Es increíble que aun estemos de pie… porque el trauma fue grande. Aun ni se curaban las heridas y tratábamos de celebrar los pocos logros futboleros de un puñado de Chilenos en un campeonato allá en un continente lejano, donde no hay terremotos ni tsunamis…
Y el 18 lo celebramos con nudos en la garganta, porque de tanto en tanto temblaba y la tierra se encargaba de mantenernos traumados.
Y a pesar de todo, aun quedaban fuerzas de entre tanto estrés para salir de vacaciones, y pasar por el epicentro del recuerdo y de aquellos lugares que yacían devastados.
Antes de viajar y comenzar el descanso (o cansancio) nos fuimos 5 días al Quisco, lugar de mi eterna adolescencia y de mis recuerdos de liceo.
La patrona tenía que trabajar así que me transformé en un viudo de verano, pero con cabros chicos.
No estuvo mal… lo pasamos chancho. De día la playa, de tarde el “mampato”, la terrible parrilla y de noche las estrellas. Había que aprovechar las noches sin luna y los cielos despejados del verano en el litoral.
Una noche tuve la suerte de poder apreciar Ganimedes, Io, Europa y Calisto, las cuatro lunas más brillantes de Júpiter y que se muestran cariñosamente a la luz de ese telescopio que me regaló mi mujer para mi cumpleaños pasado. Es impresionante saber que existen pero es alucinante verlos en esa linealidad perfecta en torno a su planeta, en esa perfección natural armada por la divinidad o por el azar exquisito del cosmos.
Así se nos pasaron 5 días tranquilos entre la arena, el mar y las estrellas. Antonia con su interminable amor por el agua, el sol y la playa y Francisco, aunque reacio al agua, amaba permanecer a pocos centímetros de donde se podía humedecer… no se si le molestaba la humedad o era miedo a mojarse… pero a pesar de todo disfrutaba al menos lanzando piedrecillas al que le cayera… porque no faltó bañista que recibió sus cariñosos proyectiles. Así es el niño: Cariñoso y subversivo, tal como le enseñé la vida…
El Canelo y la playa de los “ahogados” fue nuestro peregrinar, sin contar un par de paseos al cerro de la “comunidad”. Ese cerro que guarda más de algún secreto de infancia y no pocas tarántulas y alacranes…
Luego, comenzaríamos ese viaje tenebroso, que nos acercaba al recuerdo y al temblor de nuestros recuerdos.
El camino (la ruta 5 hacia el sur desde Santiago) estaba repleto de olas en el cemento que hacía el viaje un verdadero subir y bajar. Solo el Río Claro aun mantenía la vergüenza de haberse caído y aun tener que desviar a sus visitantes.
Así, con ese sentimiento emplumamos hacia las tierras de mi Padre y hacia ese sur que se me repite cada verano.
Temprano iniciamos el ruedo, porque había que recorrer casi los 1000 km en una sola jornada. Partimos a eso de las 6 AM y a pesar de los desvíos y resaltos logramos llegar a La Unión antes de las 18 horas del mismo día.
Fue un viaje largo y rápido que memoraba cada desastre y cada ondulación del camino me recordaba esas olas del mar que se metieron bien adentro de nuestro Chile, aquella noche fatídica.
No es casualidad que esta noche (Viernes 25 de febrero) me motivara a comenzar a contar nuestro periplo por las tierras hermosas de nuestro Chile. Y tengo que reconocer que ha sido difícil separar la idea de mi mente, y más aun cuando sigo despertando pasadas las 3 AM cada noche (desde hace un año), esperando o pensando en que algo se puede mover bajo mis pies…

(Puente del Río Claro)
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