fondo de dicha alargada masa de agua, se levantaba el Mocho y su ensuciado glaciar. Nos hicieron pasar del lobby a la terraza en medio de hortensias y un jardín de esos que se ven en las películas. Mientras nos preparaban los platos y Panchito se encargaba de hacer desaparecer su almuerzo a cucharadas, bajé con Antonia hacia la orilla por un senderito que salía del hotel hacia el nacimiento del río San Pedro y que aguas abajo cambia su denominación al de “Calle Calle”, que libera sus caudales en Corral junto al río Cruces.
En ese punto recordé una historia que se contaba por allá y que nació el 20 de mayo del año 1960. Una serie de terremotos azotó la zona desde Concepción hasta la Península del Taitao, en el lado oeste de la laguna San Rafael. Un devastador cataclismo que fue capaz de mover el eje terrestre, y cuya onda expansiva derribó un cerro con bosques y animales sobre el nacimiento de este río que ahora renunciaba a su milenario silencio para hablarme. Se había formado un dique que amenazaba con colapsarse y destruir las ciudades de Los Lagos y Valdivia. Estas aguas, que parecen sencillas, provienen de 7 hermosos lagos más arriba. El lago Pirihueico que nace casi en Argentina y es hermano del Lago Lacar, descarga su torrente junto al Neltume en el Panguipulli, que a su vez recibe las aguas del lago Pellaifa, Pullinque y Calafquén. Por el río Enco, único desagüe del Panguipulli y que bordea el Choshuenco, entrega generoso todo su caudal al Riñihue, último eslabón de los siete. Con el dique provocado por el gran terremoto, sus aguas desbordaban sus orillas y laderas. Cientos de hombres y máquinas liberaron la furia de las aguas y salvaban a las ciudades de más abajo en la epopeya que después de denominó la “Hazaña del Riñihue”. Se sentía un escalofrío en el lugar, un silencio que penetraba los huesos y que ponía mi piel de gallina. Para colmo y como si fuera poco, un gran maremoto azotó las playas de este sureño mundo, de la mano del violento despertar del volcán Puyehue, pocos días después, y que pasa casi desapercibido en nuestro largo historial de eventos volcánicos, como queriendo coronar este furibundo respiro de la naturaleza, el último aliento antes de la calma.
Respetuoso entonces, deleité mi trucha que venía de las mismas aguas y que tan gentilmente nos habían preparado. Comenzaba a llover.
Viajamos hacia el sur aquella tarde, para reencontrarnos con nuestra historia, con el corazón hinchado en el pecho, palpitando en la garganta y con los niños en silencio, como si sintieran la historia del lugar como propia y cómo el incesante paso de los años va borrando las cicatrices, para dar espacio a nuevos aires de belleza.
Amigo mio: El relato sigue siendo encantador y mantiene la facilidad de permitir al lector irse imaginando cada uno de aquellos hermoso parajes de nuestro amado sur.
ResponderEliminarSigue así que la historia esta genial
besos TKM
Aly
Querido amigo: El relato sigue siendo encantador y mantiene la facilidad de transportar al lector a aquellos hermosos parajes de nuestro sur. Sigue así porque la verdad la historia me tiene encandilada.
ResponderEliminarBesos TKM
Aly
Mi Flaco, gracias por compartirnos generosamente tus vacaciones, el relato nos lleva a viajar con ustedes.
ResponderEliminarAbracitos
Oscar