Comenzaba febrero del 2009 y aunque a pocos kilómetros desde el noroeste parecía el Caribe, a las faldas del Llaima las nubes no superaban el último alud ocurrido en enero del 2008. Desde Curacautín, un pueblo que se antepone a varias termas, a la aridez de Lonquimay y a un escarpado camino, no apto para cardiacos y que concluye en el inicio del parque (Parque Nacional Conguillío, Región de la Araucanía). Aquella benigna erupción del verano del 2008 había modelado nuevamente parte del camino del acceso norte al parque y se había llevado un trozo importante del bosque que corona la entrada. Bosque por cierto, tupido de Araucarias que insisten en aferrarse a estos demoniacos volcanes que de tanto en tanto, se atreven a vomitar un poco de su desastre.
Como era de esperarse llegamos pasadas las 5 de la tarde y el ingreso estaba lleno. El primer sector de acampar estaba copado y había que hacer la tienda en un lugar de emergencias, lejos del baño, del agua, de los árboles que donan algo de sombra en el día y atrapan el viento por las noches. Entonces no había más que aceptar. Por un poco menos de plata había que acomodarse en una alfombra de arena volcánica, mirando a un valle y de espaldas a lo que supuestamente era el volcán, tapado íntegramente por amenazantes nubes que de a poco se iban escapando porque venían fuertes ventiscas heladas desde el sur. Esta noche hará frío… señalaban simpáticamente los empleados del lugar, como si con eso lograra que a mis hijos les diera menos frio por la noche. Tripas corazón, estamos en verano, en vacaciones y hay que poner cara de aventura. Al menos trajimos muchas cobijas y la cuna de Francisco, que apenas superaba el año y que como buen citadino no soportaba sentarse en esa tierra negra, rica en escoria volcánica y cenizas de erupciones de miles de años… si supiera…
No había mesa y tampoco algo para hacer un poco de fuego. Menos, algún tipo de fogón para dármelas de chef todo terreno. A pesar de la adversidad y luego de enclavar nuestra casa de tela, justo cuando se estrellaba el cielo, decidí cavar un pequeño orificio en el suelo azulado, obstinado en hacer un pequeño fuego. Había que alimentar a Antonia que ya nos preguntaba sobre la cena y que no perdonaba su hora de comer. Aunque ella, siempre presentó una extraordinaria empatía con la experiencia outdoor, a sus cuatro añitos, esa noche estaba un tanto cansada del largo viaje desde Concepción y a la vez, con unas locas ganas de tenderse sobre su saco de dormir con diseño rosado.
Aquella noche y luego de encerramos en la carpa con algunas copas de vino en la cabeza, nos acostamos un tanto exhaustos. Volví a lamentar no traer algún termómetro cuando sentí ganas de visitar la naturaleza. Había que salir y enfilar contra el frío y el bosque nocturno en busca de un retrete o mejor llamado en chile, baño (aunque cuando orinamos no bañamos nada… claro). Vi mi reloj y ya quedaba poco para el alba. El frío era considerable y la luna permitió colarse en medio de los vaivenes de los árboles. Lamentablemente donde dormimos no había Araucarias, como lo recordaba cuando tenía 15 y vine con mi Padre en un verano de no me acuerdo cuando. Nos quedamos sólo un día. Recuerdo claramente como entumecí durante toda la noche y a penas vi algo de luz salí a caminar a alguna altura cercana que me dejara recibir en primicia los rayos solares, para poder calentar algo mi cuerpo. No había pegado un solo ojo y era muy temprano para despertar a papá para hacer un café. Preferí buscar el calor con el ejercicio y el sol. Cuando el alba ya era una realidad y el reloj insinuaba las 8 de la mañana, desde una altura de unos cuantos metros (8 o 10 quizás) observé como una mujer de unos 20 años o más, se desnudaba en la playa helada del lago. En medio del silencio y la ventaja de estar en un simple escondite natural, observé su cuerpo blanco como la crema de leche. Un tanto entrada en carnes, como diríamos en mi pueblo, la gringa se metió en el agua al mejor estilo de los araucanos. Me tinca que leyó algo de esa mitología que dice que los indios chilenos se metían al rio cada mañana para limpiarse. Siempre hay alguien que quiere experimentar todo lo que lee o le cuentan. Algo así como querer hacer carne lo que te dicen o lo que crees. Era su opción enfriarse y sentirse la india gringa de chile y era mi opción ver su redondeada figura, almidonada de su buena vida de viajera extranjera y con plata. Evidentemente a mis quince años, fue una visión más que saludable.
Pero volvamos a la actualidad. Ya a mis 33, lo único importante era dar con un baño y mantener a los niños en calor. De regreso en la carpa y a pocos minutos del amanecer, se veía la cima del majestuoso macizo. Con más de 3000 metros sobre el nivel del mar, su cráter silencioso y vacío de glaciares, miraba hacia la luna, sincero e insolente. Como si no se acordara de cuanto desastre ya había causado. Soberbio. No dormí más y esperé que Antonia despertara. Aun así con pijama, le puse unas zapatillas y aprovechando un sol incandescente, caminamos hacia la orilla del lago a unos 300 metros del lugar (Lago Conguillío). Al fin pude caminar entre las araucarias y presentárselas a mi hija. Claro, trató de tocar una rama que le enseñé y como un buen niño me dijo que no le había gustado. Pincha mucho, me dijo. Ya crecerás… pensé.
Aunque me resistí, el regreso a la carpa me significó cargar a mi hija porque sin desayuno se sintió cansada y claramente, la caminata para sus cortitas piernas, significan un importante desafío. Al llegar, Claudia ya había preparado un rico desayuno de huevos y pan, café y lo mejor: Panchito ya había desayunado. Como era de esperarse, no había permitido que lo bajaran a caminar por esas tierras que no se parecían en nada al cemento de la ciudad o al lustrado piso de su casa. En fin… siempre en un grupo de viaje hay alguien que no se adecúa.
Decidimos desarmar y salir por el parque hacia el sur, para conocer otros sectores del lugar. Como pudimos tratamos de cargar el vehículo. Como siempre, daba la impresión que cada vez que sacábamos algo del auto, al tratar de meterlo nuevamente era imposible. Como que las cosas se reproducían adentro del maletero.
El sol era imparable y la temperatura me recordaba que era verano. Viajamos por el polvoriento y escarpado camino hacia el sur, bordeando por la ladera este del volcán. A ratos y en medio de enormes paraguas se dejaba observar sus dos cráteres. La primera parada transcurrió en una laguna que permitía ver al fondo el macizo y en sus oscuras aguas albergaba enormes troncos de arboles muertos, hace muchos años. Era el inicio de un inmenso campo de escorias que había bajado del volcán hace pocos años y que había arrasado con todo lo que se podía observar. Un pequeño manchón verde se divisaba a la distancia como salvado por un no se que, y que no fue devastado por dicha erupción. Era un espectáculo dantesco y maravilloso, donde te sobrecoges al sentir, en el silencio del viento y el sol reinante, la fuerza imparable de la naturaleza, así tal cual como se manifestó desde que empezó la vida. Y bajo ese suelo aparentemente muerto por lava incandescente enfriada, aparecían líquenes y musgos que ya se atrevían a desafiar la muerte y a enseñarnos que en medio de la adversidad, la vida sigue triunfando. No hay mejor ejemplo para explicar la lucha entre el bien y el supuesto mal y como en las películas, siempre gana la vida en desmedro de la "muerte". Y lo digo entre comillas, porque me parece que alguna vez leí en un libro de evolución, que gracias a las grandes erupciones, florecen los nutrientes necesarios para que la vida subsista, persista y evolucione a algo mejor.
A duras penas y buscando la mejor posición para capear el viento, instalé la media carpa o media tienda, ideal para la playa y poco útil para preparar un almuerzo sin sombra, a pleno sol, con una ventolera poco amigable y cerca de 28° de temperatura… bueno, tengo que confesar que yo creía que hacía esa temperatura, porque como ya lo mencioné por tercera vez, no llevaba termómetro. Cada vez me convenzo más que para el próximo paseo debo comprar uno. Como no había mucho espacio para cocinar, abrí una lata de atún, pelé unos tomates y un pepino. Aliñé la ensalada y fui en busca de mi sirenita que a esas alturas ya se había mojado entera. Claudia miraba el horizonte y seguro pensaba en tostarse un poquito la carita, así como para decir que estuviste en la playa, cuando te vean y te digan: “¡¡Llegaste tostadita oye!”.
Se te ve y se te lee muy feliz mi amigo...Saludos a Claudia, Antonia y Panchito....Un abrazo a la distancia....Rafa
ResponderEliminarQuerido primo, hermosas reflexiones, que bueno ver reflejada tanta felicidad y amor por tus vivencias y familia, eso es un tesoro invaluable que llena el alma inclusive de quienes los rodean, un abrazo.
ResponderEliminarQuerido amigo!!! veo que te tomaste en serio la sugerencia de escribir.Leo y a medida que avanzo en los párrafos me alegro que te hayas decidido a reflexionar y contar pequeñas grandes historias, en las cuales casi como un escritor experimentado, tienes la facilidad de tansportar al lector hacia lugares insospechados e imaginar las sensaciones que estas narrando en forma vivida casi como si se estuviera ahí en cuerpo presente.
ResponderEliminarComo siempre, aunque no me corresponde, soy una agradecida y me siento orgullosa de conocerte... besos y cariños a los niños y a Claudia
Poco me había demorado en descubrir tu espíriru aventurero o quizás tú lo habías demostrado muy rápido...lo importante es que está ahí. Sin embargo, lo que no había descubierto hasta hoy era al escritor...excelente combinación.
ResponderEliminarSe agradece el compartir estas historias y de alguna forma presentarnos, a los que aun no la conocemos, a la familia, la cual al parecer inspira gran parte de las frases escritas en estas líneas.
Siga con esas narraciones, pues nos ayudan a desempolvar ese espíriru aventurero a los que ya lo teníamos algo escondido.
Felicitaciones.
mientras leía , se me ocurre, imaginarte cuando llegue el momento en que descanses de la rutina del trabajo, sentado fumando pipa, en un despacho especialmente para ti,en un bello lago de nuestro querido Sur acompañado de tus nietos y tu señora preparando algo rico en la cocina y tu, mientras tanto, pensando en el siguente cuento que te piden con tanto cariño y ansias tus bellos nietos....
ResponderEliminarCuida Tu fortuna!!!!un abrazo a las dintancia
Como te mencione, eres un escritor con bastante potencial. Llevas al lector a imaginarse, como será nuestro sur. Además, uno queda pendiente y expectante de cómo seguirá la historia.
ResponderEliminarEn lo personal me falta por conocer el sur de nuestro país, pero algunos lugares que mencionas los conozco. Esto no me deja tranquilo, ya que tus relatos inspiran aventura y provocan muchas ganas por conocer lo inimaginable. Aun así, el afán por explayarte y contar muchos detalles, son los que marcan la diferencia y hacen que esta historia sea entretenida. Me recuerda a una serie que veía cuando chico, que por lo demás, me imagino que tu también viste “Las aventuras de Tom Sawyer”. Cada ves que la veía, me dejaba muy al pendiente de lo que podría ocurrir en el siguiente capitulo, así me tienen tus relatos y vivencias.
Creo que la toñita es la que mas disfruto estas vacaciones, ya que panchito no tiene mucho espíritu de aventurero, pero se que cuando crezca lo tendrá. No hay nada mejor que compartir en familia junto a tu esposa Claudia. Cada ves que leo, me doy cuenta lo felices que son, las fotos lo dicen todo. Alegría, alegría!!! y apúrate en escribir el próximo capitulo, tus fans estarán ansiosos por saber mas de nuestro Chile y vuestra familia.
Saludos.
Como te mencione, eres un escritor con bastante potencial. Llevas al lector a imaginarse, como será nuestro sur. Además, uno queda pendiente y expectante de cómo seguirá la historia.
ResponderEliminarEn lo personal me falta por conocer el sur de nuestro país, pero algunos lugares que mencionas los conozco. Esto no me deja tranquilo, ya que tus relatos inspiran aventura y provocan muchas ganas por conocer lo inimaginable. Aun así, el afán por explayarte y contar muchos detalles, son los que marcan la diferencia y hacen que esta historia sea entretenida. Me recuerda a una serie que veía cuando chico, que por lo demás, me imagino que tu también viste “Las aventuras de Tom Sawyer”. Cada ves que la veía, me dejaba muy al pendiente de lo que podría ocurrir en el siguiente capitulo, así me tienen tus relatos y vivencias.
Creo que la toñita es la que mas disfruto estas vacaciones, ya que panchito no tiene mucho espíritu de aventurero, pero se que cuando crezca lo tendrá. No hay nada mejor que compartir en familia junto a tu esposa Claudia. Cada ves que leo, me doy cuenta lo felices que son, las fotos lo dicen todo. Alegría, alegría!!! y apúrate en escribir el próximo capitulo, tus fans estarán ansiosos por saber mas de nuestro Chile y vuestra familia.
Saludos.
...escribes muy bien, de verdad logras que uno, como lector, se transporte a los lugares y situaciones que describes...en una de esas vueltas pasen por Valdivia... tendrias harto material para tus cronicas y la invitación a comerte un buen asado con una buena botella de vino (quizas mas de una...), mi correo lo tienes,
ResponderEliminarun abrazo